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Argentina: también Stiglitz elogia su política económica…

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JOSEPH STIGLITZ SE REUNIO CON CRISTINA FERNANDEZ DE KIRCHNER Y ELOGIO LAS POLITICAS OFICIALES

Con el respaldo de un Premio Nobel

MIRO7El economista estadounidense le dijo a la Presidenta que siempre pone como ejemplo al país porque “para salir de la crisis aumentó el consumo, en lugar de enfriar la economía”. También se reunió con la titular del Banco Central y el ministro de Trabajo.

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner recibió ayer por la tarde, en la residencia de Olivos, al Premio Nobel de Economía 2001, Joseph Stiglitz. Durante el encuentro, del que también participó el canciller Héctor Timerman y que se extendió por poco más de media hora, analizaron la crisis internacional y el economista elogió las políticas que apuntalaron la recuperación de la economía argentina. Más temprano, se había reunido a almorzar con la titular del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, y el ministro de Trabajo, Carlos Tomada.

“La situación de Europa está muy complicada porque tiene su economía atada al euro y va a costar que salga de la crisis”, evaluó Stiglitz ante la Presidenta. No es la primera vez que el economista se muestra escéptico con respecto al futuro de Europa. En mayo había afirmado que el plan de ajuste para los países más complicados de ese continente iba a fracasar. “Las condiciones excesivamente duras impuestas a Grecia serán en realidad contraproducentes para prevenir un contagio”, sostuvo y agregó entonces que si Europa “no soluciona sus problemas institucionales fundamentales, el futuro del euro puede que sea muy breve”. En esta ocasión volvió con el mismo argumento y dijo que ve “con preocupación el recorte del consumo que están haciendo algunos gobiernos”.

Respecto de la situación de la Argentina, Stiglitz le dijo a la Presidenta que siempre pone como ejemplo al país porque “para salir de la crisis aumentó el consumo, en lugar de enfriar la economía”. Este economista estadounidense había sido uno de los principales críticos de las recetas neoliberales que se aplicaron hasta 2001. Además, destacó la participación argentina en el G-20 y dijo que será un eslabón clave para que ese grupo coordine políticas con el G-77, donde Argentina también participa. De hecho, el canciller Timerman declaró que Stiglitz se comprometió a “cooperar con el G-77 cuando en enero asumamos la presidencia”.

En la reunión que el Nobel de Economía había mantenido al mediodía con Marcó del Pont y Tomada también se trataron esos temas, pero se focalizó fundamentalmente en el papel que debe cumplir el Banco Central para fomentar la actividad económica. En este sentido, Stiglitz destacó el mandato múltiple de la entidad, consistente en no sólo preservar el valor de la moneda, sino también en estimular la economía y el empleo. Incluso recordó el caso sueco y el de otros países centrales que tienen esos objetivos en sus cartas orgánicas.

Además, elogió las políticas que lleva adelante el Gobierno para que los bancos otorguen financiamiento al sector productivo. El especialista dijo que es importante que las entidades financieras presten a las pymes, porque estas empresas son generadoras de empleo y a menudo constituyen el germen de casos empresariales exitosos. A la vez, Stiglitz remarcó la importancia de los acuerdos sociales como herramientas idóneas para promover el crecimiento económico.

Página/12

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Written by Eduardo Aquevedo

25 diciembre, 2010 at 19:25

La batalla por la jubilación europea se libra en Francia: A. Latina tiene algo que aprender de esa lucha…

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Trabajadores franceses y estudiantes durante una marcha contra la reforma de las jubilaciones, el 19 de octubre en Lille.

Trabajadores franceses y estudiantes durante una marcha contra la reforma de las jubilaciones, el 19 de octubre en Lille.

©Reuters

Por Jesús Moreno Abad

¿Retrasar la edad de jubilación es inevitable para evitar el colapso de los Estados? Mitterrand la fijó en 60 años y creó un símbolo que los franceses defienden con vehemencia. Europa se ve reflejada en el debate. Dos modelos de entender el Estado del bienestar están en pugna.

