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I. Wallerstein: Elecciones en Brasil y Estados Unidos…

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Elecciones en Brasil y Estados Unidos: resultados opuestos

Immanuel Wallerstein

imageEl 31 de octubre, el presidente Luiz Inacio Lula da Silva obtuvo una arrasadora victoria en las elecciones brasileñas. El 2 de noviembre, el presidente Barack Obama fue derrotado contundentemente en las elecciones estadunidenses. Lo curioso es que ninguno de ellos contendió en estas elecciones. En Brasil, Lula ya había cumplido sus dos periodos, el máximo permitido, y brindó su respaldo a Dilma Rousseff como su sucesora. En Estados Unidos, las elecciones de 2010 fueron comicios legislativos de mitad del periodo, no una elección presidencial.

Hay algunas similitudes sorprendentes entre los dos hombres y ambas situaciones políticas. Lula fue electo en 2002 como candidato de la esperanza y el cambio. Obama fue electo presidente en Estados Unidos en 2008 como candidato de la esperanza y el cambio.

Ambos hombres eran de fuera en términos de los procesos políticos tradicionales de sus países. Lula fue el primer presidente de extracción obrera y de poca educación formal. Obama fue el primer presidente afroestadunidense de su país.

En su campaña, ambos convocaron un respaldo popular de gran escala. En el caso de Lula, ésta no era su primera vez, sino su cuarto intento de llegar a la presidencia. Había sido líder sindical y dirigente de un partido obrero, el Partido dos Trabalhadores (PT). Obama había sido organizador comunitario y un senador con un récord de votos muy de la izquierda (liberal) en la legislatura. Ambos recibieron el apoyo de militantes de los movimientos sociales y le gustaron particularmente a los jóvenes votantes. Ambos enfatizaron las malas acciones de los previos presidentes de su país: Fernando Henrique Cardoso en el caso de Brasil y George W. Bush en el caso de Estados Unidos –y en ambos casos su elección fue vista como un repudio de las políticas del presidente previo.

En ninguno de los casos el presidente recién electo tenía un camino claro en la legislatura. En el caso brasileño, el sistema electoral condujo a una legislatura con múltiples partidos y el PT no tenía más de una cuarta parte de los escaños. En el caso estadunidense, las reglas del Senado permitían al partido de oposición bloquear o forzar concesiones importantes en cualquier legislación que el presidente de Estados Unidos quisiera promulgar. Ambos hombres sintieron que debían hacer compromisos políticos.

En ambos casos, el principal temor del presidente recién electo era que la ya muy difícil situación económica de sus países se volviera un desastre. Lula temía una inflación galopante y la estampida de inversionistas. Obama le tuvo miedo al colapso de los bancos y al desempleo rampante. El modo en que cada uno respondió a estos miedos fue recurrir a un enfoque económico relativamente conservador (neoliberal) y a la designación de gente relativamente conservadora en los puestos económicos clave de su administración.

Este enfoque neoliberal casi de inmediato desconcertó a gran parte de su base electoral. En cada caso, los dos hombres intentaron tranquilizar a sus simpatizantes situados más a la izquierda insistiendo en que este enfoque neoliberal era esencial pero transitorio y que, eventualmente, verían realizadas sus esperanzas de cambios más fundamentales.

Esto fue tomado con escepticismo creciente y disenso público por parte de estos simpatizantes, y en particular los principales intelectuales de izquierda y los dirigentes de los movimientos sociales. En el caso brasileño, algunos de ellos renunciaron públicamente al PT y dirigieron su respaldo a partidos más pequeños de izquierda. La respuesta de Lula y Obama fue señalar variados tipos de programas que ellos habían puesto en operación con el fin de mejorar el grueso de los segmentos más pobres de la población, como es el caso de la campaña contra el hambre en Brasil y la nueva legislación de salud en el caso de Estados Unidos. Los escépticos señalaron en cada caso los beneficios importantes que le habían traído a los segmentos más ricos de sus países.

Sin embargo, cuando las reales elecciones se llevaron a cabo, muchos de los escépticos de la izquierda regresaron al redil. En Brasil, un grupo de muy prominentes intelectuales de izquierda divulgaron una petición pública en favor de votar por Dilma Rousseff sobre la base de que su oponente le acarrearía desastres a Brasil. Una posición semejante fue asumida por el más importante movimiento social, el Movimiento dos Trabalhadores Sem Terra, que fuera abandonado malamente por Lula y que sin embargo pensó que las cosas estarían peor si Rousseff no era electa.

En el caso estadunidense, algunos intelectuales que habían apoyado la candidatura de Ralph Nader mediante un tercer partido en 2000, porque sintieron que no había diferencias significativa entre Al Gore y George W. Bush, públicamente renunciaron a esta postura y argumentaron por apoyar a los demócratas en las elecciones legislativas. Y así lo hicieron los dirigentes de los movimientos sociales –entre los afroestadunidenses, los latinos, los gays– pese a su desencanto público con el limitado cumplimiento de las promesas de Obama.

Todo esto parece notablemente semejante, y no obstante el resultado no pudo ser más diferente. Rousseff ganó con buen margen en Brasil y Obama, en sus propias palabras, recibió una paliza. ¿Por qué? No podría ser más claro. Hubo una enorme diferencia en las dos situaciones. La situación económica de Brasil ha mejorado marcadamente en los últimos años, y la situación económica estadunidense empeora marcadamente. No pudo haber demostración más clara de la tesis de Carville: Es la economía, estúpidos.

No fue el centrismo de Obama lo que explica por qué los votantes se tornaron contra él. Lula ha sido en cada pedacito un centrista en su política. No fue la falta de carisma de Obama. Parecía muy carismático en 2008. Lula fue popular porque las cosas parecían ir bien. Y Obama fue impopular porque las cosas parecían ir mal. No es que uno se haya vendido y el otro no. No fue cuestión de sus verdaderas convicciones políticas. Algunas veces la situación estructural general avasalla las capacidades de los políticos talentosos para hacer algo al respecto.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

Written by Eduardo Aquevedo

20 noviembre, 2010 at 14:29

N. Chomsky: las elecciones en EU, atroces y equivocadas…

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Noam Chomsky, La Jornada

CHOMSKY3Las elecciones intermedias de Estados Unidos registran un nivel de cólera, temor y desilusión en el país como nada que pueda recordar en mi existencia. Dado que los demócratas están en el poder, ellos reciben el impacto del rechazo en torno a nuestra situación socioeconómica y política actual.

Más de la mitad de los estadunidenses de la corriente principal, según una encuesta Rasmussen del mes pasado, dijeron ver favorablemente al movimiento del Tea Party –una muestra clara del espíritu de desencanto. Las quejas son legítimas. Durante más de 30 años, los ingresos reales de la mayoría de la población se han estancado o declinado en tanto que las horas de trabajo y la inseguridad han aumentado, junto con la deuda. La riqueza se ha acumulado, pero en muy pocos bolsillos, llevando a una desigualdad sin precedentes.

Estas consecuencias surgen principalmente de la financierización de la economía desde los años 70 y el correspondiente ahuecamiento de la producción. El proceso se ve alentado por la manía de desregularización favorecida por Wall Street y es apoyado por los economistas hipnotizados por los mitos del mercado eficiente.

