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Osama ha muerto: ¿qué diferencia hace esto?, por I. Wallerstein

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Immanuel Wallerstein
La Jornada
 
 

Osama Bin Laden fue muerto en Abbottabad, Pakistán, el 2 de mayo de 2011, tiempo de Pakistán. Fue asesinado por fuerzas estadunidenses, conocidas como US Seals, en una operación especial ordenada por el presidente de Estados Unidos. El mundo entero sabe esto, y las reacciones a este acontecimiento han sido extremadamente diversas. ¿Pero ha cambiado algo, en algún lado, esta muerte? ¿Importa?

La primera pregunta que la mayoría de la gente se está haciendo es si esta muerte significa la disolución de Al Qaeda. Es claro desde hace algún tiempo que Al Qaeda no es hoy una sola organización sino una franquicia. Si Osama comandaba directamente algunos grupos, eran aquellos localizados en Pakistán y Afganistán. Hay lo que podrían parecer estructuras autónomas que se llaman a sí mismas Al Qaeda en otras partes del mundo, y notablemente en Irak, Yemen y el Magreb. Tales grupos han realizado un homenaje simbólico a Osama pero toman sus propias decisiones operacionales.

Además, el poder político y de combate actual de los varios grupos parece haber declinado desde hace algún tiempo. La razón más importante para esto no es el asesinato de los líderes de Al Qaeda por Estados Unidos u otros gobiernos sino la sensación entre la mayoría de las otras fuerzas islamitas de que podrían impulsar más sus metas mediante rutas más políticas. El asesinato de Osama puede inspirar algunos intentos inmediatos de Al Qaeda de vengarse, pero no es probable que esto frene mucho la creciente irrelevancia de Al Qaeda en el escenario mundial.

¿Acaso la muerte de Osama cambiará la situación en Pakistán o Afganistán? El gobierno de Pakistán ya se sentía inseguro desde antes de esto. Ahora se refunfuña en público tanto en Pakistán y Estados Unidos por lo que pudo haber sabido el gobierno paquistaní y cuándo lo supo. La línea oficial del gobierno paquistaní es que durante siete años no supo nada de que Osama estuviera situado en una villa aledaña a su principal academia militar. Y también alega que no supo nada previamente al ataque estadunidense y considera que fue una infracción ilegitima de la soberanía paquistaní.

Ninguno de estos argumentos es plausible. Por supuesto que sabía dónde vivía Osama, o por lo menos algunos funcionarios paquistaníes lo sabían. ¿Cómo podrían no haberlo sabido? Y por supuesto el gobierno estadunidense sabía que Pakistán sabía y no lo decía. Todo esto fue parte de la difícil y ambigua relación entre los dos aliados durante por lo menos los últimos 10 años. ¿Cambiará la muerte de Osama algo de esto? Lo dudo. La alianza continúa siendo mutuamente necesaria.

Y en cuanto a que si los paquistaníes fueron informados del ataque estadunidense que estaba por emprenderse, depende de cuáles paquistaníes hablamos. Es claro que Estados Unidos quería mantener el ataque en secreto para cualquiera que, en Pakistán, pudiera haber interferido o alertado a Osama. ¿Pero nadie sabía? Tenemos dos piezas de información contraria que han salido a la luz. The Guardian publicó un artículo después de la muerte de Osama donde se informó, sobre la base de conversaciones entre funcionarios estadunidenses y paquistaníes, de que el anterior presidente de Pakistán, Musharraf, hizo un acuerdo con el presidente George W. Bush en 2001, en el que Musharraf accedió por adelantado a algún ataque unilateral estadunidense sobre Osama donde quiera que lo localizaran, con la previsión de que los paquistaníes lo denunciaran públicamente después de sucedido. Musharraf ahora lo niega, ¿pero quién le cree?

Hay una pieza de evidencia todavía más persuasiva. Xinhua, la agencia oficial de noticias china, publicó un reportaje el mismo día de la muerte de Osama que, citando testigos presenciales, narraba que se cortó la luz durante la operación –de hecho dos horas antes de que ocurriera el ataque–, lo que únicamente pudo haberlo hecho alguna dependencia paquistaní que sabía que el ataque estaba por ocurrir. Los chinos tienen en Pakistán una inteligencia interna por lo menos tan buena como Estados Unidos. Así que parece probable que, mientras algunas agencias paquistaníes estuvieron a oscuras, otras se coordinaron con Estados Unidos.

En la punta estadunidense, algunos miembros del Congreso se agitan por el hecho de que los paquistaníes debieron saber que Osama vivía en Abbottabad y quieren por lo tanto cortar o reducir la asistencia financiera y militar a Pakistán. Pero es claro que esto va contra el mantenimiento de alguna influencia estadunidense en Pakistán, y es poco probable que se haga algún cambio real en las relaciones actuales.

Y en cuanto a Afganistán, es claro que, por algún tiempo, los talibanes han estado guardando su distancia de Al Qaeda y Osama, con el fin de perseguir su propio retorno al poder. La muerte de Osama tan sólo puede reforzar su posición dentro de Afganistán, y acelera el proceso por el cual Estados Unidos es empujado hacia fuera, algo que hará muy felices a los militares estadunidenses. Algunos en Estados Unidos dirán que esta victoria les permite hacer los arreglos políticos necesarios con los talibanes. Y algunos de los que se opusieron desde el principio a la intervención estadunidense dirán que esto prueba que no hay ya una amenaza plausible que justifique la continuada presencia estadunidense ahí. Que este escenario es posible puede verse en el grito angustioso que surge de los elementos no pashtunes en el norte de Afganistán de que no se saque conclusión alguna.

¿Acaso el asesinato de Osama hace por lo menos alguna diferencia en Estados Unidos? Bueno, sí hace diferencia. El presidente Obama asumió grandes riesgos políticos al conducir esta operación, especialmente por conducirla utilizando una fuerza Seals en lugar de bombardear la residencia. Si hubiera salido mal en alguna forma, esto lo habría hundido políticamente. Pero no salió mal. Y así se ha deshecho todos los argumentos republicanos de que es un líder débil, especialmente en asuntos militares. Esto sin duda lo ayudará en las elecciones venideras. Pero de nuevo los comentaristas han apuntado que esto lo ayudará tan sólo un poco. La economía sigue siendo el gran asunto interno de la política estadunidense. Y la relección de Obama y las perspectivas demócratas en las elecciones para el Congreso se verán afectadas sobre todo por asuntos de bolsillo en 2012.

Así, ¿qué diferencia hace la muerte de Osama? No demasiada.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/05/21/index.php?section=opinion&article=024a1mun

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La muerte de Osama Bin Laden: un guerrero superado por la historia…

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Robert Fisk, The Independent

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Un don nadie de mediana edad, un fracasado político, rebasado por la historia –por los millones de árabes que exigen libertad y democracia en Medio Oriente–, murió en Pakistán este domingo. Y el mundo enloqueció. No bien había salido de presentarnos una copia de su certificado de nacimiento, el presidente estadunidense apareció en medio de la noche para ofrecernos en vivo un certificado de la muerte de Osama Bin Laden, abatido en una ciudad bautizada en honor de un mayor del ejército del viejo imperio británico. Un solo tiro en la cabeza, nos dicen. Pero ¿y el vuelo secreto del cuerpo a Afganistán, y el igualmente secreto sepelio en el mar?

La extraña forma en que se deshicieron del cuerpo –nada de santuarios, por favor– fue casi tan grotesca como el hombre y su perversa organización.

Los estadounidenses estaban ebrios de alegría. David Cameron lo llamó un enorme paso adelante. India lo describió como un hito victorioso. Un triunfo resonante, alardeó el primer ministro israelí Netanyahu. Pero, luego de 3 mil estadounidenses asesinados el 9/11, incontables más en Medio Oriente, hasta medio millón de víctimas mortales en Irak y Afganistán y 10 años empeñados en la búsqueda de Bin Laden, oremos por no tener más triunfos resonantes.

¿Ataques en represalia? Tal vez ocurran, de los grupúsculos en Occidente que no tienen contacto directo con Al Qaeda. A no dudarlo, alguien sueña ya con una brigada del mártir Osama Bin Laden. Tal vez en Afganistán, entre los talibanes. Pero las revoluciones de masas de los cuatro meses pasados en el mundo árabe significan que Al Qaeda ya estaba políticamente muerta. Bin Laden dijo al mundo –de hecho me lo dijo en persona– que quería destruir los regímenes pro occidentales en el mundo árabe, las dictaduras de los Mubaraks y los Ben Alís. Quería crear un nuevo califato islámico. Pero en estos meses pasados, millones de árabes musulmanes se levantaron, dispuestos al martirio, pero no por el islam, sino por democracia y libertad. Bin Laden no echó a los tiranos: fue la gente. Y la gente no quería un califa.

Tres veces me reuní con el hombre y sólo me quedó una pregunta por hacerle: ¿qué pensaba al observar cómo se desenvolvían esas revoluciones este año, bajo las banderas de naciones, más que del islam, cristianos y musulmanes juntos, personas como a las que sus hombres de Al Qaeda les encantaba reventar?

A sus ojos, su logro fue crear Al Qaeda, institución que no tenía tarjeta de membresía. Bastaba levantarse una mañana queriendo ser de Al Qaeda, y ya lo era. Él fue el fundador, pero nunca un guerrero en batalla. No había una computadora en su cueva, ni hacía llamadas para que detonaran las bombas. Mientras los dictadores árabes gobernaban sin que nadie les hiciera frente, con nuestro apoyo, evitaron hasta donde les fue posible condenar la política de Washington; sólo Bin Laden lo hacía. Los árabes nunca quisieron estrellar aviones en altos edificios, pero admiraban al hombre que decía lo que ellos querían decir. Pero ahora, cada vez más, pueden decirlo. No necesitan a Bin Laden. Se había vuelto un don nadie.

Hablando de cuevas, la desaparición de Bin Laden arroja una luz sombría sobre Pakistán. Durante meses, el presidente Alí Zardari nos había estado diciendo que Osama vivía en una cueva en Afganistán. Ahora resulta que vivía en una mansión en Pakistán. ¿Traicionado? Claro que sí. ¿Por los militares o por los servicios de inteligencia de Pakistán? Es muy probable que por los dos. Pakistán sabía dónde estaba.

Abbottabad no sólo es hogar del colegio militar de ese país –la ciudad fue fundada por el mayor James Abbott del ejército británico en 1853–, sino también cuartel de la segunda división del cuerpo del ejército del norte. Apenas hace un año busqué una entrevista con uno de los criminales más buscados, el líder del grupo responsable de las masacres de Bombay. Lo encontré en la ciudad paquistaní de Lahore, resguardado por policías paquistaníes armados con ametralladoras.

Desde luego, hay una pregunta de lo más obvia sin respuesta: ¿no podrían haber capturado a Bin Laden? ¿Acaso la CIA o los Seals de la Armada o las fuerzas especiales o cualquier cuerpo estadunidense que lo haya matado no tenía los medios para arrojarle una red al tigre? Justicia, llamó Barack Obama a esta muerte. En los viejos tiempos justicia significaba proceso debido, un tribunal, una audiencia, un defensor, un juicio. Como los hijos de Saddam Hussein, Bin Laden fue muerto a tiros. Claro, él jamás quiso que lo atraparan vivo… y había sangre a raudales en la habitación donde murió.

Pero un tribunal habría preocupado a muchas más personas que a Bin Laden. Después de todo habría podido hablar de sus contactos con la CIA durante la ocupación soviética de Afganistán o de sus acogedoras reuniones en Islamabad con el príncipe Turki, jefe de la inteligencia de Arabia Saudita. Así como Saddam Hussein –quien fue juzgado por el asesinato de sólo 153 personas y no por los miles de kurdos gaseados– fue ahorcado antes de que tuviera oportunidad de contarnos sobre los componentes del gas llegados desde Estados Unidos, sobre su amistad con Donald Rumsfeld o la asistencia militar que recibió de Washington cuando invadió Irán, en 1980.

Resulta extraño que Bin Laden no fuera el criminal más buscado por los crímenes internacionales de lesa humanidad del 11 de septiembre de 2001. Ganó su estatus del viejo oeste por ataques anteriores de Al Qaeda a embajadas de Estados Unidos en África y al cuartel del ejército de ese país en Durban. Siempre estaba a la espera de los misiles de crucero… también yo cuando me reuní con él. Había esperado la muerte antes, en las cuevas de Tora Bora en 2001, cuando sus guardaespaldas se negaron a dejarlo presentar resistencia y lo obligaron a cruzar a pie las montañas hacia Pakistán. De seguro pasó algún tiempo en Karachi; estaba obsesionado con esa ciudad: hasta me dio fotografías de grafitis de adhesión a su causa en los muros de la antigua capital paquistaní, y elogiaba a los imanes locales.

Sus relaciones con otros musulmanes eran un misterio. Cuando me reuní con él en Afganistán, en un principio tenía miedo del talibán y se negó a dejarme ir a Jalalabad de noche desde su campamento: me entregó a sus lugartenientes de Al Qaeda para que me protegieran en el viaje al día siguiente. Sus seguidores odiaban a los musulmanes chiítas por herejes; para ellos todos eran dictadores e infieles, aunque Bin Laden estaba dispuesto a cooperar con los ex baazistas iraquíes contra los ocupantes estadunidenses de su patria y lo dijo así en una grabación de audio que la CIA típicamente pasó por alto. Nunca elogió a Hamas y apenas si era digno de la definición de guerrero sagrado que ese grupo le dedicó este lunes, la cual llegó, como de costumbre, directamente a manos israelíes.