Francia vive hoy su sexta huelga contra los planes de reforma del sistema de jubilación del presidente Nicolas Sarkozy, que pretende retrasar la edad de salida del mercado laboral hasta los 62 años. Aeropuertos con problemas de carburante, gasolineras desabastecidas, millones de manifestantes, oposición ciudadana masiva según las encuestas… Los franceses no están dispuestos a ponérselo fácil a Sarkozy, pero la cuestión que se preguntan muchos es: ¿están luchando por una conquista social o por una ilusión de otro tiempo que se ha revelado insostenible?

Cuando el último presidente socialista de Francia, François Mitterrand, adelantó la edad de jubilación desde los 65 a los 60 años tan sólo unos meses después de llegar al Elíseo, en 1981, esa medida se convirtió inmediatamente en un emblema de los derechos laborales. Con él nació el mito de la vida después del trabajo con el que suspiraba la izquierda francesa del momento, y también el encendido debate con ideólogos liberales que sostenían que esa medida no podía conducir más que al desastre ante el aumento de la esperanza de vida.

Era la época donde el modelo de la Unión Soviética se agrietaba ya sin remedio e imperaba la ortodoxia liberal de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Europa. Mitterrand apostó por un modelo contracorriente con su tiempo que ponía frente a frente dos ideas opuestas. También en su apuesta por los 60 años para que los franceses marcharan a su retiro dorado: Mitterrand hizo valer un modelo diseñado por el Consejo Nacional de la Resistencia francesa, ideado 1946, y lo trasladó al nuevo contexto con la convicción de que funcionaría. Hasta hoy lo ha hecho, ¿y a partir de ahora? 

Que no haya una respuesta única a esta pregunta explica las pasiones y la oposición que está despertando en Francia las intenciones de Sarkozy. El presidente conservador no está modificando una simple cláusula de una ley cualquiera, está tocando un símbolo que distingue a los franceses del resto de países de Europa. Prácticamente nadie más tiene una edad de jubilación tan baja y el actual contexto de crisis ha trasladado ese debate al donde empezó todo: París, 1982. Toda Europa mira expectante el desenlace del pulso entre las calles francesas y Sarkozy. Un modelo de Europa parece que está en juego.

Toda Europa retrasa la edad de jubilación

Prácticamente todos los Gobiernos europeos están tocando al unísono la misma tecla para ajustar las costuras de las cuentas públicas que afectan al sistema de pensiones: el retraso de la edad de jubilación. El progresivo aumento de la esperanza de vida y el terremoto financiero de 2008, que ha hecho temblar los déficits estatales, han acelerado  ese camino que ya estaba trazado por los tiralíneas de la Unión Europea.

Así, España, que tiene una edad legal de jubilación de 65 años, planea retrasarla hasta los 67; Grecia la fija en los 65 años; Italia, en los 65 años para los hombres y 60 para las mujeres; Alemania ya tiene aprobado un plan que retrasará la edad de salida del mercado laboral desde los 65 a los 67 años; Reino Unido hasta los 66 años y Dinamarca, hasta los 67 años, por poner unos ejemplos.

Todos obedecen a la preocupación que la Unión Europea tiene sobre los efectos que el envejecimiento de la población puede tener sobre los sistemas de protección pública. Según los informes sobre envejecimiento demográfico del organismo de la UE que se ocupa de la información sobre protección social, el Missoc, el envejecimiento de la población tendrá graves “repercusiones en la protección social y las finanzas públicas”, ocasionando un aumento de los gastos de los países que pueden “poner el futuro equilibrio de los sistemas de jubilación y protección” en el futuro.

El declive de la fecundidad (el baby crash) que sucede a la explosión de nacimientos en la generación nacida entre 1946 y 1964, que se conoció como el baby boom, es la mezcla que continuará en el futuro y que pone en jaque todo el modelo del Estado del Bienestar, según el Missoc.  Sus predicciones sostienen que el número de europeos en edad de trabajar disminuirá en 48 millones hasta el año 2050, mientras que el escalón de la pirámide demográfica que se sitúa entre los 50 y 64 años aumentará en 16,5 millones de personas. Así, este organismo cifra en esa fecha la esperanza de vida media entre los 84 y 89 años, y advierte que el coeficiente de dependencia se situará en el 51%.