La gente ve que los banqueros responsables en su mayor parte de la crisis financiera y que fueron rescatados de la bancarrota por el público ahora están disfrutando de utilidades sin precedentes y de enormes bonos. En tanto, el desempleo oficial permanece en más o menos 10 por ciento. La manufactura está en niveles de la Depresión; uno de cada seis carece de empleo, y es poco probable que los buenos trabajos regresen.

Con todo derecho, la gente quiere respuestas, y no las está recibiendo salvo por parte de voces que dicen cuentos que tienen alguna relevancia interna –si usted está dispuesto a suspender su incredulidad e ingresar a su mundo de irracionalidad y engaño.

Sin embargo, ridiculizar las argucias del Tea Party es un grave error. Es mucho más apropiado comprender qué hay detrás del atractivo popular del movimiento, y preguntarnos por qué gente justamente enojada está siendo movilizada por la extrema derecha y no por el tipo de activismo constructivo que surgió en la Depresión, como el CIO (Congreso de Organizaciones Industriales, en inglés).

Ahora los que simpatizan con el Tea Party están escuchando que toda institución, gobierno, corporación y las profesiones, está podrido, y que nada funciona.

Entre el desempleo y las ejecuciones hipotecarias, los demócratas no se pueden quejar acerca de las políticas que llevaron al desastre. El presidente Ronald Reagan y sus sucesores republicanos quizá hayan sido los peores culpables, pero las políticas empezaron con el presidente Jimmy Carter y se aceleraron con el presidente Bill Clinton. Durante las elecciones presidenciales, los principales electores de Barack Obama fueron las instituciones financieras, que han conquistado un dominio notable sobre la economía desde la generación pasada. Ese incorregible radical del siglo XVIII, Adam Smith, hablando de Inglaterra, dijo que los principales arquitectos del poder eran los dueños de la sociedad –en su día, los mercaderes y los fabricantes– y ellos se aseguraban de que la política gubernamental atendiera escrupulosamente a sus intereses, por más doloroso que resultara el impacto para el pueblo inglés; y peor aún, para las víctimas de la salvaje injusticia de los europeos en el extranjero.

Una versión moderna y más sofisticada de la máxima de Smith es la teoría de las inversiones de la política del economista Thomas Ferguson, que ve las elecciones como ocasiones en las que los grupos de inversores se unen con el fin de controlar el Estado, seleccionando a los arquitectos de políticas que servirán a sus intereses.

La teoría de Ferguson resulta excelente para predecir la política a lo largo de periodos prolongados. Eso no debería sorprender a nadie. Las concentraciones de poder económico naturalmente tienden a extender su influencia sobre cualquier proceso político. En Estados Unidos, esa dinámica tiende a ser extrema.

Puede decirse, sin embargo, que los grandes protagonistas corporativos tienen una defensa válida contra acusaciones de codicia e indiferencia por la salud de la sociedad. Su tarea es maximizar las utilidades y su porcentaje del mercado; de hecho, ésa es su obligación legal. Si no cumplen con ese mandato, serán remplazados por alguien que lo cumpla. También ignoran el riesgo sistémico: la probabilidad de que sus transacciones dañarán a la economía en general. Tales externalidades no son asunto suyo –no porque sean gente mala, sino por razones institucionales.

Cuando la burbuja revienta, los que han corrido riesgos pueden huir al refugio del Estado protector. Los rescates –una especie de póliza de seguro gubernamental– son algunos de los muchos incentivos perversos que magnifican las ineficiencias del mercado.

Hay un creciente reconocimiento de que nuestro sistema financiero está operando en un ciclo del juicio final, escribieron en enero los economistas Pete Boone y Simon Johnson en el Financial Times. “Cada vez que falla, dependemos de dinero laxo y políticas fiscales para rescatarlo. Esta respuesta enseña al sector financiero: corre grandes riesgos para ser pagado abundantemente, y no te preocupes por los costos –los cubrirán los contribuyentes” mediante rescates y otros instrumentos, y el sistema financiero “es así resucitado para apostar nuevamente– y fracasar de nuevo”.

La metáfora del juicio final también se aplica fuera del mundo financiero. El Instituto Estadunidense del Petróleo, respaldado por la Cámara de Comercio y otros cabildos empresariales, ha intensificado sus esfuerzos para persuadir al público de descartar sus preocupaciones acerca del calentamiento global antropogénico –con un éxito considerable, como lo indican las encuestas. Entre los candidatos congresionales republicanos en las elecciones de 2010, prácticamente todos rechazan el calentamiento global.

Los ejecutivos detrás de la propaganda saben que el calentamiento global es real, y que nuestras perspectivas son terribles. Pero el destino de la especie es una externalidad que los ejecutivos deben pasar por alto, en la medida que el sistema de mercados prevalece. Y el público no podrá correr al rescate cuando la peor de las posibilidades se presente.

Soy apenas lo suficientemente viejo para recordar esos estremecedores y ominosos días en que Alemania descendió de la decencia a la barbarie, para citar a Fritz Stern, el distinguido académico de la historia alemana. En un artículo en 2005, Stern indica que tiene en mente el futuro de Estados Unidos cuando revisa un proceso histórico en el que el resentimiento contra un mundo secular desencantado encontró su solución en un escape extático de sin razón.

El mundo es demasiado complejo para que la historia se repita, pero hay, no obstante, lecciones que debemos recordar al registrar las consecuencias de otro ciclo electoral. No habrá escasez de tareas para quienes intentan presentar una alternativa a la furia y la equivocación mal dirigidas, ayudar a los incontables afectados y encabezar el avance hacia un futuro mejor.

(El libro más reciente de Noam Chomsky es Hopes and Prospects. Chomsky es profesor emérito de Lingüística y Filosofía en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, en Cambridge, Mass.)

Written by Eduardo Aquevedo

8 noviembre, 2010 at 1:45

El ascenso de Brasil como potencia global…

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Sigue el ascenso de Brasil como potencia global

Raúl Zibechi

KLEEE1El triunfo de Dilma Rousseff zanjó el principal tema en disputa: si la quinta economía del mundo seguiría su marcha como uno de los líderes de los países emergentes, o sea, si mantendrá su autonomía relativa respecto de los centros mundiales de poder, o si esa marcha ascendente conocería una inflexión para acoplarse a las políticas hegemonistas de Estados Unidos. El triunfo de José Serra hubiera significado un cambio de rumbo en la segunda dirección, mientras la victoria de Rousseff confirma la vocación de potencia global hegemónica en Sudamérica trazado durante los ocho años de presidencia de Lula.

Serra había delatado durante la primera vuelta de la elección su voluntad de que Brasil tome distancia del Mercosur. En vista de que es el único país capaz de indicar el rumbo por el que debe transitar la región, un debilitamiento del énfasis en la integración regional habría sido un paso atrás en la construcción de la Unasur (Unión de Naciones Sudamericanas) y del Consejo de Defensa Sudamericano. Lo que hubiera abierto las puertas a una mayor injerencia de Washington de la mano de la OEA y, probablemente, generado mayores problemas a los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia.