En los años posteriores a 2001, tuve una débil comunicación indirecta con Bin Laden. Una vez me reuní con uno de los socios en los que confiaba en Al Qaeda, en una ubicación secreta en Pakistán. Escribí una lista de 12 preguntas, la primera de las cuales era obvia: ¿qué clase de victoria podía proclamar, cuando sus acciones condujeron a la ocupación por Washington de dos naciones musulmanas? Durante semanas no hubo respuesta. Luego, un fin de semana, cuando esperaba para dar una conferencia en San Luis Misuri, en Estados Unidos, me dijeron que Al Jazeera acababa de difundir una nueva cinta de Bin Laden. Y una a una –sin mencionarme– contestó mis 12 preguntas. Y sí, quería que los estadunidenses fueran al mundo musulmán… para así poder destruirlos.

Cuando Daniel Pearl, periodista del Wall Street Journal, fue secuestrado, escribí un largo artículo en The Independent, en el que suplicaba a Bin Laden que le salvara la vida. Pearl y su esposa me cuidaron cuando fui golpeado en la frontera afgana, en 2001; él incluso me dio el contenido de su libro de contactos. Mucho tiempo después me dijeron que Bin Laden había leído mi reporte con tristeza. Pero Pearl ya había sido asesinado. O eso dijo Osama.

Las obsesiones de Bin Laden infestaron a su familia. Una esposa lo dejó, otras dos parecen haber muerto en el ataque estadunidense del domingo. Conocí a uno de sus hijos, Omar, en Afganistán, en 1994; estaba con su padre. Era un niño guapo y le pregunté si era feliz. , me respondió en inglés. Pero el año pasado publicó un libro llamado Living Bin Laden, en el que, al describir cómo su padre mató a los perros que él amaba en un experimento de guerra química, lo llamó un hombre malvado. En ese libro también recordó nuestro encuentro, y concluyó que debió haberme dicho que no era un niño feliz.

Para el mediodía de este lunes ya había yo recibido tres llamadas telefónicas de árabes, todos seguros de que los estadunidenses mataron al doble de Bin Laden, igual que muchos iraquíes creen que los hijos de Saddam Hussein no perecieron en 2003, y que el propio Saddam tampoco fue ahorcado. A su debido tiempo, Al Qaeda nos lo dirá. Por supuesto, si todos estamos equivocados y era un doble, veremos un video más del verdadero Bin Laden… y el presidente Obama perderá la próxima elección.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

N. Chomsky: ¿Es el mundo demasiado grande para caer? La privatización del planeta…

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Los contornos del orden global
Tom Dispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Introducción del editor de Tom Dispatch

Bases militares “R”-US. Así parece. Después de la invasión de 2003, el Pentágono comenzó rápidamente a construir una serie de bases monstruosas en Iraq ocupado, del tamaño de pequeñas ciudades estadounidenses y con la mayoría de las comodidades que existen en ellas. Se hicieron para una guarnición prevista de entre 30.000 y 40.000 soldados estadounidenses que los altos funcionarios del gobierno de Bush esperaban que podrían quedarse en ese país para una eternidad armada. Al final, se construyeron cientos de bases. (Y ahora, cientos de ellas se han cerrado o se han entregado a los iraquíes y en algunos casos se han saqueado). Con el presente contingente estadounidense de unos 47.000 menos (sin contar a los mercenarios), los responsables estadounidenses están prácticamente rogando a un gobierno iraquí que se acerca cada vez más a los iraníes para que permita que algunas fuerzas estadounidenses puedan permanecer en unas pocas bases gigantes más allá de la fecha oficial de retirada de finales de 2011.

Mientras tanto, después de 2003, EE.UU. se lanzó desenfrenadamente a construir (o expandir) bases en el Golfo Pérsico, reforzando y ampliando instalaciones en Kuwait, Qatar, Omán, los Emiratos Árabes Unidos, y Bahréin, “hogar” de la Quinta Flota de EE.UU. En ese reino insular, el gobierno de Obama, que predica “democracia” en otros sitios, se ha visto frente a una feroz campaña bahreiní-saudí de represión con un movimiento mayoritario chií por la libertad. Mientras tanto, para que no lo superaran, el Departamento de Estado decidió construir un moderno zigurat en Iraq y por ello supervisó la construcción de la mayor “embajada” del mundo en Bagdad, una ciudadela con puesto de comando que debe albergar a miles de “diplomáticos” y a sus protectores armados. Ahora está construyendo una instalación similar en Islamabad, Pakistán, mientras expande una tercera en Kabul, Afganistán.

En los hechos, en los años después de la invasión de Afganistán, como Nick Turse informó en este sitio, se lanzó a una verdadera juerga de construcción de bases en ese país, en el que construyó por los menos 400, desde micro-puestos avanzados a monstruos como las bases aéreas Bagram y Kandahar, completas, con gimnasios, supermercados, cibercafés y negocios de comida chatarra. Ahora, en el décimo año de una guerra desastrosa, es obvio que el gobierno de Obama negocia frenéticamente para conseguir que por lo menos algunas de ellas sean permanentemente nuestras después de la tan pregonada partida de las tropas de “combate” estadounidenses en 2014. Como en Iraq, los responsables estadounidenses evitan cuidadosamente la palabra “permanente”. (En 2003, el Pentágono llamó “campos duraderos” a las bases iraquíes, y en febrero de este año la secretaria de Estado Hillary Clinton presentó la siguiente descripción de la situación afgana: “De ninguna manera debe malentenderse nuestro compromiso duradero como el deseo de EE.UU. o de nuestros aliados de ocupar Afganistán contra la voluntad de su pueblo… No buscamos ninguna base militar permanente de EE.UU. en su país”).

Y sin embargo, a pesar de todas las bases construidas en el Gran Medio Oriente y todo el poder de fuego que tienen, EE.UU. se ha visto, de una manera bastante embarazosa, frente a una región que se escapa cada vez más rápido a su control. Tal vez, al recordar nuestros complejos de bases igualmente gigantescos en Vietnam –las pirámides de su época– y su suerte después de la guerra, los funcionarios estadounidenses simplemente decidieron evitar la palabra “permanente” como precaución razonable contra la realidad. Después de todo, ¿qué es permanente? Nosotros no. Considerad, por ejemplo los comentarios del notable Noam Chomsky, autor de Hopes and Prospects, en una adaptación posterior de una reciente conferencia en Amsterdam sobre el tema de lo que en este mundo es demasiado grande para caer. Tom

¿Es el mundo demasiado grande para caer?

Los contornos del orden global

Noam Chomsky

Los levantamientos por la democracia en el mundo árabe han sido demostraciones espectaculares de valor, dedicación y compromiso de fuerzas populares que coincidieron, fortuitamente, con un notable levantamiento de decenas de miles de personas en apoyo a los trabajadores y la democracia en Madison, Wisconsin y otras ciudades de EE.UU. Si las trayectorias de protestas en El Cairo y Madison se cruzaron, sin embargo, iban dirigidas en direcciones opuestas: en El Cairo hacia el logro de derechos elementales negados por la dictadura, en Madison hacia la defensa de derechos que se lograron después de largas y duras luchas y que ahora sufren un duro ataque.

Cada una es un microcosmo de tendencias en la sociedad global, que siguió cursos diversos. Es seguro que lo que está ocurriendo tendrá consecuencias trascendentales tanto en el corazón industrial decadente del país más rico y poderoso de la historia del mundo, y en lo que el presidente Dwight Eisenhower llamó “el área más estupenda de poder estratégico del mundo”, “una fuente estupenda de poder estratégico” y “probablemente el premio económico más rico en el campo de la inversión extranjera”, en boca del Departamento de Estado en los años cuarenta, un premio que EE.UU. quería conservar para sí y para sus aliados en el Nuevo Orden Mundial que se revelaba en esos días.

A pesar de todos los cambios ocurridos desde entonces, hay muchos motivos para suponer que los responsables políticos de la actualidad se adhieren básicamente a la opinión del influyente consejero del presidente Franklin Delano Roosevelt, A. A. Berle, de que el control de las incomparables reservas de energía de Medio Oriente producirían un “control sustancial del mundo”. Y respectivamente, esa pérdida de control amenazaría el proyecto de dominación mundial que fue claramente articulado durante la Segunda Guerra Mundial y que se ha mantenido frente a los principales cambios en el orden mundial desde entonces.

Desde el inicio de la guerra, en 1939, Washington previó que terminaría con EE.UU. en una posición de abrumador poder. Funcionarios de alto nivel del Departamento de Estado y especialistas en política exterior se reunieron durante los años de la guerra para preparar planes para el mundo de posguerra. Delinearon una “Gran Área” que sería dominada por EE.UU., incluyendo el hemisferio occidental, Lejano Oriente, y el antiguo imperio británico, con sus recursos energéticos de Medio Oriente. Cuando Rusia comenzó a aplastar a los ejércitos nazis después de Stalingrado, los objetivos de la Gran Área se ampliaron a una parte tan grande de Eurasia como fuera posible, por lo menos su centro económico en Europa Occidental. Dentro del Gran Área, EE.UU. mantendría un “poder incuestionable”, con “supremacía militar y económica”, mientras aseguraba las “limitaciones de cualquier ejercicio de sobeanía” de Estados que pudieran interferir en sus designios globales. Los cuidadosos planes de los tiempos de guerra se implementaron pronto.

Siempre se reconoció que Europa podría preferir un camino independiente. En parte la OTAN tuvo el propósito de contrarrestar esa amenaza. En cuando desapareció el pretexto oficial de la existencia de la OTAN en 1989, ésta fue expandida hacia el este en violación de compromisos verbales con el líder soviético Mijail Gorbachov. Desde entonces se ha convertido en una fuerza de intervención de largo alcance dirigida por EE.UU., aclarado por el secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, quien informó en una conferencia de la OTAN de que “las tropas de la OTAN tienen que proteger conductos que transportan petróleo y gas dirigido hacia Occidente”, y más generalmente proteger rutas marítimas utilizadas por buques cisterna y otra “infraestructura crucial” del sistema energético.

Las doctrinas de Gran Área permiten claramente intervenciones militares a voluntad. La conclusión fue claramente articulada por el gobierno de Clinton, que declaró que EE.UU. tiene derecho a utilizar la fuerza militar para asegurar “el acceso libre a mercados clave, suministros de energía, y recursos estratégicos”, y tiene que mantener inmensas fuerzas militares “en posiciones avanzadas” en Europa y Asia “con el fin de conformar las opiniones de la gente sobre nosotros” y “conformar eventos que afectarán nuestra subsistencia y nuestra seguridad”.

Los mismos principios rigieron en la invasión de Iraq. Cuando el fracaso de EE.UU. para imponer su voluntad fue innegable, ya no fue posible ocultar los verdaderos objetivos de la invasión detrás de hermosa retórica. En noviembre de 2007, la Casa Blanca publicó una Declaración de Principios exigiendo que las fuerzas de EE.UU. permanecieran indefinidamente en Iraq y comprometiendo a Iraq a privilegiar a los inversionistas estadounidenses. Dos meses después, el presidente Bush informó al Congreso de que rechazaría la legislación que pudiera limitar el estacionamiento permanente de fuerzas armadas de EE.UU. o “el control de EE.UU. de los recursos petrolíferos de Iraq”, demandas que EE.UU. tuvo que abandonar pronto frente a la resistencia iraquí.

En Túnez y Egipto los recientes levantamientos han logrado victorias impresionantes, pero como informó la Fundación Carnegie, aunque han cambiado, los regímenes subsisten: “Un cambio en las elites gobernantes y del sistema de gobierno sigue siendo un objetivo distante”. El informe discute los obstáculos interiores para la democracia, pero ignora los exteriores, que siempre han sigo significativos.

Es seguro que EE.UU. y sus aliados occidentales harán todo lo que puedan para impedir una auténtica democracia en el mundo árabe. Para comprender el motivo basta con considerar los estudios de la opinión árabe realizados por agencias de sondeo de EE.UU. Aunque apenas se ha informado al respecto, son ciertamente conocidos por los planificadores. Revelan que en su abrumadora mayoría, los árabes consideran a EE.UU. e Israel como las mayores amenazas que enfrentan: EE.UU. es considerado de esa manera por un 90% de los egipcios, en la región generalmente por más de un 75%. Algunos árabes consideran que Irán es una amenaza: un 10%. La oposición a la política de EE.UU. es tan fuerte que una mayoría cree que la seguridad mejoraría si Irán tuviera armas nucleares, en Egipto, un 80%. Otras cifras son similares. Si la opinión pública influenciara la política, no sólo EE.UU. no controlaría la región, sino que sería expulsado de ella, debilitando los principios fundamentales de dominación global.

La mano invisible del poder

El apoyo a la democracia cae dentro de la competencia de ideólogos y propagandistas. En el mundo real, la aversión hacia la democracia de la elite es la norma. La evidencia de que la democracia sólo se apoya mientras contribuye a objetivos sociales y económicas es abrumadora, una conclusión aceptada renuentemente por los eruditos más serios.

El desdén de la elite por la democracia se reveló drásticamente en la reacción a las revelaciones de WikiLeaks. Las que recibieron más atención, con eufóricos comentarios, fueron los cables que informaron sobre el apoyo de los árabes a la posición de EE.UU. con respecto a Irán. Se referían a los dictadores en el poder. No se mencionaban las actitudes del público. El principio guía fue articulado claramente por el especialista de la Fundación Carnegie Medio Oriente Marwan Muasher, ex alto funcionario del gobierno jordano: “No hay nada malo, todo está bajo control”. En pocas palabras, si los dictadores nos apoyan, ¿qué otra cosa podría importar?

