SOCIOLOGIA, TEORIA Y PRACTICA…

Sociología, Economía, Política, Cultura

La Universidad chilena: reestructuración, crisis y conflictividad

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Notas preliminares… [1]

EDUCA-MERC Eduardo Aquevedo S.

Las universidades tradicionales chilenas atraviesan por una crisis grave. La parte visible del iceberg es la crisis de financiamiento puesta en evidencia durante el último periodo, pero de fondo se trata en realidad de una crisis más estructural, vinculada a la definición o re-definición del rol y funciones de la Universidad dentro de nuestra sociedad. Décadas de economía de mercado, de desregulación generalizada y de represión académico-cultural (entre otras represiones…)[2] modificaron profundamente la estructura y la dinámica del sistema de enseñanza superior en este país, particularmente desde la reforma implementada a partir de comienzos del 80 (C.Cox, 1993).

El ataque sistemático contra las Universidades tradicionales (a la excepción relativa de la U. Católica), los procesos de profunda reestructuración desencadenados en esas casas de estudio y la emergencia de un sinnúmero de universidades privadas[3] , dan cuenta de la tentativa del nuevo bloque social en el poder de situar la regulación mercantil en el centro de la actividad cultural, intelectual y educacional chilena. Más aún, de transformar el mercado no sólo en regulador único de la economía, sino en regulador central de la sociedad.

Las profundas transformaciones socio-económicas registradas durante las últimas décadas agravan sin duda ciertas contradicciones o desequilibrios ya existentes con anterioridad entre Universidad y desarrollo nacional. Es un hecho reconocido que las Universidades [4] — a través de su contribución al progreso científico-tecnológico, a la formación del personal dirigente de la sociedad y del Estado, y en general al incremento de la productividad social — juegan un rol decisivo en las dinámicas de crecimiento y desarrollo. Y entre sus actividades específicas, la que ha cobrado una importancia cada vez más “estratégica” es sin duda la investigación como generadora y transmisora privilegiada de dicho progreso científico-tecnológico (Cf. F. Fajnzylber [1992]).

Una “verdadera” Universidad [5], en efecto, no es concebible sin un importante espacio otorgado a la investigación. En los países desarrollados o centrales, esto se traduce en montos financieros importantes y crecientes (entre el 2 y el 3, 8 % del PIB) destinados a este rubro, situación que tiende a reproducirse en los países semi-periféricos de mayor dinamismo (Corea del Sur, Taiwan, Malasia, Singapur, etc.). Lo específico de las Universidades de los países estrictamente periféricos como el nuestro, en cambio, ha sido una inmensa subdotación de recursos en general, y una todavía más débil asignación de medios orientados a las actividades de Investigación & Desarrollo. Si el promedio latinoamericano se sitúa en este dominio en aproximadamente un 0,5% del PIB, Chile se ubica apenas por encima de esa cifra (0,5% en 1988; 0,8% en 1994; 0,6% en 2009). Esto, obviamente, se ha expresado en un precario desarrollo del complejo científico-tecnológico nacional; en incapacidades o insuficiencias estructurales para asumir y participar en la difusión del progreso técnico; en incapacidades también estructurales para toda creación realmente endógena de ciencia y tecnología; en impotencia, por consiguiente, para incorporar valor agregado a la producción local exportable. Es decir, todo ello se ha expresado en incapacidad para romper el círculo vicioso de la reproducción periférica [6] de la estructura socio-económica nacional.

Tal ha sido la situación “tradicional” de Chile durante este siglo (y el anterior). En el cuadro de los procesos de mundialización o globalización[7] en curso, la adopción e implementación de una estrategia económica neoliberal en general, y de recetas mercantilistas aplicadas al ámbito de la educación superior en particular, no podían sino agravar dicha situación.

Los procesos de globalización, en efecto, no borran las naciones ni las políticas o proyectos nacionales [8]. Lo que ocurre por el contrario es que, conforme a la fuerza y grados de autonomía de los bloques sociales dirigentes de cada país, dichas realidades nacionales deben ahora inscribirse en un contexto global (económico, tecnológico, informacional, comunicacional, etc.). Cada país, cada nación, no sólo debe demostrar capacidades para competir en un espacio mundial cada vez más integrado, agresivo e inestable, sino también capacidades para defender su autonomía e identidad (nacional y cultural). Ahora bien, naciones como Japón, Alemania, Francia, Suecia, Corea, etc., han entendido perfectamente que sus sólidos sistemas educacionales y universitarios, y sus respectivos complejos científico-tecnológicos, no sólo juegan un rol decisivo en el plano de la competición internacional, sino también en el del resguardo de su autonomía/identidad nacional y cultural (Cf. F. Fajnzylber [1992]). Por ello es que, más allá de cierta retórica y de desregulaciones bastante circunspectas o controladas, las políticas neoliberales al estilo chileno o latinoamericano son allí efectivamente impracticables.