¿Es realmente necesario retrasar la edad de jubilación?: el caso francés

A tenor de los datos que arrojan los informes de la Unión Europea, un ejército de ancianos parece amenazar el modelo de convivencia del continente y, aunque pocos dudan de que sea necesario abordar reformas que se ajusten a las nuevas realidades, no todos están de acuerdo en que la solución sea retrasar la edad de jubilación.

El caso francés explica esa controversia. Aumentando de 60 a 62 años la edad legal de jubilación (lo que supone también elevar de 65 a 67 años la edad para obtener una pensión completa), Nicolas Sarkozy conseguiría 20.000 millones de euros en las cajas, según los números con los que justifica su plan. “Yo les digo a los manifestantes que tengo que velar por las pensiones del futuro”, ha dicho en estos días el presidente a los que protestan. "Es una reforma para proteger la jubilación de los franceses. Es una medida de solidaridad", insiste su ministro del Trabajo, Éric Woerth.

Los sindicatos y la oposición no sólo le responden con movilizaciones, también cuestionan esas cifras. “Aumentando un 0,3% la presión fiscal sobre bonus, dividendos y rentas del patrimonio” resolvería el problema, aducen.

Esa respuesta sitúa ya el debate en cuánto cuesta pagar esas pensiones. Según el último estudio de la Comisión Europea sobre el envejecimiento, las pensiones en Francia en el 2007 le cuestan al Estado el 13% del PIB, y la previsión para el 2060 es que se producirá un incremento de 1%. ‘Tan sólo eso’, dicen los sindicatos; ‘Nada menos que eso’, responde el Gobierno francés.

La realidad es que el gasto medio en pensiones de Francia no es excesivamente superior al de otros países de resto de Europa, a pesar de tener una edad de jubilación mucho más baja. Así, Italia gasta un 14, 7% del PIB en pensiones, Reino Unido un 10,7% o un 13% Portugal, por ejemplo. También hay quien gasta menos, como España, que emplea cerca de un 9% de su PIB.

Alemania es un espejo en el que se suele mirar Francia, al ser un competidor directo como potencia continental. El gasto del país germano en pensiones es prácticamente el mismo, un 12,7%, a pesar de tener una edad de jubilación cinco años mayor. Hace unos días, el portavoz del Partido Socialista francés, Benoît Hamon, reflexionó sobre el asunto: “En Alemania, cuando usted ve que a la gente se le ha aplazado la jubilación hasta los 65 años, y que la tasa de empleo de la gente entre 60 y 65 años de edad sólo ronda el 20%,  te hace pensar que se va a jubilar directamente como pobres".

El paro en la edad madura

El dirigente socialista introdujo un nuevo elemento de análisis para abordar la cuestión. Los propios informes de la Unión Europea reconocen una cuestión que se intuye en la calle: en la mayoría de los trabajos, es difícil mantener o conseguir empleo a partir de los 60 años.

Un informe de la Comisión Europea publicado en 2002, cuando la economía iba viento en popa y nadie podía ni tan siquiera sospechar la crisis que vendría años después, alerta de esa situación: “El bajo nivel de empleo de los trabajadores de más edad en Europa es un despilfarro de oportunidades en la vida de las personas y de potencial social”, decía, “no estamos cumpliendo los objetivos”.

Pero no sólo decía eso, aseguraba que una serie de países no alcanzaba ni un 35% de ocupación entre las personas de más edad. Un país destacaba en esa lista: Francia. También se encontraban Italia, Austria, Bélgica o Luxemburgo, entre otros.