La creciente autonomía de la región sudamericana respecto de Washington, que siempre consideró la región como su patio trasero, se habría frenado y quizá retrocedido al periodo previo a la aparición de los gobiernos progresistas a partir de 1999. Puede discutirse si la integración que promueve Brasil, con base en el libre mercado, profundiza las relaciones asimétricas entre países. O si, como consideran analistas, estamos ante una nueva y ampliada versión del subimperialismo brasileño que hace tres décadas analizó Ruy Mauro Marini. La existencia de estas tendencias negativas no debe opacar que el ascenso de Brasil como potencia global implica el debilitamiento del dominio estadunidense.

En la política doméstica los cambios fueron y serán mínimos. Hay cuatro elementos a considerar. El PT sale fortalecido al convertirse en la primera fuerza en votos y en representación parlamentaria (88 diputados y 14 senadores), por haber caído sus adversarios al nivel más bajo en mucho tiempo (el PSDB de Serra y Fernando Henrique Cardoso pasó de 99 diputados en 1999 a los 54 actuales y la derecha pura, DEM, cayó de 105 diputados de hace una década a los 43 que tendrá en el nuevo parlamento). La alianza de 10 partidos que tejió Lula tendrá una cómoda mayoría en ambas cámaras.

Los resultados indican que en los años recientes se produjo un realineamiento del electorado. Lula llegó a la presidencia con 46.4 por ciento en la primera vuelta de 2002 y 61 por ciento en la segunda. Fue relegido en 2006 con 48.6 por ciento en primera vuelta y 61 por ciento en la segunda. Ahora Dilma obtuvo 46.9 por ciento en la primera vuelta y algo más de 56 por ciento en la segunda. Porcentajes muy similares que indican que, más allá del trasiego de votos lulistas de la clase media a los más pobres, hay una estabilidad y fidelidad del electorado que no consiguen torcer los grandes medios. Este nuevo alineamiento electoral durará un largo periodo.

La tercera cuestión es que Lula consiguió lo que nunca había conseguido un político brasileño: llevar a la presidencia a la persona designada para sucederle. Ni los grandes estadistas que tuvo Brasil, como Getulio Vargas, consiguieron esa proeza. Mayor aún cuando Rousseff era hasta hace poco una persona casi desconocida que había sido ajena al PT durante la mayor parte de su vida política. Este triunfo de Lula lo convierte en la persona destinada a manejar los hilos del poder, también durante cierto tiempo.

La cuarta cuestión es la que refleja Bruno Lima Rocha en su excelente artículo Una crítica abajo y a la izquierda, y consiste en la debilidad de los movimientos sociales. Es preciso tener la firmeza y la madurez para asumir que hay gobiernos que mejoran la vida de las mayorías y no construyen proyectos de poder para que estas mismas mayorías sean dueñas de sus destinos, concluye Lima.

Por arriba, constata cómo durante ocho años Lula tejió una sólida alianza con sectores de la clase política más tradicional, como el ex presidente José Sarney y el ex ministro de Economía de la dictadura Delfim Netto, y con la gran banca, la industria automovilística, las trasnacionales brasileñas y las multinacionales de telecomunicaciones y del agronegocio. Por abajo, observa que los movimientos están menos organizados, movilizan menos, se milita menos, hay una distancia mayor entre dirigentes y bases, no tienen una entidad transversal que los coordine y hasta el propio MST pierde su capacidad de liderar la lucha popular.

En síntesis: se consolidó el poder de las clases dominantes mientras los proyectos de transformar la sociedad se han debilitado. El movimiento popular brasileño está mucho más confuso de lo que estaba en la segunda mitad de los años 90, en pleno auge del neoliberalismo y de la era de Cardoso, apunta Lima. No es un diagnóstico agradable de escuchar, pero siempre es necesario mirar la realidad de frente. Un buen ejemplo es considerar que hoy la reforma agraria, por la que se movilizó buena parte de la sociedad brasileña en los 80 y los 90, está más lejos que nunca, mientras el agronegocio avanza sin cesar.

Si Brasil es el país destinado a marcar tendencias en la región, la realidad de los movimientos no augura nada positivo en el corto plazo. Quizá haya que concluir que la potencia de los movimientos ha emigrado a otras latitudes, como Bolivia y Argentina. La reacción de reafirmación de los de abajo ante la muerte del ex presidente Néstor Kirchner es buena muestra de que el espíritu del levantamiento del 19 y 20 de diciembre de 2001 está vivo y seguirá marcando la vida política del país. Durante un buen tiempo.

LA JORNADA.MX

Written by Eduardo Aquevedo

7 noviembre, 2010 at 1:57

Paul Krugman: ahora republicanos buscarán hundir a Obama…

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Divididos, fracasamos

PAUL KRUGMAN 31/10/2010

OBAMA-OOO001Salvo que se produzca un vuelco enorme, los republicanos se harán con el control de al menos una cámara del Congreso de EE UU la semana que viene. ¿Hasta qué punto debería preocuparnos esa perspectiva?

      Los historiadores futuros recordarán las elecciones de 2010 como una catástrofe para EE UU

      Según algunos expertos, no mucho. Al fin y al cabo, la última vez que los republicanos controlaron el Congreso mientras un demócrata vivía en la Casa Blanca fue durante el periodo entre principios de 1995 y finales de 2000. Y la gente recuerda ese periodo como una buena época, una era de rápida creación de empleo y presupuestos responsables. ¿Podemos esperar una experiencia similar ahora?

      No, no podemos. Esta va a ser terrible. De hecho, los historiadores futuros probablemente recordarán las elecciones de 2010 como una catástrofe para EE UU, una que condenó al país a años de caos político y debilidad económica.

      Empecemos por la política. A finales de los años noventa, los republicanos y los demócratas eran capaces de trabajar juntos en algunos temas. Y, por lo visto, el presidente Obama cree que ahora puede volver a pasar lo mismo. En una reciente entrevista con National Journal hablaba con un tono conciliador y decía que los demócratas debían tener un "sentido de la humildad apropiado" y que él "dedicará más tiempo a crear un consenso". Buena suerte con ello.

      Después de todo, esa época de cooperación parcial durante los años noventa solo llegó después de que los republicanos hubiesen intentado el enfrentamiento general y, de hecho, paralizasen el funcionamiento del Gobierno federal en un intento de obligar al presidente Bill Clinton a ceder ante sus exigencias de efectuar grandes recortes en Medicare, la institución pública que proporciona asistencia médica a las personas mayores.

      Pero el bloqueo gubernamental terminó perjudicando políticamente a los republicanos, y algunos observadores parecen dar por hecho que los recuerdos de esa experiencia disuadirán al Partido Republicano de mostrarse demasiado agresivo esta vez. Pero la lección que los republicanos de hoy parecen haber aprendido de 1995 no es que fueran demasiado agresivos, sino que no fueron lo bastante agresivos.

      Otra entrevista reciente de National Journal, esta vez con Mitch McConnell, líder de la minoría en el Senado, ha llamado mucho la atención gracias a una cita que ha copado los titulares: "El objetivo concreto más importante que queremos lograr es que el presidente Obama sea un presidente de una sola legislatura".

      Si leen la entrevista completa, lo que McConnell dice es que en 1995 los republicanos cometieron el error de centrarse demasiado en su programa político y no lo bastante en destruir al presidente: "Pecamos de arrogancia hasta cierto punto y nos comportamos como si el presidente fuese irrelevante y fuésemos a pasar por encima de él. En el verano de 1995, él ya iba camino de ser reelegido, mientras que nosotros nos aferrábamos a lo que podíamos como si la vida nos fuese en ello". Así que esta vez, venía a decir, van a centrarse en hundir a Obama.