La doctrina Muasher es racional y venerable. Para mencionar un solo caso que es muy relevante en la actualidad, en una discusión interna en 1958, el presidente Eisenhower expresó preocupación por “la campaña de odio” contra nosotros en el mundo árabe, no por los gobiernos, sino por el pueblo. El Consejo Nacional de Seguridad (NSC) explicó que existe una percepción en el mundo árabe de que EE.UU. apoya dictaduras y bloquea la democracia y el desarrollo para asegurar el control de los recursos de la región. Además, la percepción es bastante exacta, concluyó el NSC, y es lo que deberíamos hacer: basarnos en la doctrina Muasher. Estudios del Pentágono realizados después del 11-S confirmaron que lo mismo sigue siendo válido.

Es normal que los vencedores tiren la historia al cubo de la basura y que las víctimas la tomen en serio. Tal vez puedan ser útiles algunas breves observaciones sobre este importante tema. Ésta no es la primera ocasión en la cual Egipto y EE.UU. enfrentan problemas semejantes y se mueven en direcciones opuestas. Lo mismo fue válido a principios del Siglo XIX.

Historiadores económicos han argumentado que Egipto estaba bien colocado para emprender un rápido desarrollo económico al mismo tiempo que EE.UU. Ambos países tenían una rica agricultura, incluido el algodón, base de la temprana revolución industrial, aunque, a diferencia de Egipto, EE.UU. tuvo que desarrollar la producción de algodón y una fuerza laboral mediante la conquista, el exterminio y la esclavitud, con consecuencias que ahora mismo son evidentes en las reservas para los sobrevivientes y las prisiones que se han expandido rápidamente desde los años de Reagan para albergar a la población superflua desechada por la desindustrialización.

Una diferencia fundamental fue que EE.UU. había logrado la independencia y por ello estaba libre para ignorar las prescripciones de la teoría económica, suministrada entones por Adam Smith en términos bastante similares a los que predican actualmente a las sociedades en desarrollo. Smith instó a las colonias liberadas a producir productos primarios para la exportación y a importar manufacturas británicas superiores, y ciertamente a no intentar el monopolio de bienes cruciales, sobre todo algodón. Cualquier otro camino, advirtió Smith, “retardaría en lugar de acelerar el aumento en el valor de su producción anual y obstruiría en lugar de promover el progreso de su país hacia la verdadera riqueza y grandeza”.

Después de lograr su independencia, las colonias pudieron ignorar su consejo y seguir el camino de Inglaterra en el desarrollo guiado por el Estado independiente, con altos aranceles para proteger la industria contra exportaciones británicas, primero textiles, después acero y otros, y para adoptar otros muchos instrumentos con el fin de acelerar el desarrollo industrial. La república independiente también buscó la obtención de un monopolio del algodón para “colocar a todas las demás naciones a nuestros pies”, particularmente al enemigo británico, como anunciaron los presidentes jacksonianos mientras conquistaban Texas y la mitad de México.

Un camino comparable en Egipto fue bloqueado por el poder británico. Lord Palmerston declaró que “ninguna idea de ecuanimidad [hacia Egipto] debería ser un obstáculo para intereses tan grandes y superiores” de Gran Bretaña como la preservación de su hegemonía económica y política, expresando su “odio” hacia el “ignorante bárbaro” Muhammed Ali quien se atrevió a buscar un camino independiente, y el despliegue de la flota y el poder financiero de Gran Bretaña para terminar con la búsqueda de independencia y de desarrollo económico de Egipto.

Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando EE.UU. desplazó a Gran Bretaña como el "hegemón" global, Washington adoptó la misma posición, dejando claro que EE.UU. no suministraría ayuda a Egipto a menos que se adhiriera a las reglas estándar para los débiles, que EE.UU. siguió violando, imponiendo altos aranceles para excluir el algodón egipcio y causando una debilitadora escasez de dólares. La interpretación usual de los principios del mercado.

No es muy sorprendente que la “campaña de odio” contra EE.UU. que preocupó a Eisenhower se haya basado en el reconocimiento de que EE.UU. apoya a los dictadores y bloquea la democracia y el desarrollo, tal como lo hacen sus aliados.

En defensa de Adam Smith, habría que agregar que reconoció lo que pasaría si Gran Bretaña seguía las reglas de la economía sensata, llamada ahora “neoliberalismo”. Advirtió de que si los fabricantes, comerciantes, e inversionistas británicos se volvían hacia el extranjero, podrían beneficiarse pero que Inglaterra sufriría. Pero pensó que se guiarían por un sesgo nacional, de manera que una mano invisible ahorraría a Inglaterra los estragos de la racionalidad económica.

Es difícil dejar de ver el pasaje. Es la única aparición de la famosa frase “mano invisible” en La Riqueza de las Naciones. El otro importante fundador de la economía clásica, David Ricardo, sacó conclusiones semejantes, esperando que la inclinación por el interior llevaría a las personas acaudaladas a “estar satisfechas con la baja tasa de beneficios en su propio país, en lugar de buscar un empleo más ventajoso de su riqueza en países foráneos”, sentimientos que, agregó, “lamentaría que se debilitaran”. Dejando de lado sus predicciones, los instintos de los economistas clásicos eran sanos.

Las “amenazas” china e iraní

El levantamiento por la democracia en el mundo árabe se compara a veces con Europa Oriental en 1989, pero sobre la base de motivos dudosos. En 1989, el levantamiento por la democracia fue tolerado por los rusos y apoyado por las potencias occidentales siguiendo doctrinas estándar: se ajustaba claramente a objetivos económicos y estratégicos, y por lo tanto era un logro noble, muy honorado, a diferencia de las luchas al mismo tiempo “por defender los derechos humanos fundamentales” en Centroamérica, en palabras del asesinado arzobispo de El Salvador, uno de los cientos de miles de víctimas de fuerzas militares armadas y entrenadas por Washington. No hubo ningún Gorbachov en Occidente durante todos esos horrendos años, y no hay ninguno ahora. Y el poder occidental sigue siendo hostil a la democracia en el mundo árabe por buenas razones.

Las doctrinas del Gran Área siguen aplicándose a crisis y confrontaciones contemporáneas. En los círculos que toman las decisiones políticas y en el comentario político occidental, la amenaza iraní se considera la que plantea el mayor peligro para el orden mundial y por lo tanto debe ser el enfoque primordial de la política exterior de EE.UU., y Europa sigue el rastro cortésmente.

¿Cuál es exactamente la amenaza iraní? Una respuesta fidedigna es suministrada por el Pentágono y los servicios de inteligencia de EE.UU. Informando el año pasado sobre la seguridad global, aclaran que la amenaza no es militar. Los gastos militares de Irán son “relativamente bajos en comparación con el resto de la región”, concluyen. Su doctrina militar es “estrictamente defensiva, diseñada para desacelerar una invasión e imponer una solución diplomática a las hostilidades”. Irán tiene “una capacidad limitada de proyectar fuerzas más allá de sus fronteras”. Con respecto a la opción nuclear: “El programa nuclear de Irán y su disposición a mantener abierta la posibilidad de desarrollar armas nucleares es parte central de su estrategia de disuasión”. Todo citas.

El brutal régimen clerical es indudablemente una amenaza para su propio pueblo, aunque difícilmente supera a los aliados de EE.UU. en ese terreno. Pero la amenaza yace en otra parte, y es ciertamente de mal agüero. Un elemento es la capacidad de disuasión de Irán, un ejercicio ilegítimo de soberanía que podría interferir con la libertad de acción de EE.UU. en la región. Salta a la vista por qué Irán buscaría una capacidad disuasiva; una mirada a las bases militares y las fuerzas nucleares de la región basta para explicarlo.

Hace siete años, el historiador militar israelí Martin van Creveld escribió que “El mundo ha presenciado cómo EE.UU. atacó Iraq sin motivos, como se comrpobó. Si los iraníes no intentara producir armas nucleares, estarían locos”, en especial cuando están bajo una amenaza constante de ataque en violación de la Carta de la ONU. Queda por ver si lo están haciendo, pero tal vez sea así.

Pero la amenaza de Irán va más allá de la disuasión. También trata de expandir su influencia a los países vecinos, destacan el Pentágono y los servicios de inteligencia de EE.UU., y “desestabilizar” de esta manera la región (en términos técnicos del discurso de política exterior). La invasión y ocupación militar de los vecinos de Irán es “estabilización”. Los esfuerzos de Irán por extender su influencia a ellos es “desestabilización”, por lo tanto son evidentemente ilegítimos.

Semejante costumbre es rutinaria. Por lo tanto el destacado analista de política exterior James Chace, utilizó correctamente el término “estabilidad” en su sentido técnico cuando explicó que a fin de lograr “estabilidad” en Chile fue necesario “desestabilizar” el país (derrocando al gobierno elegido de Salvador Allende e instalando la dictadura del general Augusto Pinochet). Es igualmente interesante explorar otras preocupaciones sobre Irán, pero tal vez esto baste para revelar los principios guía y su estatus en la cultura imperial. Como subrayaron los planificadores de Franklin Delano Roosevelt en el alba del sistema mundial contemporáneo, EE.UU. no puede tolerar “ningún ejercicio de soberanía” que interfiera en sus designios globales.

EE.UU. y Europa están unidos en el castigo a Irán por su amenaza a la estabilidad, pero es útil recordar cuán aislados están. Los países no alineados han apoyado vigorosamente el derecho de Irán a enriquecer uranio. En la región, la opinión pública árabe incluso favorece vigorosamente las armas nucleares iraníes. La principal potencia regional, Turquía votó contra la última moción de sanciones iniciada por EE.UU. en el Consejo de Seguridad, junto con Brasil, el país más admirado en el Sur. Su desobediencia condujo a una fuerte censura, no por primera vez: Turquía había sido amargamente condenada en 2003, cuando el gobierno siguió la voluntad de un 95% de la población y se negó a participar en la invasión de Iraq, demostrando así su débil comprensión de la democracia al estilo occidental.

Después de su fechoría en el Consejo de Seguridad el año pasado, Turquía recibió la advertencia del máximo diplomático de Obama para asuntos europeos, Philip Gordon, de que debe “demostrar su compromiso de cooperación con Occidente”. Un experto en el Consejo de Relaciones Exteriores preguntó: “¿Cómo mantener a raya a los turcos?” siguiendo órdenes como buenos demócratas. Lula de Brasil fue amonestado por un titular del New York Times diciendo que su esfuerzo junto a Turquía para dar una solución al problema del enriquecimiento de uranio fuera del marco del poder de EE.UU. era una “Mancha en el legado del líder brasileño”. En breve, haz lo que te decimos, o ya verás.

Un aspecto colateral, efectivamente suprimido, es que el acuerdo Irán-Turquía-Brasil fue aprobado por adelantado por Obama, presumiblemente en la suposición de que fracasaría, suministrando un arma ideológica contra Irán. Cuando tuvo éxito, la aprobación se convirtió en censura, y Washington impuso en el Consejo de Seguridad una resolución tan débil que China la aprobó sin problemas y ahora recibe una reprimenda por ajustarse a la letra de la resolución pero no a las directivas unilaterales de Washington, por ejemplo, en la nueva edición de Foreign Affairs.

Aunque EE.UU. puede tolerar la desobediencia turca, aunque con consternación, cuesta más ignorar a China. La prensa advierte de que “inversionistas y comerciantes chinos llenan ahora un vacío en Irán mientras empresas de muchos otros países, especialmente de Europa, se retiran”, y en particular, está expandiendo su papel dominante en las industrias energéticas de Irán. Washington reacciona con un toque de desesperación. El Departamento de Estado advirtió a China de que si quiere que la acepten en la comunidad internacional –un término técnico que se refiere a EE.UU. y a quienquiera esté de acuerdo con este último– no debe “eludir y evadir responsabilidades internacionales [que] son obvias”: es decir, que siga órdenes de EE.UU. No es probable que China se siemta impresionada.

Hay mucha preocupación por la creciente amenaza militar china. Un reciente estudio del Pentágono advirtió de que el presupuesto militar de China se acerca a “un quinto de lo que el Pentágono gastó para operar y realizar las guerras de Iraq y Afganistán”, una fracción del presupuesto militar de EE.UU., por supuesto. La expansión de las fuerzas militares chinas podría “imposibilitar la capacidad de barcos de guerra estadounidenses de operar en aguas internacionales frente a su costa”, agregó el New York Times.

O sea frente a la costa de China; falta solamente que propongan que EE.UU. elimine fuerzas militares que impidan el acceso al Caribe a los barcos de guerra chinos. La falta de entendimiento de China de las reglas de civilidad internacional es ilustrada además por sus objeciones a los planes de que el ultramoderno portaaviones a propulsión nuclear George Washington se una a ejercicios navales a pocos kilómetros frente a la costa de China, con una supuesta capacidad para atacar Pekín.

Al contrario, Occidente comprende que EE.UU. emprende todas esas operaciones para defender la estabilidad y su propia seguridad. El liberal New Republic expresa su preocupación porque “China envió diez barcos de guerra por aguas internacionales frente a la isla japonesa de Okinawa”. Evidentemente es una provocación, a diferencia del hecho, no mencionado, de que Washington ha convertido esa isla en una importante base militar a pesar de las vehementes protestas de sus habitantes. No es una provocación, sobre la base del principio estándar de que somos dueños del mundo.

Dejando de lado la profundamente arraigada doctrina imperial, hay buenos motivos para que los vecinos de China estén preocupados por su creciente poder militar y comercial. Y aunque la opinión árabe apoya un programa iraní de armas nucleares, ciertamente no deberíamos hacerlo. La literatura de política exterior está repleta de propuestas sobre cómo contrarrestar la amenaza. Pocas veces mencionan una manera obvia: trabajar para establecer una zona libre de armas nucleares en la región (NWFZ). El tema se presentó (de nuevo) en la conferencia del Tratado de No Proliferación (TNP) en la sede de las Naciones Unidas en mayo pasado. Egipto, como presidente de las 118 naciones del Movimiento de los No Alineados pidió negociaciones para una NWFZ en Medio Oriente, como fue aceptado por Occidente, incluido EE.UU., en la conferencia de revisión del TNP en 1995.