Y es que una cosa es la edad legal que establecen los países y otra muy distinta la edad real de jubilación. La edad media de salida del mercado de trabajo varía considerablemente según los países, oscilando entre los 56,9 años de Polonia y los 63,2 de Suecia. Entre medias se puede ver cómo la edad efectiva de jubilación en Francia es de 59,3 años, Italia 60,8 años, Alemania 61,7 años y Reino Unido 63,1 años. Los trabajadores de más edad son víctimas de jubilaciones anticipadas, despidos y otras prácticas: “Los Estados miembros más rezagados  son los mismos que presentan las tasas de empleo más bajas [en las edades maduras]”, dice la UE.

Los propios informes de la UE, ofrecen alguna otra solución. El propio Missoc así lo dice: la inmigración. Si se pasa de 1,8 millones de inmigrantes que recibía la UE en 2004 a 40 millones en 2050 “podría compensar los efectos de la bajada de fecundidad y de la prolongación de la duración de la vida”. El debate de la inmigración también está en Europa, también está en Francia y también levanta pasiones, como se ha visto últimamente. Pero eso ya es otro debate.

Written by Eduardo Aquevedo

19 octubre, 2010 at 20:57

Paul Krugman: EE.UU se sume en la oscuridad…

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Atacar a la Seguridad Social, P. Krugman (ver más abajo)

Las luces se apagan en todo EE UU, literalmente. La ciudad de Colorado Springs ha copado los titulares con su intento desesperado por ahorrar dinero apagando un tercio de sus farolas, pero están ocurriendo o barajándose cosas similares en todo el país, desde Filadelfia hasta Fresno. Entretanto, un país que en su día asombró al mundo con sus visionarias inversiones en transportes, desde el canal de Erie hasta el sistema de autopistas interestatales, ahora se halla en un proceso de despavimentado: en varios Estados, los Gobiernos locales están destruyendo carreteras que ya no pueden permitirse mantener y reduciéndolas a grava.

Y una nación que antaño valoraba la educación, que fue una de las primeras en ofrecer escolarización básica a todos sus niños, ahora está haciendo recortes. Los profesores están siendo despedidos, y los programas, cancelados. En Hawai, hasta el curso escolar se está acortando de manera drástica. Y todo apunta a que en el futuro se producirán todavía más ajustes.

Nos dicen que no tenemos elección, que las funciones gubernamentales básicas -servicios esenciales que se han proporcionado durante generaciones- ya no son viables. Y es cierto que los Gobiernos estatales y locales, duramente azotados por la recesión, están faltos de fondos. Pero no lo estarían tanto si sus políticos estuvieran dispuestos a considerar al menos algunas subidas de impuestos.

Y en el Gobierno federal, que puede vender bonos a largo plazo protegidos contra la inflación con un tipo de interés de solo el 1,04%, no escasea el dinero en absoluto. Podría y debería ofrecer ayuda a los Gobiernos locales y proteger el futuro de nuestras infraestructuras y de nuestros hijos.

Pero Washington está prestando ayuda con cuentagotas, y hasta eso lo hace a regañadientes. Debemos dar prioridad a la reducción del déficit, dicen los republicanos y los demócratas centristas. Y luego, casi a renglón seguido, afirman que debemos mantener las subvenciones fiscales para los muy adinerados, lo cual tendrá un coste presupuestario de 700.000 millones de dólares durante la próxima década.

En la práctica, buena parte de nuestra clase política está demostrando cuáles son sus prioridades: cuando se les da a elegir entre pedir que el 2% de los estadounidenses más acaudalados vuelvan a pagar los mismos impuestos que durante la expansión de la era Clinton o permitir que se derrumben los cimientos de la nación -de manera literal en el caso de las carreteras y figurada en el de la educación-, se decantan por esto último.

Es una decisión desastrosa tanto a corto como a largo plazo. A corto plazo, esos recortes estatales y locales suponen un pesado lastre para la economía y perpetúan el desempleo, que es devastadoramente elevado.