      Es cierto que McConnell dijo que a lo mejor estaría dispuesto a trabajar con Obama en determinadas circunstancias (es decir, si el presidente está dispuesto a dar un "salto mortal clintoniano hacia atrás", adoptando posturas que encontrarían más respaldo entre los republicanos que en su propio partido). Por supuesto, esto reduciría realmente las posibilidades de reelección de Obama (pero de eso se trata).

      Podríamos añadir que en caso de que algunos republicanos del Congreso llegaran a plantearse la posibilidad de comportarse como estadistas y de un modo bipartidista, seguramente se lo pensarían dos veces después de mirar de reojo a los tipos del Tea Party, que se les echarán encima si muestran el más mínimo indicio de ser razonables. El papel del Tea Party es una razón por la que los observadores inteligentes esperan otro bloqueo gubernamental, probablemente la próxima primavera sin ir más lejos.

      Más allá de la política, la diferencia crucial entre los años noventa y el momento actual es la situación económica. Cuando los republicanos se hicieron con el control del Congreso en 1994, la economía estadounidense tenía unas bases sólidas. La deuda de las familias era mucho menor que la actual. La inversión empresarial estaba en auge, en gran parte gracias a las nuevas oportunidades generadas por las tecnologías de la información (oportunidades que eran mucho más amplias que las locuras de la burbuja de las puntocom).

      En este entorno favorable, la gestión económica consistía principalmente en frenar la expansión para impedir que la economía se recalentase y evitar la posible inflación. Y este era un trabajo que la Reserva Federal podía hacer por sí sola subiendo los tipos de interés, sin la ayuda del Congreso.

      La coyuntura actual es completamente distinta. La economía, hundida por el peso de la deuda que asumieron las familias mientras crecía la burbuja de la época de Bush, está en una situación desesperada; la deflación, no la inflación, es el peligro evidente y presente. Y no está claro en absoluto que la Reserva tenga las herramientas necesarias para alejarnos de este peligro. Ahora mismo tenemos muchísima necesidad de unas políticas activas por parte del Gobierno federal que nos saquen de la trampa económica.

      Pero no vamos a conseguir esas políticas si los republicanos controlan la Cámara. De hecho, si se salen con la suya, tendremos lo peor de ambos mundos: se negarán a hacer nada para impulsar la economía ahora, asegurando que están preocupados por el déficit, mientras que, al mismo tiempo, harán que los déficits aumenten a la larga con bajadas de impuestos irresponsables (bajadas que ya han anunciado que no tendrán que compensarse con recortes del gasto).

      Así que si las elecciones transcurren según lo previsto la semana que viene, este es mi consejo: asústense. Asústense mucho.

      Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © New York Times News Service. Traducción de News Clips.

      Written by Eduardo Aquevedo

      3 noviembre, 2010 at 16:58

      Theotonio Dos Santos: una crítica a F.H. Cardoso…

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      Carta abierta a Fernando Henrique Cardoso

      Theotonio Dos Santos, Rebelión

      Traducido para Rebelión por Susana Merino

      MIRO0001Mi querido Fernando:

      Me veo obligado a responder a la carta abierta que dirigió a Lula en nombre de una vieja polémica que usted y José Serra comenzaron en 1978 contra Rui Mauro Marini, yo, André Gunder Frank y Vania Bambirra, rompiendo con el esfuerzo teórico que iniciáramos en común al promediar los años 60 en Chile. La discusión no se da ahora entre cientificos sociales, sino en una experiencia política que refleja totalmente ese debate teórico. Esa carta firmada por usted como ex presidente resulta, teórica y políticamente, una muy frágil, defensa de su gestión. Quién la lee no puede comprender por qué usted salió del gobierno con una aprobación del 23% mientras que Lula deja su gobierno con un 96% de aprobación.

      Ya discutimos en varias oportunidades los mitos que se forjaron en torno a los llamados éxitos de su gobierno. Ya durante su gobierno varios estudiosos discutimos, desde los comienzos de su mandato, sobre el inevitable camino de su fracaso junto a la mayoría de la población. Porque las premisas teóricas en que basaba su acción política estaban profundamente equivocadas y eran contradictorias con los intereses de la mayoría de la población (Si los lectores tienen interés en conocer el debate sobre estas bases teóricas les recomiendo mi libro, ya agotado Teoría de la Dependencia: balance y perspectivas. Editora Civilizacao Brasileira, Rio, 2000).

      Sin embargo en esta oportunidad voy a concentrarme en los mitos forjados en torno a su gobierno, que usted reitera insistentemente en su carta.

      El primer mito es el de que su gobierno tuvo éxito económico a partir del fortalecimiento del real y que el gobierno de Lula se habría apoyado en este éxito alcanzado de este modo resultados positivos que no quiere compartir con usted… En primer lugar vamos a desmitificar la afirmación de que fue el plan real el que terminó con la inflación. Los datos nos muestran que hasta 1993 la economía mundial vivía una hiperinflación en la que todas las economías registraban inflaciones superiores al 10%. A partir de 1994 TODAS LAS ECONOMIAS DEL MUNDO REGISTRARON UNA CAIDA DE LA INFLACION DE HASTA MENOS DEL 10%. Está claro que en cada país aparecieron los genios locales que se presentaban como autores de esa caída, Pero esto es falso puesto que se trataba de un movimiento planetario.

      En el caso brasileño, nuestra inflación fue durante todo su gobierno en alrededor de un 10% más alta TUVIMOS DURANTE SU GOBIERNO UNA DE LAS MAS ALTAS INFLACIONES DEL MUNDO, y aquí llegamos a otro de sus increíbles mitos. Según usted y sus seguidores (y hasta sectores de la oposición a su gobierno creen este mito) su política económica aseguró la transformación del real en una moneda fuerte. Bien, Fernando, seamos cuerdos: llamar a una moneda que en 1984 comenzó valiendo 0,85 centavos de dólar y manteniendo un valor falso hasta 1998 cuando el propio FMI exigía una devaluación de por lo menos un 40% y su ministro de Economía rehusó realizarla “por lo menos hasta las elecciones” señalando así el momento en que se llevaría a cabo y en el que los capitales extranjeros deberían salir del país antes de su devaluación. El hecho es que cuando usted flexibilizó el cambio el real se devaluó hasta llegar a los 4,00 reales por dólar. Y no venga que por culpa de la “amenaza petista” porque esa devaluación ocurrió mucho antes de la “amenaza Lula” AHORA BIEN UNA MONEDA QUE SE DEVALÚA CUATRO VECES EN OCHO AÑOS ¿PUEDE CONSIDERARSE FUERTE? ¿En qué manual de economía? ¿Qué economista respetable sustenta esa tesis?

      El plan real no redujo la inflación, sino una deflación mundial que hizo caer las inflaciones de todo el mundo. La inflación brasileña siguió siendo una de las más altas del mundo durante su gobierno. El real fue una moneda drásticamente debilitada, Es algo evidente: cuando nuestra inflación estuvo durante varios años por encima de la mundial, nuestra moneda debió haber sido altamente devaluada. Sin embargo se mantuvo artificialmente, de manera suicida, con un valor tan alto que la llevó a la brutal crisis de 1999.