El apoyo internacional es tan abrumador que Obama lo aceptó, formalmente. Es una excelente idea, informó Washington a la conferencia, pero no ahora. Además, EE.UU. dejó claro que hay que exceptuar a Israel: ninguna propuesta puede pedir que el programa nuclear de Israel se coloque bajo los auspicios del Organismo Internacional de Energía Atómica o que se publique información sobre “las instalaciones y actividades nucleares de Israel”. Y que no se hable más de este método de encarar la amenaza nuclear iraní.

Privatizando el planeta

Aunque la doctrina de la Gran Área sigue prevaleciendo, la capacidad para implementarla ha disminuido. El pico del poder de EE.UU. fue después de la Segunda Guerra Mundial, cuando literalmente poseía la mitad de la riqueza del mundo. Pero eso declinó naturalmente cuando otras economías se recuperaron de la devastación de la guerra y la descolonización emprendió su tormentoso camino. A principios de los años setenta, la parte de EE.UU. en la riqueza global había disminuido a cerca de un 25%, y el mundo industrial se había hecho tripolar: Norteamérica, Europa, y Asia del Este (entonces centrada en Japón).

En los años setenta también hubo un abrupto cambio en la economía de EE.UU., hacia la financialización y la exportación de la producción. Una variedad de factores convergió para crear un ciclo cruel de concentración radical de la riqueza, sobre todo en el 1% superior de la población –en particular directores ejecutivos, gerentes de fondos de alto riesgo, etc.- Eso lleva a la concentración del poder político, de ahí a políticas estatales de aumentar la concentración económica: políticas fiscales, reglas de gobierno corporativo, desregulación, y muchas cosas más. Mientras tanto, los costes de campañas electorales aumentaron enormemente, llevando a los partidos a los bolsillos del capital concentrado, cada vez más financiero: los republicanos por reflejo, los demócratas –ya eran como los que solían ser republicanos moderados– no se quedaron muy atrás.

Las elecciones se han convertido en una charada dirigida por la industria de las relaciones públicas. Después de su victoria de 2008, Obama ganó un premio de la industria por la mejor campaña de mercadeo del año. Los ejecutivos estaban eufóricos. En la prensa empresarial explicaron que habían estado mercadeando candidatos como otras mercancías desde Ronald Reagan, pero 2008 fue su mayor logro y cambiaría el estilo en los consejos corporativos. Se espera que la elección de 2012 cueste 2.000 millones de dólares, sobre todo en fondos de las corporaciones. No es de extrañar que Obama esté seleccionando a hombres de negocios para las máximas posiciones. El público está enojado y frustrado, pero mientras prevalezca el principio Muasher [“Siempre y cuando la gente esté tranquila y pasiva, vamos a hacer lo que queramos”. N. del T.], eso no importa.

Mientras la riqueza y el poder se han concentrado fuertemente, para la mayoría de la población los ingresos reales se estancaron y la gente se las ha arreglado con más horas de trabajo, deudas e inflación de los activos, destruidos regularmente por las crisis financieras que comenzaron cuando el aparato regulador fue desmantelado desde los años ochenta.

Nada de esto es problemático para los muy ricos, que se benefician de una póliza de seguro del gobierno llamada “demasiado grande para caer”. Los bancos y firmas de inversión pueden hacer transacciones arriesgadas, con grandes beneficios, y cuando el sistema se derrumba inevitablemente, pueden ir corriendo donde papá Estado a pedir un rescate con dineros públicos, aferrados a sus copias de Friedrich Hayek y Milton Friedman.

Ése ha sido el proceso regular desde los años de Reagan, cada crisis más extrema que la anterior –es decir, para la población general-. Ahora mismo, el verdadero desempleo está a niveles de la Depresión para gran parte de la población, mientras Goldman Sachs, uno de los principales arquitectos de la actual crisis, es más rico que nunca. Acaba de anunciar tranquilamente 17.500 millones de dólares en compensaciones por el año pasado, y su presidente ejecutivo, Lloyd Blankfein, recibió una bonificación de 12,6 millones mientras que triplica su salario base.

No tendría sentido concentrar la atención en hechos semejantes. Por lo tanto, la propaganda tiene que tratar de culpar a otros; en los últimos meses: los trabajadores del sector público, sus inmensos salarios, exorbitantes jubilaciones, etc.; todo fantasía, basada en el modelo de la imaginería "reaganita" de madres negras conducidas en sus limusinas a cobrar sus cheques de la asistencia social, y otros modelos que sobra mencionar. Todos tenemos que apretarnos los cinturones; es decir, casi todos.

Los maestros constituyen un objetivo particularmente bueno, como parte del esfuerzo deliberado por destruir el sistema de educación desde la guardería infantil hasta las universidades, mediante la privatización, de nuevo, bueno para los ricos, pero un desastre para la población, así como para la salud a largo plazo de la economía, pero es una de las externalidades que se deja de lado mientras prevalezcan los principios del mercado.

Otro excelente objetivo, siempre, son los inmigrantes. Ha sido así durante toda la historia de EE.UU., aún más en tiempos de crisis económica, exacerbada ahora por un sentido de que nos están quitando nuestro país: la población blanca se convertirá pronto en una minoría. Se puede comprender la cólera de individuos agraviados, pero la crueldad de la policía es estremecedora.

¿Quiénes son los inmigrantes en cuestión? En el este de Massachusetts, donde vivo, muchos son mayas que huyeron del genocidio en las tierras altas guatemaltecas realizado por los asesinos favoritos de Reagan. Otros son mexicanos, víctimas del NAFTA de Clinton, uno de esos raros acuerdos gubernamentales que se las han arreglado para dañar a la gente en los tres países afectados. Cuando el NAFTA se aprobó bajo presión en el Congreso en 1994, pasando por alto las objeciones populares, Clinton también inició la militarización de la frontera entre EE.UU. y México, que antes era bastante abierta. Se comprendió que los campesinos mexicanos no pueden competir con la agroindustria estadounidense altamente subvencionada, y que las empresas mexicanas no pueden sobrevivir a la competencia con las multinacionales de EE.UU., que deben recibir “trato nacional” bajo los mal bautizados acuerdos de libre comercio, un privilegio otorgado solo a personas corporativas, no a las de carne y hueso. No es sorprendente que esas medidas hayan llevado a una inundación de refugiados desesperados, y a provocar una histeria contra los inmigrantes por parte de las víctimas de las políticas estatales-corporativas dentro del país.

Parece que en Europa sucede lo mismo, donde es probable que el racismo esté aún más desmandado que en EE.UU. Uno puede quedarse pasmado al ver que Italia se queja del flujo de refugiados de Libia, escenario del primer genocidio posterior a la Primera Guerra Mundial, en el ahora liberado Este, a manos del gobierno fascista de Italia. O cuando Francia, que sigue siendo actualmente el principal protector de las brutales dictaduras en sus antiguas colonias, se las arregla para olvidar sus horrendas atrocidades en África, mientras el presidente francés Nicolas Sarkozy advierte sombríamente contra el “flujo de inmigrantes” y Marine Le Pen objeta que no hace nada para impedirlo. No necesito mencionar a Bélgica que podría ganar el premio de lo que Adam Smith llamó “la salvaje injusticia de los europeos”.

El ascenso de partidos neofascistas en gran parte de Europa sería un fenómeno aterrador incluso si no recordáramos lo que sucedió en el continente en el pasado reciente. Hay que imaginar la reacción si los judíos estuvieran siendo expulsados de Francia hacia la miseria y la opresión, y luego se presencia la falta de reacción ante lo que sucede a los gitanos, también víctimas del Holocausto y la población más brutalizada de Europa.

En Hungría, el partido neofascista Jobbik obtuvo un 17% de los votos en las elecciones nacionales, lo que tal vez no sea sorprendente dado que tres cuartos de la población piensa que les va peor que bajo el régimen comunista. Podríamos sentirnos aliviados de que en Austria el ultraderechista Jörg Haider haya obtenido solo un 10% de los votos en 2008, si no fuera por el hecho que el nuevo Partido de la Libertad, desbordándolo por la extrema derecha, obtuvo más de un 17%. Es escalofriante recordar que, en 1928, los nazis obtuvieron menos de un 3% de los votos en Alemania.

En Inglaterra el Partido Nacional Británico y la Liga Inglesa de Defensa, en la derecha ultra-racista, son fuerzas importantes. (Lo que pasa en Holanda lo sabéis demasiado bien.) En Alemania el lamento de Thilo Sarrazin de que los inmigrantes están destruyendo el país fue un enorme éxito de ventas, mientras la canciller Angela Merkel, aunque condenó el libro, declaró que el multiculturalismo había “fracasado del todo”: los turcos importados para hacer el trabajo sucio en Alemania no se convierten en rubios de ojos azules, verdaderos arios.

Los que tengan sentido de la ironía recordarán que Benjamin Franklin, uno de los personajes principales de la Ilustración, advirtió de que las colonias recién liberadas deberían tener cuidado al permitir la inmigración de alemanes, porque eran demasiado morenos; los suecos también. Llegado el Siglo XX, los mitos ridículos de pureza anglosajona eran comunes en EE.UU., incluso entre presidentes y otras personalidades destacadas. El racismo en la cultura literaria ha sido una obscenidad flagrante; mucho peor en la práctica, sobra decirlo. Es mucho más fácil erradicar la poliomielitis que esa horrenda plaga, que regularmente se vuelve más virulenta en tiempos de penuria económica.

No quiero terminar sin mencionar otra externalidad que se desestima en los sistemas de mercado: la suerte de las especies. Un riesgo sistémico en el sistema financiero puede ser remediado por el contribuyente, pero nadie acudirá al rescate si se destruye el medioambiente. Que hay que destruirlo es casi un imperativo institucional. Los dirigentes empresariales que realizan campañas de propaganda para convencer a la población de que el antropogénico calentamiento global es un engaño liberal saben perfectamente cuán grave es la amenaza, pero tienen que maximizar los beneficios a corto plazo y su penetración en el mercado. Si no lo hacen, algún otro lo hará.

Este ciclo vicioso puede resultar letal. Para ver cuán grave es el peligro, basta con analizar el nuevo Congreso de EE.UU. llevado al poder por la financiación y propaganda de las empresas. Casi todos sus miembros niegan el cambio climático. Ya han comenzado a recortar los fondos para medidas que podrían mitigar una catástrofe ecológica. Peor todavía, algunos son verdaderos creyentes; por ejemplo, el nuevo jefe de un subcomité sobre el medio ambiente explicó que el calentamiento global no puede ser un problema, porque Dios prometió a Noé que no habría otro diluvio.

Si cosas semejantes estuvieran ocurriendo en algún país pequeño y remoto, podríamos morirnos de risa. No cuando suceden en el país más rico y poderoso del mundo. Y antes de reír, también podríamos considerar que la actual crisis económica puede rastrearse en gran medida a la fe fanática en dogmas como la hipótesis del mercado eficiente y en general a lo que el Nobel Joseph Stiglitz, hace quince años, llamó la “religión” que mejor conocen los mercados, que impidió que el banco central y los economistas detectaran una burbuja inmobiliaria de 8 billones [millones de millones] de dólares que no tenía ninguna base en fundamentos económicos, y que devastó al país cuando estalló.

Todo esto, y mucho más, podrá continuar mientras prevalezca la doctrina de Muasher. Mientras la población general sea pasiva, apática, desviada hacia el consumismo o hacia el odio a los vulnerables, los poderosos podrán hacer lo que les dé la gana, y los que sobrevivan tendrán que contemplar el resultado.

Noam Chomsky es profesor emérito del Instituto en el Departamento de Lingüística y Filosofía del MIT. Es autor de numerosas obras políticas que son éxitos de venta. Sus últimos libros son una nueva edición de Power and Terror, The Essential Chomsky (editado por Anthony Arnove), una colección de sus escritos sobre política y lenguaje desde los años cincuenta hasta el presente, Gaza in Crisis, con Ilan Pappé, y Hopes and Prospects. Este artículo se ha adaptado de una conferencia impartida en Amsterdam en marzo.

Copyright 2011 Noam Chomsky

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Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/175382/

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Written by Eduardo Aquevedo

3 mayo, 2011 at 14:54

I. Wallerstein: Libia y la (confusión de la) izquierda mundial…

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Revuelta en Magreb y medio oriente
 
Immanuel Wallerstein
Hay tanta hipocresía y tantos confusos análisis acerca de lo que está ocurriendo en Libia que apenas sabe uno por donde comenzar. El aspecto más pasado por alto en la situación es la profunda división de la izquierda mundial. Varios estados latinoamericanos de izquierda, siendo el más notable Venezuela, mantienen un apoyo pleno al coronel Kadafi. Pero los voceros de la izquierda mundial en Medio Oriente, Asia, África, Europa, y Norteamérica, decididamente no están de acuerdo.
 

El análisis de Hugo Chávez parece enfocarse primordialmente, en realidad en exclusiva, en el hecho de que Estados Unidos y Europa occidental hayan estado profiriendo amenazas y condenas al régimen de Kadafi. El coronel, Chávez y algunos otros insisten en que el mundo occidental pretende invadir Libia y robarse su petróleo. Todo ese análisis para nada ubica lo que ha estado ocurriendo y deja mal el juicio de Chávez –y de hecho su reputación con el resto de la izquierda mundial.

Primero que nada, durante los últimos 10 años y hasta hace algunas semanas, Kadafi no obtuvo sino buena prensa en el mundo occidental. Intentó probar por todos los medios posibles que no era un gobernante que respaldara al terrorismo y que su único deseo era integrarse plenamente a la corriente principal geopolítica y económica en el mundo. Libia y el mundo occidental han estado logrando un arreglo tras otro, todos con ganancias. Es difícil para mí ver a Kadafi como un héroe del movimiento mundial antimperialista, por lo menos en los últimos 10 años.