Es crucial tener en mente a los Gobiernos estatal y local cuando oímos a la gente despotricar sobre el desbocado gasto público durante la presidencia de Obama. Sí, el Gobierno federal estadounidense gasta más, aunque no tanto como cabría pensar. Pero los Gobiernos estatales y locales están haciendo recortes. Y si los sumamos, resulta que los únicos incrementos relevantes en el gasto público han sido en programas de protección social, como el seguro por desempleo, cuyos costes se han disparado por culpa de la gravedad de la crisis económica.

Es decir que, a pesar de lo que dicen sobre el fracaso del estímulo, si observamos el gasto gubernamental en su conjunto, apenas vemos estímulo alguno. Y ahora que el gasto federal se reduce, a la vez que continúan los grandes recortes de gastos estatales y locales, vamos marcha atrás.

Pero ¿no es también una forma de estímulo el mantener bajos los impuestos para los ricos? No como para notarlo. Cuando salvamos el puesto de trabajo de un profesor, eso ayuda al empleo sin lugar a dudas; cuando, por el contrario, damos más dinero a los multimillonarios, es muy posible que la mayor parte de ese dinero quede inmovilizado.

¿Y qué hay del futuro de la economía? Todo lo que sabemos acerca del crecimiento económico dice que una población culta y una infraestructura de alta calidad son cruciales para el crecimiento. Las naciones emergentes están realizando enormes esfuerzos por mejorar sus carreteras, puertos y colegios. Sin embargo, en Estados Unidos estamos reculando.

¿Cómo hemos llegado a este punto? Es la consecuencia lógica de tres décadas de retórica antigubernamental, una retórica que ha convencido a numerosos votantes de que un dólar recaudado en concepto de impuestos es siempre un dólar malgastado, que el sector público es incapaz de hacer algo bien.

La campaña contra el Gobierno siempre se ha planteado como una oposición al despilfarro y el fraude, a los cheques enviados a reinas de la Seguridad Social que conducen lujosos Cadillac y a grandes ejércitos de burócratas que mueven inútilmente documentos de un lado a otro. Pero eso, cómo no, son mitos; nunca ha habido ni de lejos tanto despilfarro y fraude como aseguraba la derecha. Y ahora que la campaña empieza a dar frutos, vemos lo que había realmente en la línea de fuego: servicios que todo el mundo, excepto los muy ricos, necesita, unos servicios que debe proporcionar el Gobierno o nadie lo hará, como el alumbrado de las calles, unas carreteras transitables y una escolarización decente para toda la ciudadanía.

Por tanto, el resultado final de la prolongada campaña contra el Gobierno es que hemos dado un giro desastrosamente equivocado. Ahora, EE UU transita por una carretera a oscuras y sin asfaltar que no conduce a ninguna parte.

Atacar a la Seguridad Social

PAUL KRUGMAN 22/08/2010

La Seguridad Social cumplió 75 años la semana pasada. Debería haber sido una ocasión alegre, una fecha para celebrar un programa que ha aportado dignidad y decencia a la vida de los estadounidenses de más edad. Pero el programa está siendo atacado, y al asalto se han unido algunos demócratas y casi todos los republicanos. Cuentan los rumores que la comisión antidéficit del presidente Obama podría solicitar un profundo recorte de las prestaciones y, más concretamente, un fuerte aumento de la edad de jubilación.

Los que atacan a la Seguridad Social (SS) afirman que les preocupa el futuro financiero del programa. Pero sus números no cuadran y en realidad su hostilidad no tiene nada que ver con dólares y céntimos, sino más bien con ideología y posicionamientos. Y lo que hay bajo todo ello es ignorancia o indiferencia hacia la realidad de la vida para muchos estadounidenses.

Respecto a los números: legalmente, la SS tiene su propia financiación específica, a través del impuesto único. Pero también forma parte del presupuesto general federal. Esta doble contabilidad significa que hay dos formas en las que la SS podría enfrentarse a problemas financieros. La primera es que la financiación específica resulte insuficiente, lo que obligaría al programa bien a recortar las prestaciones o bien a acudir al Congreso en busca de ayuda. La segunda es que los costes de la Seguridad Social acaben siendo insoportables para el presupuesto federal en su conjunto.