      Segundo mito: según usted su gobierno fue un ejemplo de rigor fiscal. ¡Dios mío!: un gobierno que aumentó la deuda pública de Brasil desde unos 60.000 millones de reales en 1994 hasta unos 850.0000 millones cuando, ocho años después, le entregó el gobierno a Lula, ¿es un ejemplo de rigor fiscal? Me gustaría saber qué economista podrìa sustentar esta tesis. Es uno de los casos más graves de irresponsabilidad fiscal de toda la historia de la humanidad.

      Y no lo mejora atribuir este endeudamiento colosal a los llamados “muertos” de las deudas de los Estados como hizo su ministro de economía burlando la buena fe de aquellos que preferían no reconocer la triste realidad de su gobierno. UN GOBIERNO QUE LLEGÓ A PAGAR EL 50% ANUAL DE INTERESES POR SUS TITULOS PARA DEPOSITAR DE INMEDIATO LAS INVERSIONES DEL EXTERIOR EN MONEDA FUERTE A INTERESES NORMALES DE ENTRE EL 3 Y EL 4%, NO PUEDE DESCONOCER EL HECHO DE QUE CREO UNA DEUDA COLOSAL SÓLO PARA ATRAER CAPITALES DEL EXTERIOR PARA CUBRIR LOS COLOSALES DEFICIT COMERCIALES GENERADOS POR UNA MONEDA DEVALUADA QUE IMPEDIA LA EXPORTACION Y SE VEIA AGRAVADA, ADEMÁS, POR LOS ABSURDOS INTERESES QUE PAGABA PARA CUBRIR EL DEFICIT QUE GENERABA. Este nivel de irresponsabilidad se transformó en irresponsabilidad fiscal que el pueblo brasileño pagó mediante una caída de la renta de cada brasileño pobre. Ni hablar de la brutal concentración de la renta que esta política agravó drásticamente en este país el de mayor concentración de la riqueza del mundo. VERGÜENZA FERNANDO HENRIQUE, MUCHA VERGÜENZA. Baje la cabeza y entienda por qué ni sus compañeros de partido quieren identificarse con su gobierno… obligándolo a salir solito a realizar esta insana tarea.

      Tercer mito: según usted Brasil tenía dificultades para pagar su deuda externa por causa de la amenaza de caos económico que se esperaba con el gobierno de Lula. Fernando, no juegue con la comprensión de las personas, En 1999 Brasil había llegado a la dramática situación de haber perdido TODAS SUS DIVISAS. Usted tuvo que pedir ayuda a su amigo Clinton que puso a su disposición 20.000 millones de dólares del tesoro de los EEUU y 25.000 millones de dólares más del FMI, el Banco Mundial y BID. Todo sin ninguna garantía.

      Esperaba aumentar las exportaciones del país para generar divisas y pagar esa deuda. El fracaso del sector exportador brasileño, aún con la espectacular devaluación del real, no permitió juntar recursos en dólares para pagar la deuda. Nada tiene que ver con la amenaza de Lula. La amenaza de Lula tuvo que ver exactamente como consecuencia de este fracaso colosal de su política macroeconómica. Su política exterior, sometida a los intereses estadounidenses a pesar de algunas declaraciones críticas, vinculaba nuestras exportaciones a una economía decadente y a un mercado ya cooptado. El rechazo de sus neoliberales a promover una política industrial en la que el Estado apoyara y orientara nuestras exportaciones. La locura del colosal endeudamiento interno. La imposibilidad de realizar inversiones públicas a pesar de los recursos obtenidos con la venta de unos 100.000 millones de dólares de empresas brasileñas. Los intereses más altos del mundo que hacían, y todavía hacen, inviable la competividad de cualquier empresa. En fin UN FRACASO ECONÓMICO ROTUNDO que se traducía en los más altos índices de riesgo del mundo aún tratándose de evaluadoras amigas. Una deuda para la cual no se tiene dinero para pagar… Fernando, Lula no era amenaza de caos. Usted era el caos. Y el pueblo brasileño corrió tranquilamente el riesgo de elegir a un tornero mecánico y un partido de agitadores, según vuestra evaluación, a continuar con la aventura económica que usted y su partido habían emprendido en el país.

      Me gustaría destacar la calidad de su gobierno en algun área pero no puedo hacerlo, ni en lo cultural para lo que fue convocado nuestro querido Francisco Weffort (en ese entonces secretario general del PT) que no creó ni un solo museo, ni una sola campaña significativa. ¡Qué vergûenza fue la conmemoración de los 500 años del “descubrimiento de Brasil”!, ni en el plano educativo donde no fundó ni una sola universidad y chocó con la mayoría de los profesores universitarios menoscabados en sus salarios y en su prestigio profesional. No, Fernando, no puedo reconocer nada que no pudiera hacer un presidente mediocre.

      Lamento mucho el destino de Serra. Si no gana esta elección quedará sin mandato pero asi es la política. Ustedes van a tener que revisar profundamente esa tentativa de cerrar la era Vargas con la que tan fuertemente se identifica nuestro pueblo. Y tendrán que pensar que el capitalismo depende de lo que Sao Paulo construye y no de lo que quiere el pueblo brasileño. Y por más que hayan logrado dominar a la prensa brasileña debido a sus alianzas internacionales y nacionales, es claro que eso no aseguraría al PSDB un gobierno querido por nuestro pueblo. Ustedes van a quedar en la historia como un episodio reaccionario ante el verdadero progreso que Dilma promete profundizar. Ella dice que la lucha contra las desigualdades es el verdadero fundamento de una política progresista. Y ustedes están fuera de esa política.

      A pesar de todo, me da pena enfrentarme tan radicalmente con una vieja amistad. A pesar de su equivocado camino aún lo aprecio (y tengo los mejores recuerdos de Ruth), pero lo quiero lejos del poder en Brasil. Como la gran mayoría del pueblo brasileño. Podremos tener alguna charla intrascendente en algún congreso internacional si usted vuelve a frecuentar un día ese mundo de los intelectuales alejados de las lides del poder.

      Con mi mejor disposición posible pero con amor a la verdad me despido.

      Theotonio Dos Santos

      Written by Eduardo Aquevedo

      30 octubre, 2010 at 1:33

      Lula: “En ocho años hicimos una revolución”. Entrevista.

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      REPORTAJE A LULA ANTES DE LAS ELECCIONES QUE HOY PLEBISCITARAN SU MANDATO Y PONDRAN A PRUEBA LA CANDIDATURA DE DILMA ROUSSEFF

       

      image El presidente brasileño aceptó conceder una entrevista a tres medios de América latina, uno de ellos Página/12, horas antes de que Brasil defina si Dilma Rousseff gana en primera vuelta. Lula habló de su historia, de sus sueños, de América latina, de los cambios en la Argentina, de las élites y de la prensa conservadora.