La estrategia y políticas económicas aplicadas en Chile durante las últimas décadas, por el contrario, operan en un sentido diferente, en la medida que:

a) al centrar la acumulación de capital en la explotación intensiva de recursos naturales y en un uso esencialmente taylorista de la fuerza de trabajo, se opta de hecho por una inserción precaria y subalterna (es decir, periférica) en los mercados internacionales y en los procesos de globalización;

b) exigen de manera general una mano de obra poco calificada, salvo en enclaves y niveles muy específicos;

c) suponen grados de innovación y desarrollo tecnológico bastante limitados, y a partir de segmentos productivos con poca “aptitud” transmisora del progreso técnico y de la productividad hacia el resto del sistema productivo nacional[9] ;

Lo que precede explica a nuestro entender buena parte del sentido de la profunda reforma (o contra-reforma) del sistema de educación superior (ES) y universitario perpetrada por el régimen militar, cuyos elementos mayores parecen ser [10]:

I) La segmentación/división del “parque” universitario nacional, pasándose de 8 a 60 universidades. Las finalidades de este proceso son, en una primera etapa, político-defensivas (desarticular las grandes estructuras universitarias, que podían constituirse en aquel periodo en eventuales “focos subversivos”) y obviamente desreguladoras (abrir ampliamente el sistema de ES al sector privado y someterlas a la lógica e intereses empresariales).

II) La constitución de 82 Institutos Profesionales y de 168 Centros de Formación Técnica, en su casi totalidad de carácter privado. Estos planteles de ES, que forman cuadros técnicos de nivel bajo o intermedio, corresponden bastante bien al nivel de requerimientos del modelo económico y del sistema productivo vigentes.

III) Un sistema de financiamiento “privatizado” basado esencialmente en el arancelamiento de toda la educación superior y en la introducción de mecanismos competitivos para la asignación de recursos públicos. Se recordará que en la situación precedente el financiamiento era asegurado en más de tres cuartas partes por el Estado (más precisamente, 90,6 % en 1970, para caer al 40,9% en 1990). Ello ha significado una reducción del gasto en ES dentro del PGB desde un 1,81 % en 1973, a 0,45% en 1990; y del gasto fiscal en ES dentro del gasto fiscal educacional, desde un 39,7% en 1973 a un 21,6% en 1990.

IV) La acentuación del carácter elitista (es decir, no democrático) del sistema universitario chileno en lo que se refiere a tasas de escolarización y composición social. En efecto, desde una tasa de escolarización de 16,4 % dentro del grupo de edad de 20-24 años alcanzado en 1973 [11], se cae a un 9,8 % en 1990. Por consiguiente, los incrementos de matrícula en el conjunto del sistema de ES (de 145 663 registrado en 1973, a 249 482 en 1990) se refieren estrictamente a los niveles no-universitarios. En cuanto al carácter socialmente excluyente del sistema, puede observarse que “mientras que para la totalidad del grupo 18-24 años el promedio de su participación neta en la matrícula de ES es de 15,8%, tal participación es de sólo 5,6% para el grupo de más bajos ingresos (primer quintil), y de 41,0 % para el grupo de más altos ingresos” (C. Cox, 1993:309).

V) La restauración y profundización del carácter no democrático del régimen de gobierno universitario, al excluir formalmente de su gestión a los estamentos no académicos y en particular al estudiantil.

Dicho proceso de radical reestructuración configura una situación de evidente desregulación y privatización del sistema de ES, y más precisamente de sometimiento del sistema a una lógica marcadamente anti-democrática y mercantil [12]. Por esta vía los tecnócratas y empresarios neoliberales pretenden “redinamizar” y fortalecer el sistema de ES chileno, apostando también en este plano a las “fuerzas del mercado” (¿la educación, la ciencia, la cultura, son simples mercancías?). Al hacerlo no sólo dan la espalda a las más logradas experiencias históricas en materia de desarrollo educacional, científico-tecnológico y cultural, en las cuales la iniciativa y el esfuerzo público han jugado siempre un rol decisivo, sino que promueven de hecho una precarización aún más profunda de dicho sistema.