Pero ninguno de estos dos problemas en potencia supone un peligro claro y actual. La Seguridad Social ha registrado superávits durante los últimos 25 años, acumulando esos beneficios en una cuenta especial denominada fondo de fideicomiso. El programa no tendrá que solicitar ayuda al Congreso ni reducir las prestaciones hasta que, o a menos que, el fondo se haya agotado, cosa que los actuarios del programa no prevén que suceda hasta 2037, y, según sus cálculos, hay muchas probabilidades de que ese día no llegue nunca.

Entretanto, una población envejecida acabará induciendo -a lo largo de los próximos 20 años- una subida del coste de pagar las prestaciones de la SS desde el actual 4,8% del PIB hasta cerca de un 6%. Para que se hagan una idea, esta subida es significativamente menor que el aumento en el gasto de defensa desde 2001, algo que Washington no consideró ni mucho menos una crisis, y ni siquiera una razón para replantearse algunas de las rebajas fiscales de Bush.

Entonces, ¿a qué se deben esas aseveraciones de crisis? Se basan en gran medida en una contabilidad de mala fe. En concreto, se basan en un juego del trilero en el que los superávits que la SS ha estado registrando durante un cuarto de siglo no cuentan (porque, en fin, el programa no tiene una existencia independiente; no es más que una parte del presupuesto general federal), mientras que los futuros déficits de la Seguridad Social son inaceptables porque, bueno, el programa tiene que sostenerse por sí solo.

Sería fácil descartar este timo de la estampita como un completo disparate, excepto por una cosa: muchas personas influyentes, entre ellas Alan Simpson, copresidente de la comisión antidéficit del presidente, están vendiendo este disparate. Y después de haberse inventado una crisis, ¿qué quieren hacer los asaltantes de la SS? No proponen recortar las prestaciones a los jubilados actuales; en lugar de eso, el plan es invariablemente recortar las prestaciones que se pagarán dentro de muchos años. Así que plantéenselo de esta manera: para evitar la posibilidad de que se produzcan futuros recortes de las prestaciones debemos recortar las prestaciones futuras. Estupendo.

¿Qué es lo que realmente está pasando aquí? Los conservadores odian la Seguridad Social por razones ideológicas: su éxito menoscaba su afirmación de que el Gobierno es siempre el problema, nunca la solución. Pero reciben un apoyo crucial de los enterados de Washington, para quienes una voluntad declarada de recortar la SS ha servido durante mucho tiempo como insignia de la seriedad fiscal, independientemente de la aritmética. Y ningún ala de la coalición anti-Seguridad Social parece conocer o preocuparse por las penalidades que sus propuestas favoritas causarían.

Esta idea tan de moda de aumentar la edad de jubilación aún más de lo que aumentará conforme a la ley vigente -ya ha pasado de los 65 a los 66, está previsto que suba hasta los 67 y algunos proponen ahora que llegue hasta los 70- suele justificarse con afirmaciones de que la esperanza de vida ha aumentado, de modo que la gente puede fácilmente trabajar más años de su vida. Pero eso solo es cierto en el caso de los administrativos, la gente que menos necesita la Seguridad Social. No me refiero únicamente al hecho de que es mucho más fácil verse trabajando hasta los 70 años si se tiene un cómodo puesto de oficina que si uno se dedica a un trabajo físico. EE UU se está convirtiendo en una sociedad cada vez más desigual, y las crecientes disparidades se extienden a cuestiones de vida y muerte. La esperanza de vida a la edad de 65 años ha aumentado mucho en los escalafones más altos del reparto de la renta, pero mucho menos para los trabajadores con rentas más bajas. Y recuerden, la actual legislación ya prevé un aumento de la edad de jubilación.

De modo que repelamos este injusto y -para qué andarnos con rodeos- cruel ataque contra los trabajadores estadounidenses. Los grandes recortes de la Seguridad Social no deben estar sobre el tapete.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2010 New York Times News Service. Traducción de News Clips. Diario El País

Written by Eduardo Aquevedo

23 agosto, 2010 at 19:50