      Por Martín Granovsky

      Desde Brasilia

      Es el último día de la campaña electoral. A las 12 de la noche empieza la veda. El presidente brasileño concederá esta entrevista y volará de inmediato a San Pablo. Quiere reforzar a Dilma Rousseff, la candidata del Partido de los Trabajadores. Es jueves a la mañana. Todavía no le llegaron a Luiz Inácio Lula da Silva las informaciones sobre la rebelión en Ecuador, a la que luego calificaría de “salvajada” e “intento de golpe de Estado”, pero habla una y otra vez de la democracia en América latina. Reforzarla, explica, será parte de su futuro.

      La conversación se realiza en un despacho del Planalto, la Casa Rosada de Brasilia. La inmensa construcción diseñada por Oscar Niemayer, el arquitecto que acaba de cumplir 103 años y vive en Copacabana, está recién acondicionada. Paredes repintadas de blanco, cuadros en los pasillos, una berlina del siglo XIX en la planta baja.

      Es una entrevista con tres medios: Página/12, el diario La Jornada de México y el sitio web Carta Maior de Brasil. Por La Jornada está Carmen Lira, su directora. Carmen es la periodista a la que Fidel Castro le dijo hace muy poco, entre otras cosas, que se arrepentía de la política cubana hacia los homosexuales. Por Carta Maior ahí ya está sentado Emir Sader, secretario general del Centro Latinoamericano de Ciencias Sociales y uno de los ensayistas más agudos de la región. También su editor, Joaquim Palhares, responsable de la hazaña de haber convertido a Carta Maior en una referencia mundial con decenas de miles de visitas y 65 mil usuarios registrados con nombre y apellido.

      A las 8 de la mañana el equipo multinacional de entrevistadores ya se había reunido delante de un buen desayuno brasileño para conversar sobre la charla con Lula. Fue un momento de concentración. Tanto que nadie pudo conversar con un amigo de Emir que compartía la mesa: Perry Anderson, el marxista inglés.

      Por el despacho del Planalto pasa, fugaz, Marco Aurelio García, el asesor internacional de Lula. También él viajará a San Pablo. Engripado en medio de la campaña, no quiere descanso ni pierde el optimismo. Tampoco Lula puede disimularlo. Está rozagante. Cuando entra y saluda uno por uno es tentador sacar una conclusión: si hubiera que hacer el retrato de un hombre feliz, de un dirigente político satisfecho, no estaría mal elegir a este señor que entregará el mando el 1º de enero de 2011 después de dos mandatos y con un 80 por ciento de imagen positiva.

      –¿Qué aprendió en casi ocho años de Presidencia? ¿Qué entiende hoy mejor que antes? ¿Qué diferencia tiene el Lula de hoy con el que asumió el 1º de enero de 2003?

      –En la Presidencia lo primero que aprendemos es a gobernar. Cuando uno llega a la presidencia de la República normalmente antes estuvo muchos años en la oposición. Cuando iba un debate o a una reunión yo les decía a mis interlocutores: “Me parece”, “pienso”, “creo…”. En el Gobierno uno no piensa que, a uno no le parece que, uno no cree que. O hace, o no hace. Gobernar es una eterna toma de decisiones. Uno aprende a ser más tolerante y a consolidar la práctica democrática. La convivencia política en la adversidad es una enseñanza estupenda para quien cree en la democracia como un valor supremo dentro del arte de hacer política. Y eso lo aprendemos ejercitándolo todo el santo día. No creo que haya una universidad capaz de enseñarle a alguien a hacer política, a tomar decisiones. Uno puede teorizar, pero entre la teoría y la práctica hay una enorme diferencia diaria. Tomemos, por ejemplo, mi segundo mandato, que empezó en el 2007. Todo el mundo sabe que yo le tenía miedo a ese segundo mandato presidencial. Tenía miedo del agotamiento, de la chatura, de repetir todo. Pero cuando lanzamos el PAC, el Programa de Aceleración del Crecimiento, la verdad es que hicimos un transplante de todos los órganos vitales del Gobierno y creamos un gobierno nuevo, más productivo, mucho más eficaz, más activo. Eso es lo que tenemos hoy en funcionamiento. Para mí ése fue un gran aprendizaje. Tanto que no quiero olvidarlo cuando deje la Presidencia. Preciso continuar aprendiendo. Pasar por la Presidencia, enfrentar las adversidades que enfrentamos nosotros y llegar al final del segundo mandato con esta buena situación de hoy es algo que logramos porque practicamos intensamente el ejercicio democrático. Convocamos a 72 audiencias nacionales sobre todos los temas, desde la seguridad pública a la comunicación, pasando por la discapacidad. Todas las políticas que implementamos fueron resultado de audiencias. El pueblo participó activamente de las decisiones y de las políticas públicas. Ese es el cambio fundamental. Cuando llegué, en 2003, en el Ministerio de Transportes se gastaban mil millones de reales por año. Hoy gastamos 1,6 mil millones de reales por mes. O sea que aprendimos a gastar y aprendimos a hacer obras.

      –¿En el mismo ministerio?

      –El mismo. Con esos 1,6 mil millones pagamos y contratamos lo que hace falta. En 2003 teníamos 380 mil millones de reales de crédito para todo Brasil. Hoy, 1,6 billones.

      –¿Eso es mucho?

      –Es poco. Pero es mucho si se lo compara con lo que teníamos en 2003.

      “No dependemos de la prensa”

      Lula suele hacer comentarios ocasionales sobre la política de algunos grandes medios de comunicación, pero no de una manera permanente: parece creer que cuando los hechos son tozudos se vuelven indestructibles. La última tapa del semanario Veja parece escrita en medio de una guerra. En lugar de anunciar las elecciones, alerta contra una supuesta amenaza contra la libertad. La causa de tanta alarma es que Lula sólo dijo que a veces, cuando los partidos conservadores son insuficientes, algunos medios actúan como partidos conservadores.

      –El día que la prensa decida divulgar la revolución que se produjo en Brasil –dice ahora con ironía–, el pueblo se va a dar cuenta del todo. En los sondeos el Gobierno aparece con un 80 por ciento de aprobación. No es Lula, es el Gobierno. ¡Y estamos en el octavo año de mandato! ¿Cuál es el fenómeno? Que no dependemos de la prensa. Si fuera por la prensa, yo tendría 10 por ciento de aprobación. O hasta les debería algunos puntos. El fenómeno es que los resultados llegan a las manos del pueblo. El pueblo recibe los beneficios, ve que las cosas se hacen. Entonces, el que no habló no formó parte de la historia de ese período. Ese fue el gran cambio entre 2003 y 2010.

      –Usted dice que hizo cosas que quizás algún día la prensa divulgará. Y el gobierno, ¿no lo divulgó?