Por otro lado, mediante dichas orientaciones impuestas a la ES, en la práctica se ha buscado consolidar el carácter neo-primario exportador del modelo económico dominante, lo que hoy bloquea de hecho su evolución hacia una fase secundario-exportadora mucho más exigente en materia de mano de obra calificada y de tecnología. Para qué hablar de los problemas de autonomía e identidad nacional y cultural, que en la óptica empresarial y neoliberal son, o bien inexistentes o bien irrelevantes…

Tales transformaciones, en fin, encierran problemas y desequilibrios graves de diverso tipo, que constituyen al mismo tiempo fuentes potenciales y probables de conflicto en el corto y mediano plazo. Los principales son a nuestro entender:

Primero, en general, una permanente crisis o asfixia financiera de las universidades tradicionales o “complejas”, en la medida que son éstas las que cargan con los gastos o inversiones más importantes en materia de investigación y postgrados;

Segundo, en particular, la reproducción del carácter precario de la investigación y de la productividad académica en general [13], dada especialmente la mencionada subdotación de recursos y la efectiva ausencia de voluntad política de los gobiernos recientes para revertir esta situación;

Tercero, la tendencia al debilitamiento del nivel académico global[14] en virtud, además de lo anterior, de la masificación ocasionada o forzada por la captación de aranceles. En el contexto actual, el crecimiento de la matrícula universitaria estaría provocando, “casi necesariamente, una disminución de calidad” (J. Lavados, 1994);

Cuarto, una creciente marginalización de las disciplinas del área humanista-ciencias sociales, en virtud en particular de dichas presiones financieras[15] que obligan a las autoridades universitarias en general a priorizar la atribución de recursos en beneficio de las áreas de mayor “prestigio” o rentabilidad en el corto plazo (es decir, las de tipo matemático-bio-tecnológicas);

Quinto, el mencionado carácter socialmente elitista y excluyente del sistema universitario, que tiende lógicamente a reproducir la naturaleza precaria y también excluyente del modelo y sistema productivo dominantes. Es claro por otro lado que la superación de este rasgo pasa inevitablemente por un incremento progresivo y sustancial del gasto público;

Sexto, la falta de participación de los estamentos no académicos en el gobierno universitario. Esta situación es “practicable” en condiciones de ausencia-desarticulación del movimiento estudiantil en particular, lo que tenderá previsiblemente a perder vigencia en el periodo post-dictadura en curso. Nuestra opinión es que sólo la apertura progresiva de espacios de participación democrática del estudiantado en los niveles en que sea necesario, así como la gestación de un nuevo pacto “estratégico” entre académicos y estudiantes, permitirá: a) incorporar su indispensable potencial de crítica-innovación al proceso de reconstrucción del sistema universitario nacional; y b) asegurar una eficaz presión y movilización democrática para crear conciencia en la opinión pública acerca de los problemas del sistema universitario, y para modificar las orientaciones dominantes.


[1] Mis agradecimientos por los comentarios y sugerencias formuladas a una versión preliminar de este texto por el equipo directivo de Universidad 2000, UDEC, y en particular por los profesores F. Alay, S. Mancinelli, G. Molina, O. Parra, J. Rojas y S. Villafaña. En todo caso, estas notas son estrictamente preliminares y han sido escritas al calor de las movilizaciones estudiantiles de los últimos años.

[2] Se estima que entre 1973 y 1976 se habrían excluído de las universidades alrededor del 25% de la planta docente, en sus diversas categorías; del 10 al 15% de su personal no académico, y del 15 al 18% de los estudiantes (C.Cox, 1993).

[3] En 1990 existen 40 Universidades privadas sin financiamiento público, haciendo subir a 60 el número de planteles universitarios en el país. Se recordará que a principios de la década del 70 sólo habían 8 Universidades.

[4] Así como, en general, el sistema educacional de un país.

[5] “Universidades complejas”, según la expresión preferida del Rector de la U. Católica, J. de Dios Vial Correa (1994).

[6] Entendemos por reproducción socioeconómica periférica aquella en que los principales condicionantes o factores (tecnológicos y financieros en particular) de la acumulación y del crecimiento de un país estan determinadas o controladas por centros exteriores (sean empresas multinacionales o gobiernos).