El segundo punto en que falla el análisis de Hugo Chávez es que en Libia no va a haber ningún involucramiento militar significativo del mundo occidental. Los pronunciamientos públicos han sido mera alharaca, diseñada para impresionar a la opinión local. No va a haber ninguna resolución del Consejo de Seguridad porque Rusia y China no van a aceptarla. No va a haber ninguna resolución de la OTAN porque Alemania y otros no aceptarán. Aun la postura militante de Sarkozy contra Kadafi se topa con resistencia dentro de Francia.

Y sobre todo, en Estados Unidos la oposición a una acción militar proviene del público, pero lo más importante es que proviene de los militares. El secretario de defensa, Robert Gates, y el presidente del Estado Mayor Conjunto, el almirante Mullen, han expresado de modo muy público su oposición a instituir una zona de vuelo restringido. De hecho, el secretario Gates fue más allá. El 25 de febrero se dirigió a los cadetes de West Point: En mi opinión, deberían examinarle la cabeza a cualquier futuro secretario de Defensa que vuelva a aconsejarle al presidente el envío de un gran ejército terrestre estadunidense a Asia, Medio Oriente o África.

Para subrayar este punto de vista de los militares, el general retirado Wesley Clark, anterior comandante de las fuerzas de la OTAN, escribió un editorial para el Washington Post el 11 de marzo, con el título Libia no califica para una acción militar estadunidense. Así que, pese al llamado de los halcones a que haya un involucramiento de Estados Unidos, el presidente Obama resistirá.

El punto entonces no es si va a ocurrir o no la intervención militar occidental. El punto son las consecuencias que tiene el intento de Kadafi de suprimir del modo más brutal posible toda la oposición de la segunda revuelta árabe. Libia está en un momento de confusión debido a los triunfantes levantamientos en Túnez y Egipto. Y si hay alguna conspiración, es esa entre Kadafi y Occidente para bajarle el ritmo, o aun suprimir, a la revuelta árabe. En la medida en que Kadafi logre hacerlo, estará enviando un mensaje a todos los otros déspotas amenazados de la región: el camino a seguir es la represión dura y no el otorgamiento de concesiones.

Esto es lo que ve la izquierda en el resto del mundo, aunque algunos gobiernos de izquierda en América Latina no lo vean. Como apunta Samir Amin en su análisis sobre el levantamiento egipcio, hay cuatro distintos componentes entre quienes protestan –los jóvenes, la izquierda radical, los demócratas de clase media y los islamitas. La izquierda radical está compuesta por los partidos de izquierda suprimidos y por los movimientos sindicalistas revitalizados. No hay duda de que hay una izquierda radical mucho más pequeña en Libia, y un ejército mucho más débil (a causa de la política deliberada de Kadafi). El resultado, por tanto, es muy incierto.

Reunidos los dirigentes de la Liga Árabe pueden condenar públicamente a Kadafi, pero muchos, tal vez la mayoría, pueden aplaudirlo en privado –y copiarlo.

Podría ser útil finalizar con dos piezas de testimonio procedentes de la izquierda mundial. Helena Sheeham, una activista marxista irlandesa, bien conocida en África por su trabajo de solidaridad con los movimientos más radicales, fue invitada por el régimen de Kadafi a dar un conferencia en la universidad y llegó cuando estallaba la revuelta. Las conferencias en la universidad se cancelaron y a fin de cuentas sus anfitriones simplemente la abandonaron, por lo que tuvo que buscar salir por sus propios medios. Escribió una bitácora diaria en la cual, el último día, el 8 de marzo, escribió: Cualquier ambivalencia acerca de ese régimen se fue, se fue, se fue. Es brutal, corrupto, engañoso, demencial.

Podemos ver también la declaración de Cosatu (Congress of South African Trade-Unions), la principal federación de sindicatos en Sudáfrica y vocera de la izquierda. Tras analizar los logros sociales del régimen libio, dijo: Sin embargo, Cosatu no acepta que estos logros sean de modo alguno una excusa para masacrar a aquellos que protestan contra la opresora dictadura del coronel Kadafi y reafirma su respaldo por la democracia y los derechos humanos en Libia y en todo el continente.

Mantengamos un ojo en el balón. La lucha clave en el mundo justo ahora es la segunda revuelta árabe. Será difícil obtener un resultado realmente radical en esta lucha. Kadafi es el principal obstáculo para la izquierda árabe, y para la izquierda mundial. Tal vez deberíamos recordar la máxima de Simone de Beauvoir: Querer ser libre implica querer que otros sean libres.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

La Jornada, México

La “Operación Libia” y la Batalla por el Petróleo: Nuevo trazado del mapa de África

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Parte II

Michel Chossudovsky, Global Research

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Véase Parte I: Insurrección e intervención militar en Libia

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ISRAEL-PALESTINA2Las implicaciones geopolíticas y económicas de una intervención militar dirigida por EEUU y la OTAN contra Libia pueden alcanzar gran magnitud.

Libia es una de las mayores economías petroleras del mundo y cuenta aproximadamente con el 3,5% de las reservas mundiales de petróleo, más de dos veces las de EEUU.

La “Operación Libia” forma parte de una agenda militar más amplia para Oriente Medio y Asia Central, que consiste en obtener el control y la propiedad corporativa de más del 60% de las reservas mundiales de petróleo y gas natural, incluyendo las rutas de oleoductos y gasoductos.

“Los países musulmanes, entre los que se encuentran Arabia Saudí, Iraq, Irán, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Yemen, Libia, Egipto, Nigeria, Argelia, Kazajstán, Azerbaiyán, Malasia, Indonesia, Brunei, poseen entre el 66,2% y el 75,9% del total de las reservas de petróleo, dependiendo de la fuente y metodología de la estimación.” (Véase Michel Chossudovsky, The ‘Demonization’ of Muslims and the Battle for Oil”, Global Research, 4 enero 2007; en español, traducido por Felisa Sastre en:

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=45361)

Con 46.500 millones de barriles de reservas probadas (diez veces las de Egipto), Libia es la mayor economía petrolera en el continente africano, seguida por Nigeria y Argelia (Oil and Gas Journal). En contraste, las probadas reservas petroleras de EEUU son del orden de los 20.600 millones de barriles (diciembre 2008), según Energy Information Administration: “U.S. Crude Oil, Natural Gas, and Natural Gas Liquids Proved Reserves”.

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NOTA:

Las estimaciones más recientes sitúan las reservas de petróleo de Libia en los 60.000 millones de barriles y sus reservas de gas en los 1.500 millones de metros cúbicos. Su producción está entre los 1,3 y 1,7 millones de barriles por día, bastante por debajo de su capacidad productiva. Su objetivo a largo plazo son 3 millones de barriles por día y una producción de gas de 2.600 millones de pies cúbicos al día, según las cifras de la National Oil Corporation (NOC).

La encuesta estadística (alternativa) sobre la energía efectuada por BP (2008) situaba las reservas probadas de petróleo de Libia a finales de 2007 en los 41.464 millones de barriles, lo que representa el 3,34% de las reservas mundiales probadas (Mbendi: Oil and Gas in Libya – Overview”).

El petróleo es el “trofeo” de las guerras emprendidas por EEUU y la OTAN

Una invasión de Libia bajo un mandato humanitario beneficiaría a los mismos intereses corporativos que la invasión y ocupación de Iraq de 2003. El objetivo subyacente es tomar posesión de las reservas de petróleo de Libia, desestabilizar la National Oil Corporation (NOC) y, finalmente, privatizar la industria petrolera del país, es decir, transferir el control y propiedad de la riqueza petrolera de Libia a manos extranjeras.

La NOC ocupa el puesto 25 entre las Grandes Compañías Petroleras del Mundo. (“The Energy Intelligence ranks NOC among the world’s Top 100 Companies”, Lybiaonline.com).

La planeada invasión de Libia, que está ya en marcha forma parte de la más amplia “Batalla por el Petróleo”. Cerca del 80% de las reservas de petróleo de Libia se sitúan en la cuenca del Golfo de Sirte al este de Libia. (Véase mapa más abajo).

Libia es un Premio de Economía. “La guerra es buena para hacer negocios”. El petróleo es el trofeo de las guerras que EEUU y la OTAN emprenden.

Wall Street, los gigantes petroleros anglo-estadounidenses, los productores de armas de la UE y EEUU serían los beneficiarios tácitos de una campaña militar de EEUU y la OTAN contra Libia.

El petróleo libio es un filón para las grandes del petróleo anglo-estadounidenses. Aunque el valor del crudo en el mercado supera en la actualidad los 100 dólares el barril, el coste del petróleo libio es extremadamente bajo, hasta 1 dólar USA el barril (según una estimación). Como un experto del mercado del petróleo comentó de forma un tanto críptica:

    “Con el crudo a 110 dólares en el mercado mundial, una operación sencilla de matemáticas muestra que Libia tiene un margen de beneficio de 109 dólares.” (Libya Oil, Libya Oil One Country’s $109 Profit on $110 Oil”, EnergyandCapital.com, 12 marzo 2008).

Intereses petroleros extranjeros en Libia

Entre las compañías petroleras extranjeras que operaban en Libia antes de la insurrección bia figuran la TOTAL francesa, la ENI italiana, la China National Petroleum Corp (CNPC), British Petroleum, el consorcio petrolero español REPSOL, ExxonMobil, Chevron, Occidental Petroleum, Hess, Conoco Phillips.

Es importante señalar que China juega un papel central en la industria del petróleo libia. La China National Petroleum Corp (CNPC) tenía, hasta el momento de la repatriación tras los últimos acontecimientos, una fuerza laboral en Libia de 30.000 chinos. Contrasta con la British Petroleum (BP), que tenía tan sólo 40 trabajadores, que fueron también repatriados.

El 11% de las exportaciones petroleras libias va a parar a China. Aunque no hay cifras sobre el tamaño y la importancia de las actividades de exploración y producción de la CNPC, hay indicadores de que son considerables.

En términos generales, Washington considera que la presencia de China en el Norte de África constituye una intrusión. Desde una posición geopolítica, China supone una invasión. La campaña militar contra Libia es también un intento de excluir a China del Norte de África.

También es importante el papel de Italia. ENI, el consorcio petrolero italiano saca 244.000 barriles de gas y petróleo, lo que representa casi el 25% del total de las exportaciones libias. (Sky News: “Foreign oil firms halt Libyan operations”, 23 febrero 2011).

Entre las compañías estadounidenses en Libia, Chevron y la Occidental Petroleum (Oxy) decidieron hace apenas seis meses (octubre 2010) no renovar sus licencias de exploración de gas y petróleo en Libia. (“Why are Chevron and Oxy leaving Libya?” Voice of Russia, 6 octubre 2010). En contraste, en noviembre de 2010, la compañía petrolera alemana R.W. DIA E firmó un acuerdo de gran alcance con la NOC libia que implicaba compartir la producción y exploración (AfricaNews-Libya: “German oil firm signs prospecting deal).

Los intereses financieros, así como el “botín de guerra”, son extremadamente altos. La operación militar responde a un intento de desmantelar las instituciones financieras de Libia, así como de confiscar miles de millones de dólares de los activos financieros libios depositados en bancos occidentales.

Habría que subrayar que las capacidades militares de Libia, incluido su sistema de defensa aérea, son débiles.

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Concesiones petroleras libias

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El nuevo mapa de África

Libia tiene las mayores reservas de petróleo en África. El objetivo de la interferencia de EEUU y la OTAN es estratégico: consiste en un saqueo total, en el robo de la riqueza petrolífera de la nación bajo el disfraz de una intervención humanitaria.

Esta operación militar es un intento de establecer la hegemonía estadounidense en el Norte de África, una región históricamente dominada por Francia y, en menor medida, por Italia y España.

Con respecto a Túnez, Marruecos y Argelia, el diseño de Washington busca debilitar los lazos políticos de estos países con Francia y presionar para instalar nuevos regímenes políticos que tengan una estrecha relación con EEUU. Este debilitamiento de Francia es parte del diseño imperial estadounidense. Es un proceso histórico que se remonta a las guerras en Indochina.

Redistribución colonial de Africa (1913)

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La intervención de EEUU y la OTAN buscando la eventual formación de un régimen-títere de EEUU es también un intento de excluir a China de la región arrebatándole el puesto que ocupa la China National Petroleum Corp. Los gigantes del petróleo anglo-estadounidense, entre los que estaría la British Petroleum, que firmó un contrato de exploración en 2007 con el gobierno de Gadafi, están entre los potenciales “beneficiarios” de la operación militar diseñada por EEUU y la OTAN.

En un sentido más amplio, lo que está en juego es el diseño de un nuevo mapa de África, otro proceso de redistribución neocolonial, el desguace de las demarcaciones de la Conferencia de Berlín de 1884: la conquista de África por EEUU en alianza con Gran Bretaña en una operación dirigida por EEUU y la OTAN.

Libia: La puerta estratégica sahariana al África Central

Libia tiene fronteras con varios países que están dentro de la esfera de influencia de Francia, entre ellos Argelia, Túnez, Níger y el Chad.

El Chad es potencialmente una economía rica en petróleo, ExxonMobil y Chevron tienen intereses en el Sur del Chad, incluido un proyecto para un oleoducto. El Sur del Chad es una puerta hacia la región de Darfur en Sudán, que también tiene valor estratégico como consecuencia de su riqueza petrolera.

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Fuente www.hobotraveler.com

China tiene intereses petrolíferos tanto en Chad como en Sudán. La China National Petroleum Corp firmó un acuerdo de largo alcance con el gobierno del Chad en 2007.