      –En Brasil hay un debate muy interesante. Y sé que no es una discusión sólo brasileña. En la Argentina se da el mismo debate, y lo mismo en los otros países de América latina. Hasta Barack Obama, a poco de asumir, dijo que la cadena Fox no es un medio de comunicación sino un partido político. Yo converso con dirigentes de todo el mundo. Todos se quejan. Yo no me quejo mucho de la prensa porque también llegué adonde llegué a causa de la prensa. Contribuyó mucho a que yo llegara donde llegué. Por eso soy un defensor juramentado de la libertad de expresión y la democracia. Ahora, hay gente que confunde la democracia y la libertad de comunicación con actitudes extemporáneas. No sé si es una tendencia mundial. No sé si será que las buenas noticias no venden diarios. Tal vez los escándalos vendan… Yo voy a terminar mi mandato sin haber almorzado con ningún dueño de diario, con ningún dueño de un canal de televisión, con ningún dueño de revista. Sí mantuve con todos ellos una actitud respetuosa y democrática. Quise entender su papel y que ellos entendieran el mío. Muchas veces el pueblo se entera de las cosas buenas que suceden en este país porque las divulgamos nosotros a través de la publicidad, por Internet o por el blog del Planalto. A veces, si sólo dependiese de determinados medios de comunicación, ni siquiera hablarían de algunos temas. Algunos hasta dicen: “No nos interesa cubrir eso, esa inauguración…”. Por ahí es verdad, no sé… El dato concreto es que, en mi opinión, si el pueblo fuese mejor informado, sabría más cosas y podría hacer mejores juicios de valor. Para mí el arte de la democracia es ése: que la gente tengan seguridad de la calidad de la información, de la honestidad de la información y de la neutralidad de la información. Y quizás hubiera sido más fácil que los medios de comunicación asumiesen categóricamente su compromiso partidario. Así todos sabríamos quién es quién. Pero ésa no es la situación actual en Brasil. Hoy parece todo independiente, pero basta ver las tapas para darse cuenta de que la independencia termina donde comienza el comercio. También se trata de un aprendizaje. Tenemos poco tiempo de democracia. En este momento estamos viviendo el mayor período de democracia constante de Brasil, sea a partir de la Constitución de 1988 o sea a partir de la asunción del presidente José Sarney. Son poco más de 20 años. Es una democracia muy incipiente, aunque es muy fuerte y goza de instituciones sólidas. Hicimos un impeachment y no pasó nada. Aquí eligieron a un metalúrgico. Percibimos un avance general en América latina. Eso va consolidando la democracia independientemente de los nostálgicos que siempre dijeron que un metalúrgico no podría llegar a la cima, que un indio tampoco, que un negro no podría llegar, que una mujer tampoco. Estamos quebrando esos tabúes.

      “Opción por la democracia”

      Lula creció políticamente como dirigente sindical, como luchador por la libertad en Brasil y como uno de los líderes del movimiento a favor de las elecciones libres en medio de la dictadura que gobernó nada menos que 21 años, entre 1964 y 1985. El Partido de los Trabajadores se fundó en 1980. No necesitó adaptarse, como otros partidos de izquierda, a la democracia como un valor supremo. Así surgió.

      –Hay que valorar esto –dice Lula cuando revisa qué pasa hoy en Sudamérica–: la izquierda en América latina hace opción por la democracia y por esa vía está llegando al poder en varios países. Los golpes no son de la izquierda. Nadie de izquierda dio el golpe en Honduras. Entonces, la gente precisa saber que si la información fluye correctamente, eso facilitará la toma de decisiones para su vida. En Brasil estamos aprendiendo. Así vamos construyendo nuestra democracia. No tengo derecho a quejarme. Voy a terminar mi mandato con el mayor nivel de aprobación que jamás alguien haya alcanzado. Hay presidentes que ni siquiera comienzan con esa cifra del 80 por ciento. Por eso tengo que agradecer al pueblo brasileño, a la democracia brasileña y –por qué no decirlo– también a la prensa: su comportamiento, a favor o en contra, fue formando un juicio de valor. Tengo una tesis que vale tanto para la prensa como para nuestra conducta cotidiana: si todos los días alguien está a favor del gobierno, perderá credibilidad. Pero también la perderá si todos los días está en contra. Los dos extremos son malos. Hay que hablar de las cosas buenas del gobierno cuando suceden. Entonces, cuando se hable de las cosas malas, la credibilidad estará intacta. Eso es lo que desarrollaría y consolidaría la libertad de comunicación en el país: el compromiso sólo con la verdad y nada más que con la verdad, le duela a quien le duela.

      –En la campaña electoral de 2002 usted decía que el mercado no era capaz de entender la necesidad de que los brasileños comieran tres veces por día. Después de dos mandatos, ¿cumplió con ese objetivo?

      –En dos mandatos y ocho años de gobierno conseguimos hacer una revolución. Sacamos a 27 millones que estaban por debajo de la línea de pobreza absoluta y al mismo tiempo llevamos 36 millones de personas a convertirse en parte de la clase media. No es poca cosa. Generamos 15 millones de empleos.

      –Treinta y seis millones es casi una Argentina entera.

      –Sí, casi una Argentina. Y simultáneamente desplegamos programas para atender a la franja más pobre de la población. Programas simples pero objetivos, como la Bolsa Familia, como el programa Luz para todos, como el PPA, que es para compra de alimentos, o el plan de Agricultura Familiar. Realizamos políticas públicas que no estaban previstas en el escenario político nacional. El pueblo brasileño hoy vive más feliz, mejor, pero todavía hay mucho que hacer. Espero que en los próximos tiempos la compañera Dilma pueda concluir el trabajo que comenzamos. Ya probamos que era posible. Lo hicimos con mucha fuerza y, diría, mucha eficacia. No quiero ser presuntuoso, pero lo que hicimos en política social es una revolución en Brasil. Una revolución que aún debe ser completada. No se puede desmontar el aparato de exclusión de 500 años en 8 años. Pero ahora contamos con una base extraordinaria y tenemos que extender la experiencia a otros países. Porque algunas cosas son sagradas para nosotros. Combinamos crecimiento económico con baja inflación. En Brasil, eso parecía imposible. Y era imposible aumentar los salarios en términos reales y mantener controlada la inflación. O mantener una política de exportación creciente y, al mismo tiempo, una política de fortalecimiento del mercado interno. Todo esto demuestra un alto grado de estabilidad en las políticas que desplegamos. Si esas políticas tuvieran un horizonte de otros cuatro u ocho años, sin duda dentro de poco tiempo seremos la quinta economía del mundo. Las condiciones están dadas. Ese horizonte es posible porque avanzamos gracias a la relación que establecimos con la sociedad.

      Ya no manda la “Casa Grande”

      En 1933, el sociólogo Gilberto Freyre escribió un libro con destino de clásico: Casa Grande e Senzala. Había comenzado preguntándose qué era ser brasileño. Y el libro describía una sociedad esclavócrata, híbrida de indios y negros. En la colonización portuguesa, la casa grande era el casco de la fazenda azucarera y después cafetalera, en medio de un mestizaje permanente con las guaraníes. Las condiciones se hicieron más duras con la introducción de los esclavos negros, que vivían en las barracas, las senzalas, y proveían tanto la mano de obra como las domésticas y las amantes forzadas.

      –Se terminó el tiempo en que la “casa grande” decía qué tenía que hacer la senzala –subraya ahora este Lula que en el siglo XIX sin duda hubiera estado confinado en un rancho.

      –Si no hay intermediarios, ¿cómo se comunica un presidente como usted?

      –El tono oficial me da un poco de miedo. Puede tener credibilidad durante un tiempo, pero después la pierde. Yo tengo un programa de radio. Sale los lunes. Dura cinco minutos. A veces hasta llego a seis minutos. Lo grabo el domingo a la noche y después no es obligatorio difundirlo. Lo transmite la radio que quiere hacerlo. Sí disponemos de la NBR, la televisión del gobierno, que divulga íntegramente las cosas que hacen los gobiernos. Se transmiten enteros todos los discursos.