[7] En sentido estricto, la globalización significa que no sólo los mercados, sino también el capital, la producción, la gestión, la fuerza de trabajo, la información, las comunicaciones y la tecnología se organizan en flujos que atraviesan las fronteras nacionales. Si bien la actividad productiva (medida en volumenes de producción e intercambio) de las empresas de los países centrales continúa orientada, en lo fundamental, hacia sus respectivos mercados internos, es indiscutible que la mundialización (o globalización, según la jerga norteamericana) de los procesos productivos aparece ya como el parámetro director. En efecto, no obstante los volumenes preponderantes de intercambio asumidos en el marco de los Estados-Nación y el peso creciente de los procesos de integración regional, lo concreto es que las economías nacionales son cada vez menos unidades pertinentes de contabilidad económica, y que la competencia y las estrategias económicas, tanto de las grandes como de las pequeñas y medianas empresas, tienden a definirse y a decidirse en un espacio regional, mundial o global.

[8] Hay quienes ingenuamente sugieren y creen que, dada la globalización, « ya no existen proyectos, intereses o políticas nacionales ».

[9] La experiencia de los países industrializados y de los NPI (Corea, Taiwan, Brasil, etc.) muestra en efecto que — si en general es el sector manufacturero el que concentra lo esencial (más del 90 %) del esfuerzo de Investigación y Desarrollo –, sólo ciertas ramas industriales tienen la « virtud » de incorporar y de difundir con cierta rapidéz los aumentos de productividad hacia el conjunto del aparato productivo (F.Fajnzylber [1987]). Estas ramas, como se puede imaginar, son la química y aquellas comprendidas en lo que algunos denominan "engi­neering pro­ducts" (que corresponden en general a la metalmecánica, la cual reagrupa principalmente los bienes de capital, los equipos de transporte y electrodomésticos). Ahora bien, estas son precisamente las ramas que el equipo económico del régimen militar ha desmantelado o reducido considerablente, o que en el mejor de los casos han beneficiado de los esfuerzos de inversión más precarios.

[10] Al respecto, cf. en particular C. Cox (1993); M.J. Lemaitre (1990).

[11] Observemos, como criterio de comparación, que en los países centrales dicha tasa de escolarización fluctúa entre el 40 y el 50%. En Francia es del 45% (L. Jospin, 1994).

[12] El objetivo es obviamente imponer a las universidades tradicionales un modelo de “Universidad de mercado” acorde con el esquema económico dominante.

[13] Acotemos brevemente que a diferencia de la productividad puramente económica que rige la empresa privada, el concepto de productividad académica tiene a nuestro entender al menos dos aspectos: uno cuantitativo (relación entre horas/hombre y producto [investigación, docencia, extensión], y otro cualitativo (productividad para qué o en función de qué finalidad o proyecto social…). Si bien puede parecer evidente que el primer aspecto debe subordinarse al segundo, la definición de este último (qué proyecto social…) no es aún nada de evidente.

[14] En opinión de M.J. Lamaitre, Secretaria Ejecutiva del Consejo Superior de Educación , “El país no tiene los recursos académicos calificados suficientes para 69 universidades (44 privadas y 25 tradicionales), y si los hay, pasan muy poco tiempo en ellas” (El Mercurio, 12/01/1995).

[15] Hay también evidentemente otras presiones, que dicen relación con un cierto « imperialismo » disciplinario de las tecno-ciencias, fenómeno reforzado y amplificado por la revolución científico-técnica en curso. Es un hecho en efecto que la práctica científico-tecnológica, transformada y consolidada ya en las últimas décadas como tecno-ciencia, tiende a subordinar todas las demás actividades científicas o cognoscitivas. Edgar Morin [1991: 228] subraya al respecto que « la tecno-ciencia se forma, se ramifica, se institucionaliza en las universidades, luego en las empresas industriales y después en el Estado. En dos siglos, ella pasa desde la periferia al corazón de la sociedad ». Así, por el peso cada vez mayor de la actividad tecno-científica en el ámbito socio-económico, ella se transforma igualmente en criterio director en el mundo académico, intelectual y cultural. La tecnologización del conocimiento y la emergencia de un verdadero paradigma o modelo tecnocrático constituyen pues procesos de fuerte intensidad…

BIBLIOGRAFIA

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