Níger es también un punto estratégico para EEUU en vista de sus amplias reservas de uranio. En el momento actual, Francia domina la industria de uranio en Níger a través del conglomerado nuclear francés Areva, anteriormente conocido como Corema. China participa también de la industria de uranio de Níger.

En sentido más general, la frontera sur de Libia resulta de interés estratégico para EEUU en su búsqueda para extender su esfera de influencia en el África francófona, un inmenso territorio que se extiende desde el Norte de África hasta el Centro y Oeste del continente. Históricamente, esta región formó parte de los imperios coloniales de Francia y Bélgica, cuyas fronteras se establecieron en la Conferencia de Berlín de 1884.

EEUU jugó un papel pasivo en la Conferencia de Berlín de 1884. Este nuevo reparto del continente africano del siglo XXI, basado en el control del petróleo, del gas natural y de minerales estratégicos (cobalto, uranio, cromo, manganeso, platino y uranio) es en gran medida consecuencia de los intereses corporativos dominantes anglo-estadounidenses.

La interferencia estadounidense en el Norte de África redefine la geopolítica de toda una región. Socava los intereses de China y eclipsa la influencia de la Unión Europea.

Este nuevo trazado de África no sólo debilita el papel de las antiguas potencias coloniales (incluidas Francia e Italia) en el Norte de África, sino que también forma parte de un proceso más amplio de desplazamiento y debilitamiento de Francia (y Bélgica) sobre una gran parte del continente africano.

EEUU ha instalado en gran parte del continente africano una serie de regímenes-títere en países que históricamente estuvieron en la esfera de influencia de Francia (y Bélgica), incluyendo la República del Congo y Ruanda. Está previsto que varios países del Oeste de África (entre ellos Costa de Marfil) se conviertan en estados por poderes de EEUU.

La Unión Europea depende fuertemente del flujo del petróleo libio. El 85% de ese petróleo se vende a países europeos. En el caso de una guerra con Libia, el suministro de petróleo a Europa Occidental podría verse interrumpido, afectando en gran medida a Italia, Francia y Alemania. El 30% del petróleo de Italia y el 10% de su gas se importan de Libia. El gas libio discurre a través del gasoducto Greenstream que atraviesa el Mediterráneo.

Greenstream: el gasoducto que une Libia con Italia

Las implicaciones de esas potenciales interrupciones pueden ser de largo alcance. También repercutirán directamente en la relación entre Estados Unidos y la Unión Europea.

Comentarios finales

Los medios de comunicación dominantes, mediante una desinformación masiva, están siendo cómplices al justificar una agenda militar que, si llega a ponerse en marcha, tendría devastadoras consecuencias no sólo para el pueblo libio: los impactos sociales y económicos se dejarían sentir en el mundo entero.

Por el momento hay tres escenarios de guerra distintos en la amplia región que conforman Oriente Medio y Asia Central: Palestina, Afganistán e Iraq. En el caso de un ataque contra Libia, se abriría un cuarto escenario en el Norte de África, con riesgo de una escalada militar.

La opinión pública debe tener conocimiento de la agenda oculta tras esta supuesta intervención humanitaria, anunciada como “Guerra Justa” por los jefes de estado y los jefes de gobierno de países de la OTAN. La teoría de la Guerra Justa tanto en su versión clásica como contemporánea defiende la guerra como “operación humanitaria”. Llama a la intervención militar a partir de supuestos morales y éticos contra “estados canallas” y “terroristas islámicos”. La teoría de la Guerra Justa se utilizar para satanizar al régimen de Gadafi a la vez que proporciona un mandato humanitario a la intervención militar de EEUU y la OTAN.

Los jefes de estado y de gobierno de los países de la OTAN son los arquitectos de la guerra y destrucción en Iraq y Afganistán. A través de una lógica tremendamente tortuosa, se les aclama como las voces de la razón, como los representantes de la “comunidad internacional”.

Las realidades se trastocan. Unos criminales de guerra, indiscutibles guardianes de la teoría de la Guerra Justa, lanzan una intervención humanitaria desde sus altos puestos de poder.

Abu Ghraib, Guantánamo… Las víctimas civiles en Pakistán como consecuencia de los ataques con aviones no tripulados sobre pueblos y ciudades ordenados por el presidente Obama no son precisamente noticias que aparezcan en primera plana, ni tampoco los dos millones de civiles muertos en Iraq.

No existe eso de la “Guerra Justa”. Hay que comprender la historia del imperialismo estadounidense. El Informe del 2000 del Proyecto del New American Century (PNAC) se titulaba “Rebuilding America’s Defenses” y pedía la puesta en marcha de una guerra larga, una guerra de conquista. Uno de los principales componentes de esa agenda militar es el siguiente: “Combatir para ganar contundentemente en múltiples y simultáneos escenarios bélicos”.

La “Operación Libia” es parte de ese proceso. Es otro de los escenarios en la lógica del Pentágono de “escenarios de guerra simultáneos”.

El documento del PNAC refleja fielmente la evolución de la doctrina bélica estadounidense desde 2001. EEUU tiene planeado implicarse simultáneamente en varios escenarios bélicos en diferentes regiones del mundo.

Si bien proteger a EEUU sigue siendo un objetivo de la “Seguridad Nacional” de los EEUU, el informe del PNAC explica detalladamente por qué son necesarios todos esos escenarios múltiples de guerra. Y en el mismo no se menciona siquiera la justificación humanitaria.

¿Cuál es el objetivo de la hoja de ruta del ejército de EEUU?

Atacarán Libia porque es uno de los varios países que se mantiene fuera de la órbita de influencia de EEUU y que no se ha avenido a las demandas estadounidenses. Libia es un país que ha sido seleccionado para integrar una “hoja de ruta” bélica que consiste en “múltiples y simultáneos escenarios de guerra”. En palabras del ex Comandante en Jefe de la OTAN General Wesley Clark:

    “En noviembre de 2001, en el Pentágono, uno de los oficiales de alto rango del estado mayor del ejército tuvo tiempo para charlar. ‘Sí, todavía seguimos con los planes contra Iraq’, dijo. Pero había más. ‘Eso se discutió como parte de una campaña para cinco años’, dijo, y había ‘un total de siete países en la agenda: se empezaría con Iraq, después Siria, Líbano, Libia, Irán, Somalia y Sudán’…” (Wesley Clark, “Winning Modern Wars”, página 130).

Fuente: http://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=23605

Written by Eduardo Aquevedo

15 marzo, 2011 at 22:00

El colapso del viejo orden petrolero…

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Cómo terminará la era del petróleo
Tom Dispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Introducción del editor de TomDispatch

La media del precio de la gasolina en el surtidor actualmente es de 3,65 dólares por galón en California y ya ha llegado a 4 dólares en San Francisco y Chicago. En todo el país cuesta 3,38 dólares, un aumento de 20 centavos en la última semana (seis centavos sólo el viernes pasado). Mientras tanto, en sus declaraciones ante el Comité Bancario del Senado el martes, el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, habló con optimismo de la economía y negó que el aumento del precio del petróleo impulsado por la agitación en Medio Oriente pudiera tener ninguna repercusión. «El resultado más probable —dijo— es que el reciente aumento en los precios de las materias primas lleve, en el peor de los casos, a un aumento temporal y relativamente modesto de la inflación de los precios para los consumidores estadounidenses».

Por supuesto, damos por sentado que nadie que circule con su coche dentro de la carretera de circunvalación de Washington tiene que llenar el depósito de gasolina. Para ellos, el dolor en la gasolinera puede ser «temporal y relativamente modesto», pero vaya a decírselo al 9% de estadounidenses desocupados (según las estadísticas oficiales) que todavía tienen que conducir un coche, en lo que a Bernanke y a cualquier otro que no esté sufriendo les parece que no es una recesión. En 1940, el último año de la Gran Depresión, la tasa de desempleo fue 14,6%, y en esos días todavía no habían dejado de contar a los que estaban demasiado desalentados como para buscar trabajo. En ese sentido, considera lo que está sucediendo en los surtidores como algo equivalente al asesinato del sustento y ahora imagina que, al llegar el verano (si no mucho antes), el precio de un galón de gasolina a nivel nacional podría, como antes de la catástrofe económica global de 2008, acercarse a la marca de los 4 dólares por galón, y tal vez seguir aumentando.

Después de todo, los temores por el oro líquido, como lo dijo recientemente la página de negocios del New York Times, «han puesto nervioso al mundo del petróleo», y ya se oyen los primeros murmullos que temen una próxima «crisis del petróleo» o incluso que el surtidor marque los 5 dólares. Y con razones. El suministro de petróleo de Medio Oriente es ahora mucho más vulnerable ante todo tipo de trastornos, incluido el sabotaje, de que lo que mucha gente piensa. Como escribió recientemente Juan Cole: «Los trabajadores en el Golfo [Pérsico] descontentos con sus vidas, a diferencia de los maestros de escuela de Wisconsin, pueden desestabilizar la economía si así lo deciden». Y hay que recordar que es sólo el punto de vista a corto plazo. Si se trata de un experto en energía como Michael Clare, colaborador regular de TomDispatch, autor de Rising Powers, Shrinking Planet, perpetuamente adelantado a los acontecimientos cuando se trata de un futuro de recursos limitados, sabremos que es solo el comienzo del fin de la era del petróleo y parte de nuestro duro ingreso a un mundo de energía extrema. Tom

El colapso del viejo orden petrolero

Cómo terminará la era del petróleo

Michael T. Klare 

Sea cual sea el resultado de las protestas, levantamientos, y rebeliones que ahora afectan a Medio Oriente, una cosa es segura: el mundo del petróleo cambiará para siempre. Hay que considerar todo lo que está sucediendo sólo como el primer temblor de un terremoto que estremecerá hasta la médula a nuestro mundo.

Durante un siglo, a partir del descubrimiento de petróleo en el sudoeste de Persia, antes de la Primera Guerra Mundial, las potencias occidentales han intervenido repetidamente en Medio Oriente para asegurar la supervivencia de gobiernos autoritarios dedicados a producir petróleo. Sin semejantes intervenciones, la expansión de las economías occidentales después de la Segunda Guerra Mundial y la actual opulencia de las sociedades industriales serían inconcebibles.

Esa, sin embargo, sería la noticia que debiera estar en las primeras planas de los periódicos por doquier: El viejo orden petrolero se muere y, con su defunción, veremos el fin del petróleo barato y fácilmente accesible; para siempre.

El fin de la era del petróleo 

Tratemos de apreciar lo que exactamente está en peligro en el tumulto actual. Para comenzar, casi no hay modo de hacerle honor al papel crítico jugado por el petróleo de Medio Oriente en la ecuación energética del mundo. Aunque el carbón barato alimentó la Revolución Industrial original, alimentando los ferrocarriles, los barcos a vapor, y las fábricas, el petróleo barato ha posibilitado el automóvil, la industria de la aviación, los barrios residenciales, la agricultura mecanizada, y la explosión de la globalización económica. Y mientras fueron sólo un puñado de áreas clave en la producción de petróleo las que lanzaron la Era del Petróleo (EE.UU., México, Venezuela, Rumania, el área alrededor de Bakú, en lo que era entonces el imperio zarista ruso, y las Indias Orientales Neerlandesas), es el Medio Oriente el que ha satisfecho la sed de petróleo del mundo desde la Segunda Guerra Mundial.

En 2009, el año más reciente para el que existe ese tipo de datos, BP informó que los proveedores en Medio Oriente y el Norte de África produjeron en total 29 millones de barriles al día, o sea, un 36% del suministro total de petróleo del mundo. Esta información no nos da ni la más remota idea de la importancia de la región para la economía petrolera. Más que ninguna otra área, Medio Oriente ha canalizado su producción hacia mercados de exportación para satisfacer el hambre de energía de potencias importadoras de petróleo como EE.UU., China, Japón, y la Unión Europea (UE). Estamos hablando de 20 millones de barriles canalizados cada día a los mercados de exportación. Comparemos eso con Rusia, el mayor productor individual del mundo, con siete millones de barriles en petróleo exportable, el continente africano con seis millones, y Suramérica con sólo un millón.

Lo que pasa es que los productores de Medio Oriente serán aún más importantes en los años por venir porque poseen lo que se calcula en dos tercios de las reservas no explotadas del petróleo restante. Según las recientes estimaciones del Departamento de Energía de EE.UU., Medio Oriente y el Norte de África proveerán en su conjunto aproximadamente un 43% del suministro mundial de crudo de petróleo en 2035 (un aumento, en comparación con un 37% en 2007), y producirán una parte aún mayor del petróleo exportable del mundo.

Dicho en pocas palabras: la economía mundial requiere de un creciente suministro de petróleo asequible. Sólo Medio Oriente puede proveerlo. Por eso, los gobiernos occidentales han apoyado durante mucho tiempo regímenes autoritarios «estables» en toda la región, suministrando y entrenando regularmente a sus fuerzas de seguridad. Ahora, ese orden embrutecedor y petrificado, cuyo mayor éxito fue producir petróleo para la economía mundial, se está desintegrando. No hay que contar con ningún nuevo orden (o desorden) que suministre suficiente petróleo barato para preservar la Era del Petróleo.

Para apreciar por qué será así, conviene presentar una pequeña lección de historia.

El golpe iraní 

Después de que la Compañía Anglo-Persa de Petróleo (APOC) descubriera petróleo en Irán (conocido entonces como Persia) en 1908, el gobierno británico intentó ejercer su control imperial sobre el Estado persa. El creador principal de ese impulso fue el Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill. Después de ordenar la conversión de los barcos de guerra británicos de carbón a petróleo antes de la Primera Guerra Mundial y determinado a colocar una importante fuente de petróleo bajo el control de Londres, Churchill orquestó la nacionalización de APOC en 1914. En la víspera de la Segunda Guerra Mundial, el entonces primer ministro Churchill supervisó la remoción del gobernante pro alemán de Persia, Shah Reza Pahlavi, y el predominio de su hijo de 21 años, Mohamed Reza Pahlavi.