      –¿La NBR está en televisión abierta?

      –No, no. Aún estamos construyendo todavía la tevé pública. Es un proceso de fortalecimiento. Pero no queremos que la tevé pública quede como un canal para transmitir las actividades del presidente. Nadie soporta eso todos los días. Mi ideal es que todos nos comprometamos con la verdad. Incluso los medios de comunicación. Cuando el pueblo esté bien informado, todos estarán bien informados. El Estado no tiene por qué tener un instrumento oficial para transmitir. Sí debe contar con una tevé pública con programación de calidad, de contenido competitivo en forma y en fondo. El Estado no debe competir con los privados en materia de financiamiento. Debe ser el primero en pluralidad de informaciones, porque eso dará credibilidad al Estado. Y al mismo tiempo, ser el primero en la seriedad de las informaciones. La tevé pública no debe decir que el presidente Lula está vestido con traje blanco cuando tiene uno negro. No tiene por qué decir que juega bien o mal al fútbol. Si, al contrario, se compromete con la verdad, puede ser que a un presidente o a otro no le guste lo que dice la tevé, pero la democracia lo agradecerá. Yo no hubiera sido presidente sin democracia. Recordemos, por ejemplo, aquella foto famosa del primer gobierno de la Revolución Rusa. En esa dirección política no hay un solo obrero metalúrgico. Y así pasa normalmente en muchas revoluciones. Las direcciones políticas son siempre de clase media. O de intelectuales. Pero en Brasil conseguimos crear democráticamente un partido con mayoría de trabajadores y llegamos a la presidencia de la República. Y todo eso en poco más de 20 años.

      “El derecho de comer”

      Hay una imagen famosa de Lula. Lo muestra dando un discurso en un estadio de San Pablo mientras sobrevuelan los helicópteros de la dictadura.

      –Tengo una conducta que viene del movimiento sindical –dice–. La democracia, para mí, no es una media palabra. Es una palabra completa. Algunos entienden por democracia apenas el derecho del pueblo a gritar que tiene hambre. Yo entiendo por democracia no sólo el derecho de gritar contra el hambre sino el derecho de comer. Esa es la diferencia fundamental. Democracia, para mí es permitir el derecho de adquirir conquistas, y no sólo el derecho a la protesta. Es un tema delicado. Aquí en Brasil hicimos una Conferencia de Comunicación. Participaron algunos dueños de medios de comunicación, de telefonía, gente del movimiento social, los blogueros… Todos. Todos los que quisieron participar. No me quejo. Pero aquí debería invitar a Emir Sader a que dé una conferencia para los dueños de diarios y les diga lo que él sostiene: que tienen obligación de informar. Ellos no lo creen así. Muchas veces parece que tuvieran obligación de desinformar. Miren los diarios y las revistas de los últimos tiempos. ¡Y no hubo un presidente que haya dado a la democracia la importancia que le di yo! Es importante entender lo que pasa en Brasil. El pueblo levantó la cabeza y la autoestima a un nivel extraordinario. Y todavía va a mejorar más. Cuanto más pluralismo tengamos, cuantas más opciones tengamos, mejor informado estará el pueblo, porque el pueblo dispondrá de una canasta de informaciones. Por eso es importante la revolución de Internet, que mucha gente no comprende o no quiere comprender. Después de Internet todo queda viejo. La Internet es en tiempo real. O sea: termino de dar una entrevista colectiva, vuelvo a mi oficina, me conecto y en 30 segundos están las noticias de todo el mundo. Incluso mi propia conferencia de prensa. No sé cómo hará el mundo para sobrevivir a esa avalancha de informaciones que recibe la sociedad. Las personas interactúan, responden, critican, se sienten coautoras de la noticia. Es extraordinario.

      Página/12

      Written by Eduardo Aquevedo

      3 octubre, 2010 at 22:32

      Chavistas, pero con posiciones críticas

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      EL PARTIDO PATRIA PARA TODOS, ALIADO DEL OFICIALISMO

      chavez0002 Por M.L.S.M

      Desde Caracas

      Margarita López Maya es historiadora y candidata independiente por Patria para Todos (PPT), una agrupación que formó parte del oficialismo hasta este año, cuando no quiso fundirse en el Partido Socialista Unido de Venezuela. Hoy el PPT cuenta con seis escaños de la Asamblea General gracias a su alianza con el chavismo. Y aspira a mantener esos asientos ahora que va solo como “la otra opción” entre el chavismo y la oposición tradicional.

      López Maya recibe a Página/12 en su estudio ubicado en el barrio de clase media de Caracas Los Chaguaramos. Aquí a los barrios de clase media le dicen “urbanización”. Esta mujer que se define como “de izquierda”, cuenta por qué decidió formar parte de una tercera vía en la que participen ciudadanos de a pie, organizaciones sindicales, sociales y personalidades.

      ¿Por qué un partido que apoyó a Hugo Chávez desde que llegó a la presidencia hace once años decide hacer una campaña por fuera del oficialismo?

      –Siempre vamos a apoyar el proceso de transformación. Ese es un proyecto compartido con el oficialismo. Apoyamos el proceso de cambio del primer gobierno de Chávez. Compartimos el resguardo por las misiones sociales, por las políticas de inclusión. Pero la relación nunca fue del todo cómoda. Los partidos de Chávez son personalistas y Patria para Todos es todo lo contrario, es un partido de cuadros, que busca la pluralidad. Chávez tuerce el modelo hacia la campaña electoral del 2006, con la reforma constitucional que fue rechazada en el referéndum de 2007. Necesitamos apegarnos a la Constitución de 1999. El modelo viró hacia la recentralización, el personalismo y una subordinación de los poderes públicos al Ejecutivo. A esto se le suma la inseguridad.

      Un tema que machacan la derecha y los medios conservadores…

      –Los datos están. Caracas es hoy la capital más peligrosa de América latina. Lo dice el informe de Provea, la asociación civil de derechos humanos más respetada aquí, el promedio es de 54 homicidios cada 100 mil habitantes.

      ¿Es más cómodo estar en la oposición?

      –No estamos en la oposición tradicional. Estamos abriendo otra alternativa, con una posición crítica. Somos un partido de izquierda, horizontal. Una fuerza que trata de despolarizar la situación. Vamos a emerger del 26 (mañana) como una nueva fuerza política con miembros del PPT, independientes, académicos, organizaciones de izquierda, sindicatos, artistas. Un frente en una iniciativa política de despolarizar.

      ¿Qué le critican a esa oposición tradicional?

      –Está hegemonizada por actores políticos que los venezolanos han rechazado como Acción Democrática y Copei. Son una treintena de partidos, muy distintos y heterogéneos entre sí, pero dominados por la vieja elite. Es una vuelta al pasado. Sin lugar a dudas, que tiene algún liderazgo emergente, pero básicamente es una oposición que estuvo en contra del proceso de cambio. Todavía está gente que participó en el golpe de Estado, en el paro petrolero. No podríamos convivir con eso. Queremos una rectificación de este modelo y una profundización democrática. Parte de los desafíos es construir un modelo económico viable. Este socialismo entre comillas es un estatismo exacerbado.

      Página/12

      Written by Eduardo Aquevedo

      25 septiembre, 2010 at 2:43