Aunque tendía a ensalzar sus (míticos) vínculos con los imperios persas del pasado, Mohamed Reza Pahlavi fue un instrumento al servicio de los británicos. Sus súbditos, sin embargo, se mostraron cada vez menos dispuestos a tolerar el servilismo ante los déspotas imperiales de Londres. En 1951, el democráticamente elegido primer ministro Mohamed Mossadeq obtuvo el apoyo parlamentario para la nacionalización de la APOC, rebautizada para entonces como Compañía Petrolera Anglo-Iraní (AIOC). La acción fue extremadamente popular en Irán, pero en Londres provocó el pánico. En 1953, para salvar su gran presea, los dirigentes británicos conspiraron infamemente con el gobierno del presidente Dwight Eisenhower y la CIA para organizar un golpe de Estado que depuso a Mossadeq y trajo al Shah Pahlavi de vuelta de su exilio en Roma, una historia relatada recientemente con mucho estilo por Stephen Kinzer en All the Shah’s Men.

Hasta que fue derrocado en 1979, el Shah ejerció un control implacable y dictatorial sobre la sociedad iraní, gracias en parte a la generosa ayuda militar y policial de EE.UU. Primero aplastó a la izquierda secular, aliada de Mossadeq, y luego a la oposición religiosa, encabezada desde el exilio por Ayatolá Ruhollah Jomeini. Frente a su brutal contacto con el equipamiento policial y carcelario suministrado por EE.UU., los oponentes del shah llegaron a detestar en la misma medida a su monarquía y a Washington. En 1979, por cierto, el pueblo iraní salió a las calles, el shah fue derrocado y Ayatolá Jomeini llegó al poder.

Se puede aprender mucho de esos eventos que llevaron al actual impasse en las relaciones entre EE.UU. e Irán. El punto crucial que hay que comprender, sin embargo, es que la producción de petróleo iraní nunca se recuperó de la revolución de 1979-1980.

Entre 1973 y 1979, Irán había logrado una producción de casi seis millones de barriles de petróleo por día, una de las mayores del mundo. Después de la revolución, AIOC (rebautizada como British Petroleum, o después simplemente BP) fue nacionalizada por segunda vez, y los gerentes iraníes volvieron a hacerse cargo de las operaciones de la compañía. Para castigar a los nuevos dirigentes de Irán, Washington impuso duras sanciones comerciales, obstaculizando los esfuerzos de la compañía petrolera estatal de obtener tecnología y ayuda extranjera. La producción iraní cayó a dos millones de barriles por día e incluso dos décadas después, ha vuelto a sólo poco más de cuatro millones de barriles por día, a pesar de que el país posee las segundas de reservas por su tamaño de petróleo después de Arabia Saudí.

Los sueños del invasor 

Iraq siguió una trayectoria inquietantemente similar. Bajo Sadam Hussein, la Compañía de Petróleo de Iraq (IPC), estatal, produjo hasta 2,8 millones de barriles al día hasta 1991, cuando la Primera Guerra del Golfo con EE.UU. y las sanciones resultantes hicieron caer la producción a medio millón de barriles al día. Aunque en 2001 la producción había vuelto a subir a casi 2,5 millones de barriles al día, nunca volvió a llegar a los niveles anteriores. Mientras el Pentágono se preparaba para la invasión de Iraq a fines de 2002, los círculos informados del gobierno de Bush y los expatriados iraquíes bien conectados hablaban como en sueños de una futura era dorada en la cual las compañías petroleras extranjeras volverían a ser invitadas al país, la compañía petrolera nacional sería privatizada, y la producción llegaría a niveles nunca vistos anteriormente.

¿Quién puede olvidar el esfuerzo que el gobierno de Bush y sus funcionarios en Bagdad invirtieron en la realización de su sueño? Después de todo, los primeros soldados estadounidenses en llegar a la capital protegieron el edificio del Ministro del Petróleo, incluso mientras soltaban a saqueadores iraquíes en el resto de la ciudad. L. Paul Bremer III, el procónsul elegido posteriormente por el presidente Bush para supervisar el establecimiento de un nuevo Iraq, llevó a un equipo de ejecutivos petroleros estadounidenses para supervisar la privatización de la industria petrolera del país, mientras el Departamento de Energía de EE.UU. predecía con confianza en mayo de 2003 que la producción iraquí aumentaría a 3,4 millones de barriles por día en 2005, 4,1 millones de barriles en 2010, y 5,6 millones en 2020.

Nada de esto sucedió, claro está. Para muchos iraquíes de a pie, la decisión de EE.UU. de dirigirse de inmediato al edificio del Ministerio del Petróleo fue un momento decisivo, un instante que transformó en cólera y hostilidad el posible apoyo para el derrocamiento de un tirano. El impulso de Bremer por privatizar la compañía petrolera estatal produjo, de la misma manera, una encarnizada reacción nacionalista entre los ingenieros iraquíes del petróleo, quienes esencialmente torpedearon el plan. En seguida, estalló la insurgencia suní hecha y derecha. La producción de petróleo bajó rápidamente, llegando a un promedio de tan sólo 2 millones de barriles por día entre 2003 y 2009. En 2009, finalmente volvió a la marca de 2,5 millones de barriles, lejos de esos soñados 4,1 millones.

Es fácil llegar a una conclusión: los esfuerzos de extraños por controlar el orden político en Medio Oriente para obtener una mayor producción de petróleo generarán inevitablemente presiones contrapuestas que resultarán en una disminución de la producción. EE.UU. y otras potencias que observan los levantamientos, rebeliones, y protestas que estallan en Medio Oriente deberían ciertamente tener cuidado: sean cuales sean sus deseos políticos o religiosos, las poblaciones locales siempre llegan a albergar una hostilidad feroz y apasionada a la dominación extranjera y, a la hora de la verdad, elegirán la independencia y la posibilidad de libertad antes que el aumento de la producción de petróleo.

Puede que las experiencias de Irán e Iraq no sean comparables en el sentido usual con las de Argelia, Bahréin, Egipto, Iraq, Jordania, Libia, Omán, Marruecos, Arabia Saudí, Sudán, Túnez, y Yemen. Sin embargo, todos ellos (y otros países que probablemente se sumarán al tumulto) exhiben algunos elementos del mismo molde político autoritario y todos están conectados con el viejo orden petrolero. Argelia, Egipto, Iraq, Libia, Omán, y Sudán son productores de petróleo. Egipto y Jordania protegen oleoductos vitales y, en el caso de Egipto, un canal esencial para el transporte de petróleo; Bahréin y Yemen, así como Omán, ocupan puntos estratégicos a lo largo de las principales vías marítimas del petróleo. Todos han recibido una ayuda militar estadounidense sustancial y/o albergado importantes bases militares de EE.UU. Y, en todos estos países, el grito es el mismo: «El pueblo quiere la caída del régimen».

Dos de esos regímenes ya han caído, tres se tambalean, y otros están en peligro. El impacto sobre los precios globales del petróleo ha sido rápido y despiadado: el 24 de febrero, el precio de entrega de crudo North Brent, un parámetro de la industria, casi llegó a 115 dólares el barril, el mayor desde la catástrofe económica global de octubre de 2008. El West Texas Intermediate, otra constante del crudo, cruzó amenazadoramente el umbral de los 100 dólares.

Por qué los saudíes son esenciales 

Hasta ahora, el productor más importante de Medio Oriente, Arabia Saudí, no ha mostrado señales obvias de vulnerabilidad, o los precios se hubieran disparado aún más. Sin embargo, la casa real del vecino Bahréin ya está en apuros; decenas de miles de manifestantes (más de un 20% de su población de medio millón) han salido repetidamente a las calles, a pesar de la amenaza de que se abriera fuego con munición de guerra, en un movimiento por la abolición del gobierno autocrático del rey Hamad ibn Isa al-Khalifa, y su reemplazo por un régimen genuinamente democrático.

Esos eventos son especialmente preocupantes para la dirigencia saudí, ya que el ímpetu por el cambio en Bahréin es dirigido por la maltratada población chií del país contra la elite suní gobernante, atrincherada en el poder. Arabia Saudí también contiene una gran población chií, aunque no mayoritaria como en Bahréin, que también ha sufrido discriminación por parte de los gobernantes suníes. Hay ansiedad en Riad ante la posibilidad de que la explosión en Bahréin pueda extenderse a la Provincia Oriental, rica en petróleo y la única área del reino en la cual los chiíes son mayoría, desafiando así al régimen. En parte para prevenir cualquier rebelión juvenil, el rey Abdullah, de 87 años, acaba de prometer 10.000 millones de dólares en subvenciones, como parte de un paquete de cambios de 36.000 millones, en ayudas al matrimonio de los jóvenes ciudadanos saudíes, para que obtengan casas y apartamentos.

Incluso si la rebelión no llega a Arabia Saudí, el viejo orden del petróleo de Medio Oriente no puede ser reconstruido. Es seguro que el resultado será una disminución a largo plazo en la disponibilidad futura de petróleo exportable.

Tres cuartos de los 1,7 millones de barriles de petróleo que Libia produce a diario desaparecieron rápidamente del mercado al propagarse la agitación en ese país. Gran parte puede permanecer desconectado y fuera del mercado hasta un futuro indefinido. Se espera que Egipto y Túnez restauren pronto la producción, modesta en ambos países, a niveles anteriores a la rebelión, pero es poco probable que adopten el modelo de grandes sociedades conjuntas con firmas extranjeras que podrían aumentar la producción mientras diluyen el control local. Iraq, cuya principal refinería de petróleo fue muy dañada por los insurgentes sólo la semana pasada, e Irán, no dan señales de ser capaces de aumentar significativamente la producción en los años por venir.

El protagonista crítico es Arabia Saudí, que acaba de aumentar la producción para compensar las pérdidas libias en el mercado global. Pero no hay que esperar que ese modelo se mantenga eternamente. Suponiendo que la familia real sobreviva la actual vuelta de levantamientos, indudablemente tendrá que desviar una mayor parte de su producción diaria de petróleo para satisfacer los crecientes niveles de consumo interno y alimentar a las industrias petroquímicas locales, que pueden suministrar puestos de trabajo mejor remunerados a una población intranquila y en rápido crecimiento.

Entre 2005 y 2009, los saudíes usaron cerca de 2,3 millones de barriles al día, dejando cerca de 8,3 millones de barriles para la exportación. Sólo si Arabia Saudí sigue suministrando por lo menos tanto petróleo a los mercados mundiales, el mundo podrá llegar a satisfacer las necesidades mínimas de petróleo previstas. No es probable que así sea. Los miembros de la familia real saudí se han mostrado renuentes a aumentar la producción sobre los 10 millones de barriles al día, por temor a dañar sus yacimientos restantes y a causar baja en los futuros ingresos de sus numerosos descendientes. Al mismo tiempo, se espera que el aumento en la demanda interior consuma una parte cada vez mayor de la producción neta de Arabia Saudí. En abril de 2010, el director ejecutivo de Saudi Aramco, de propiedad estatal, Khalid al-Falih, predijo que el consumo interno podría llegar al asombroso nivel de 8,3 millones de barriles diarios en 2028, dejando sólo unos pocos millones de barriles disponibles para la exportación, con lo que se asegura que, si el mundo no puede cambiar a otras fuentes de energía, habrá una escasez extrema de petróleo.

En otras palabras, si se traza una trayectoria razonable de los actuales eventos en Medio Oriente, ya se ve lo que se avecina. Ya que ninguna otra área es capaz de reemplazar al Medio Oriente como el principal exportador de petróleo del mundo, la economía petrolera se debilitará y con ella, la economía global en su conjunto.

Hay que considerar el reciente aumento en el precio del petróleo como sólo un débil y temprano temblor que anuncia el terremoto petrolero que tendrá lugar. El petróleo no desaparecerá de los mercados mundiales, pero en las próximas décadas no volverá a llegar a los volúmenes necesarios para satisfacer la demanda mundial proyectada, lo que significa que, más temprano que tarde, la escasez se convertirá en la condición dominante en el mercado. Sólo el rápido desarrollo de fuentes alternativas de energía y una dramática reducción del consumo de petróleo salvarán al mundo de las peores repercusiones económicas.

…………

Michael T. Klare es profesor de estudios de Paz y Seguridad Mundial en el Hampshire College. Su último libro es Rising Powers, Shrinking Planet: The New Geopolitics of Energy (Metropolitan Books). 

Copyright 2011 Michael T. Klare

Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/175362/

Rebelion.org

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Written by Eduardo Aquevedo

13 marzo, 2011 at 18:44

La revuelta árabe remodela el orden mundial…

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M K Bhadrakumar, Asia Times Online
 

India, Brasil y Sudáfrica han fastidiado los planes de EE.UU., que hasta el martes parecían moverse inexorablemente hacia la imposición de una zona de exclusión aérea sobre Libia.

Presumiblemente EE.UU. todavía puede imponer dicha zona, pero entonces el presidente Obama tendrá que beber del cáliz envenenado y resucitar la controvertida doctrina de su predecesor del “unilateralismo” y de la “coalición de los dispuestos” posterior a la Guerra Fría. Si lo hace, a Obama no le quedará ningún sitio donde ocultarse y habrá fracasado en todo lo que ha hecho en su presidencia para neutralizar la imagen de “matón” de EE.UU.

Nueva Delhi auspició el martes una reunión a nivel de ministros de exteriores con Brasil y Sudáfrica, que debía haber sido una ocasión inocua para alguna cooperación retórica “Sur-Sur”. Al contrario, el evento llegó al terreno de un orden mundial atribulado y de un tambaleante sistema internacional contemporáneo. La reunión adoptó una clara posición negativa ante la creciente intención occidental de imponer una zona de exclusión aérea sobre Libia.

Todo indica que EE.UU. y sus aliados, que ayudan política, militar y financieramente a los rebeldes libios, esperaban conseguir un “pedido del pueblo libio” en un día o dos en el peor de los casos como una tapadera parra para solicitar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas un mandato para imponer sanciones bajo los auspicios de la OTAN. Los rebeldes libios son un grupo dividido: elementos nacionalistas se oponen acérrimamente a una intervención extranjera y los islamistas por su parte se oponen a cualquier intervención occidental.

“Unilateralismo”, la única opción sobre la mesa

Los ministros de defensa de la OTAN celebaron una reunión en Bruselas el martes para estudiar una posible intervención de la alianza en Libia. La asistencia a la reunión del secretario de defensa de EE.UU., Robert Gates, indica la importancia otorgada a la preparación de la eventual intervención de la alianza en Libia. Gates no participó en una reunión informal anterior de los ministros de defensa de la OTAN sobre Libia que se celebró cerca de Budapest hace una quincena.

La diplomacia de EE.UU. y Gran Bretaña actuó por una pista paralela llamando a una posición unificada de los rebeldes libios para buscar una intervención internacional en su país y específicamente en la forma de una zona de exclusión aérea. La Liga Árabe y la Unión Africana también mantienen una posición ambigua con respecto a ese tipo de zona.

El cálculo de Obama es que si se pudiera conseguir un “pedido del pueblo” libio, él y Occidente serían absueltos en términos históricos de la culpa de invadir a un país soberano miembro de las Naciones Unidas –por lo menos, desde un punto de vista moral y político– y también impulsaría a la Liga Árabe y a la Unión Africana hacia esa iniciativa.

Como también es un conocido intelectual calculador, Obama es un político singular y se puede confiar en que tenga un agudo sentido de la historia. Su predecesor George W. Bush habría actuado con “audacia” en circunstancias semejantes, una expresión que se asocia irónicamente a Obama.

La cita de Obama con la historia ciertamente lo fastidia en su toma de decisiones sobre Libia. Robert Fisk, el conocido cronista de asuntos de Medio Oriente para el periódico Independent de Londres, escribió el lunes un sensacional despacho en el que dice que el gobierno de Obama ha pedido la ayuda del rey Abdullah de Arabia Saudí para transportar en secreto armas estadounidenses a los rebeldes libios en Bengasi, que serían pagadas por Riad a fin de que la Casa Blanca no tenga que rendir cuentas al Congreso de EE.UU. y para que no haya un rastro que lleve a Washington.

La depravación moral de la iniciativa –contratar los servicios de un autócrata para ampliar las fronteras de la democracia– subraya el deseo obsesivo de Obama de camuflar cualquier intervención unilateral en Libia "negándola" a cualquier precio.

Y ahora viene el golpe duro de la reunión de Delhi. Los tres ministros de exteriores que pertenecen al foro conocido por el simpático acrónimo IBSA (India-Brasil-Sudáfrica) frustraron los mejores planes de Obama al emitir un comunicado conjunto el martes en el cual “subrayaron que una zona de exclusión en el espacio aéreo libio o cualquier medida coercitiva fuera de las previstas en la Resolución 1970, sólo se pueden contemplar legítimamente en pleno cumplimiento con la Carta de la ONU y dentro del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas”.

El ministro de eEteriores brasileño, Antonio de Aguiar Patriota, dijo a los medios en Delhi que la declaración del bloque IBSA constituye una “idea importante” de lo que piensa el mundo no occidental. Dijo: “El recurso a una zona de exclusión aérea es expeditivo cuando es adoptado por un país, pero debilita el sistema de seguridad colectiva y provoca consecuencias indirectas perjudiciales para el objetivo que tratamos de lograr”. Patriota agregó:

“Es muy problemático intervenir militarmente en una situación de agitación interior. Cualquiera decisión de adoptar una intervención militar tiene que considerarse en el marco de la ONU y en estrecha coordinación con la Unión Africana y la Liga Árabe. Es muy importante mantenerse en contacto con ellos e identificarse con su percepción de la situación.”

Explicó que medidas como una zona de exclusión aérea podrían empeorar una mala situación mala al incentivar sentimientos antiestadounidenses y antioccidentales “que no han aparecido hasta ahora”.

De igual importancia fue el hecho de que el trío de ministros de exteriores también redactó una declaración conjunta sobre la situación general en Medio Oriente. Bautizada como “Declaración del bloque IBSA”, reiteró la esperanza de los tres países de que los cambios que estremecen al Medio Oriente y al Norte de África deben “seguir un camino pacífico” y expresó su confianza en una “salida positiva en armonía con las aspiraciones de la gente”.

Una parte altamente significativa de la declaración fue su reconocimiento desde el principio de que el problema palestino se encuentra en el centro mismo de la gran alienación de Medio Oriente y que los “recientes sucesos en la región pueden ofrecer una posibilidad para una paz exhaustiva… Este proceso debería incluir la solución del conflicto israelí-palestino… que llevará a una solución de dos Estados, con la creación de un Estado palestino soberano, independiente, unido y viable, que coexista pacíficamente junto a Israel, con fronteras seguras, previas a 1967, y con Jerusalén Este como su capital.”

El ‘P-5’ pierde brillo

Israel se enfurecerá ante la declaración. Aparte de eso, ¿les importa a Obama y a la OTAN si tres países de tres continentes alejados defienden una posición común sobre una zona de exclusión aérea? ¿Quiénes son esos países después de todo? Pero, sí importa. Dicho simplemente, sucede que los tres países también sirven actualmente como miembros no permanentes en el Consejo de Seguridad de la ONU y sucede que su posición tiene una gran visibilidad en el orden de importancia mundial con respecto a Libia.

Las indicaciones en Delhi son que por lo menos otro miembro no permanente del Consejo de Seguridad es un “compañero de ruta”, el Líbano. Es decir “la voz árabe” en el Consejo de Seguridad. En breve, lo que escuchamos es una voz colectiva afro-asiática, árabe y latinoamericana y no se puede ignorar fácilmente. Todavía más importante es que la posición del IBSA coloca apor lo menos a dos potencias con derecho a veto permanente dentro del Consejo de Seguridad frente a un difícil dilema.

Rusia afirma que su política exterior se opone al “unilateralismo” de EE.UU. y que se ajusta estrictamente a los cánones del derecho internacional y de la carta de la ONU. China insiste en que representa a los países en desarrollo. Ahora, la posición del IBSA prácticamente imposibilita que se llegue a algún acuerdo "faustiano" con EE.UU. y las potencias occidentales con respecto a Libia dentro del grupo aislado de las potencias con derecho a veto del Consejo de Seguridad, conocido comúnmente como P-5.

Por ello, la declaración conjunta del IBSA, de modo muy parecido a la iniciativa turca-brasileña sobre el problema nuclear de Irán, se burla virtualmente de la hipocresía moral del P-5 y de su modo de actuar secreto.

Irónicamente, Delhi adoptó el comunicado del IBSA incluso mientras el vicepresidente de EE.UU., Joseph Biden, volaba hacia Moscú para amplias discusiones sobre la futura trayectoria del reajuste entre su país y Rusia. Cualquier trueque estadounidense-ruso con respecto a Libia dentro del ámbito del reajuste aparecería ahora como un acto de oportunismo político falto de principios.

El predicamento chino no será menos difícil si recurre a la realpolitik. China será anfitriona de la cumbre del BRIC (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) en Pekín en abril. Tres de los BRIC provienen del IBSA. ¿Puede el BRIC permitirse un debilitamiento del comunicado conjunto del IBSA sobre Libia? ¿Puede China oponerse a la posición de tres destacados “países en desarrollo”?

En general, sin embargo, China podría dar un suspiro de alivio. La posición del IBSA podría disminuir la presión estadounidense sobre China y evitar que el tema de la zona de exclusión aérea en Libia se transforme en un tema bilateral chino-estadounidense. China cooperó en la resolución de la semana pasada del Consejo de Seguridad sobre Libia. Fue poco usual que China votara por una resolución con sabor a “intervención” en los asuntos internos de un país soberano.

Los comentaristas occidentales se mostraron eufóricos ante el cambio en la conducta china en la gran mesa de la política mundial y animaron a la dirigencia de Pekín a que finalmente se mostrara como una potencia mundial responsable dispuesta a trabajar con Occidente como “participante” en el sistema internacional, como hace Rusia.

Es evidente que se está intentado persuadir a China para que dé otro paso adelante y se deshaga de su otra línea roja con respecto a una zona de exclusión aérea. No hay ninguna señal de que China esté a punto de cruzar su línea roja sucumbiendo a los halagos. Pero, ahora bien, si China lo hiciera, quedaría expuesta a plena luz del día a la mirada de los países en desarrollo. Y a Pekín le resultará muy difícil encubrir semejante “pragmatismo” bajo el barniz de los principios. De alguna forma, por lo tanto, ha disminuido la presión sobre China en el tema de la zona de exclusión aérea.

India recupera su identidad

Surge un pensamiento interesante: ¿Está forzando India a actuar a China? Delhi ha tomado ciertamente nota de que la crisis libia dio a China una gran oportunidad para trabajar con EE.UU. en un espíritu cooperativo que tendría muchos efectos positivos para la relación general china-estadounidense. El tema de la zona de exclusión aérea habría sido un terreno en el cual China y EE.UU. podrían haber creado una alquimia enteramente nueva en su relación. Pekín sabe que la presidencia de Obama depende críticamente de cómo resuelva la crisis de Medio Oriente.

En todo caso, la acción de Delhi no se pude descartar como únicamente “centrada en China”. En términos geopolíticos, constituye una bofetada extremadamente visible en la cara de EE.UU. Y habrá que pagar un precio por la ira de Obama. Que Delhi esté dispuesta a pagar un precio semejante, -cuando hay tanto en juego en su intento de conseguir un sitio permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU– hace que la acción del IBSA sea altamente significativa. Por cierto ha pasado mucho tiempo antes de que Delhi haya decidido actuar y para que la consideren un frente importante de la política exterior estadounidense.

También es más que una coincidencia que la declaración apoye con vehemencia la causa palestina. India ha tomado el riesgo calculado de incurrir en el descontento de Israel y del lobby israelí en EE.UU. Además hay otras señales de que Delhi ha emprendido una revisión importante de sus políticas en Medio Oriente y el bloque IBSA es sólo un modelo de la reconsideración de esas políticas –y posiblemente ni siquiera la más trascendental para la geopolítica de la región.

Incluso cuando el IBSA adoptó su posición sobre Libia y la situación en Medio Oriente favoreciendo resueltamente el nacionalismo árabe, el Consejero Nacional de Seguridad de India, Shiv Shankar Menon, un responsable político clave de gran reputación como diplomático consumado, quien trabaja directamente con el primer ministro Manmohan Singh, estuvo involucrado en una conversación fascinante y significativa en otro sitio en Medio Oriente: con el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad.

Lejos de la vista de las cámaras de televisión, Menon entregó una carta de Manmohan a Ahmadineyad. Según la declaración emitida por la oficina de Ahmadineyad el dirigente iraní dijo a Menon:

“Irán e India son países independientes y jugarán papeles significativos en el desarrollo del futuro de los eventos internacionales… Las relaciones entre Irán e India son históricas y sustentables. Irán e India, debido a que se benefician de puntos de vista humanitarios hacia las relaciones internacionales, deberían tratar de desarrollar el futuro sistema mundial de manera que dominen la justicia y la amistad.

El mundo gobernante está llegando a su fin y está al borde del colapso. En las condiciones actuales, es muy importante cómo se desarrolle el futuro orden mundial y hay que tener cuidado de que aquellos que han impuesto el orden mundial opresor contra la humanidad no logren imponerlo de nuevo en un nuevo marco… Irán e India tendrán roles significativos en los futuros eventos en el mundo. Las culturas y orígenes de nuestras dos naciones son lo que el mundo necesita actualmente.”

Según las informaciones, Menon dijo a Ahmadineyad:

“Nueva Delhi está a favor del establecimiento de relaciones de gran amplitud con Irán, incluyendo vínculos estratégicos… muchas de las predicciones que usted [Ahmadineyad] hizo sobre los eventos políticos y económicos en el mundo se han vuelto realidad hoy en día y el orden mundial está pasando por alteraciones básicas, que han necesitado relaciones en permanente aumento entre Irán e India… Las relaciones entre la República Islámica de Irán y la República de India van más allá de las actuales relaciones políticas, y tienen sus raíces en sus culturas y civilizaciones y las dos naciones tienen grandes potenciales de mejoras en las relaciones bilaterales, regionales e internacionales.”

No hay nada que agregar. En suma, este tipo de intercambio político a alto nivel entre Irán e India era impensable hasta hace muy poco y destaca en qué medida ha cambiado Medio Oriente, el papel que juega Irán y las percepciones de Delhi y del modo de pensar indio al respecto.

Lo más importante es que la llegada de Menon a Teherán en la actual coyuntura tumultuosa en una importante misión política y diplomática que abre nuevos caminos para revitalizar el entendimiento estratégico entre India e Irán, y también subraya el creciente reconocimiento en la región de que la era de la dominación occidental en Medio Oriente está pasando inexorablemente a la historia y que el orden mundial no volverá a ser el mismo.

El embajador M. K. Bhadrakumar fue diplomático de carrera del Servicio Exterior de la India. Ejerció sus funciones en la extinta Unión Soviética, Corea del Sur, Sri Lanza, Alemania, Afganistán, Pakistán, Uzbekistán, Kuwait y Turquía

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Fuente: http://www.atimes.com/atimes/Middle_East/MC10Ak03.html

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Written by Eduardo Aquevedo

12 marzo, 2011 at 22:16

Publicado en GEOPOLITICA, MEDIO ORIENTE