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P. Krugman: Depresión y democracia…

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PAUL KRUGMAN 18/12/2011

Ha llegado la hora de empezar a llamar a la actual situación por su nombre: depresión. Es verdad que no es una réplica exacta de la Gran Depresión, pero esto no sirve de mucho consuelo. El paro, tanto en Estados Unidos como en Europa, sigue siendo desastrosamente alto. Los dirigentes y las instituciones están cada vez más desprestigiados. Y los valores democráticos están sitiados.

Las exigencias de una austeridad cada vez más radical han provocado una irritación inmensa

En cuanto a esto último, no estoy siendo alarmista. Tanto en el frente político como en el económico, es importante no caer en la trampa del "no tan malo como". No se puede considerar aceptable el paro elevado simplemente porque no haya alcanzado las cotas de 1933; las tendencias políticas no son buena señal y no deben tolerarse por el mero hecho de que no haya ningún Hitler a la vista.

Hablemos, en concreto, de lo que está pasando en Europa (no porque todo vaya bien en Estados Unidos, sino porque no todo el mundo comprende la gravedad de los acontecimientos políticos europeos).

Lo primero de todo, la crisis del euro está destruyendo el sueño europeo. La moneda común, que se suponía que debía unir a los países, ha generado, en cambio, un ambiente de amarga acritud.

Concretamente, las exigencias de una austeridad cada vez más radical, sin ningún plan de fomento del crecimiento que las contrarreste, han causado un daño doble. Han fracasado como política económica, al agravar el problema del paro sin restaurar la confianza; una recesión a escala europea parece ahora probable, incluso si se contiene la amenaza inminente de la crisis financiera. Y han provocado una irritación inmensa, con muchos europeos furiosos por lo que consideran, justa o injustamente (o en realidad, un poco ambas cosas), un despliegue de poder alemán sin miramientos.

Nadie que conozca la historia de Europa puede contemplar este resurgimiento de la hostilidad sin sentir un escalofrío. Con todo, puede que estén pasando cosas peores. Los populistas de derechas están en auge, desde Austria, donde el Partido de la Libertad (cuyo líder tenía conexiones con los neonazis) está a la par en las encuestas con los partidos tradicionales, hasta Finlandia, donde el partido antiinmigración Verdaderos Finlandeses tuvo un éxito electoral considerable el pasado abril. Y estos son países ricos cuyas economías han aguantado bastante bien. Los problemas parecen todavía más amenazadores en países más pobres de Europa Central y del Este.

El mes pasado, el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD) certificaba una caída en picado de la ayuda pública a la democracia en los países de la "nueva UE", aquellos que se unieron a la Unión Europea tras la caída del muro de Berlín. No es de extrañar que la pérdida de fe en la democracia haya sido mayor en los países que han sufrido las recesiones económicas más graves.

Y en al menos un país, Hungría, las instituciones democráticas se están debilitando mientras hablamos.

Uno de los principales partidos de Hungría, Jobbik, es una pesadilla sacada de los años treinta: es antigitanos, antisemita y hasta tenía una rama paramilitar. Pero la amenaza inminente proviene de Fidesz, el partido de centro-derecha que gobierna el país.

Fidesz consiguió una abrumadora mayoría parlamentaria el año pasado, en parte, al menos, por dos razones; Hungría no está en el euro, pero se ha visto gravemente perjudicada por la adquisición de préstamos a gran escala en divisas extranjeras y también, seamos francos, por culpa de la mala gestión y la corrupción de los partidos liberales de izquierdas que estaban entonces en el Gobierno. Ahora, Fidesz, que forzó la aprobación de una nueva Constitución la primavera pasada con la oposición del resto de partidos, parece decidido a aferrarse permanentemente al poder.

Los detalles son complejos. Kim Lane Scheppele, que es la directora del programa sobre Derecho y Asuntos Públicos de Princeton -y que ha estado siguiendo de cerca los acontecimientos en Hungría-, me dice que Fidesz está aprovechando medidas solapadas para suprimir la oposición. Hay una propuesta de ley electoral que establece unos distritos injustamente divididos, diseñados para hacer que sea casi imposible que otros partidos formen Gobierno; la independencia judicial se ha puesto en peligro y los tribunales están abarrotados de simpatizantes del partido; los medios de comunicación estatales se han convertido en órganos del partido y hay una campaña contra los medios independientes, y una enmienda constitucional penalizaría en la práctica al principal partido de la izquierda.

En conjunto, todo esto equivale a la reinstauración del Gobierno autoritario bajo un finísimo barniz de democracia, en el corazón de Europa. Y es una muestra de lo que podría pasar de manera mucho más generalizada si esta depresión continúa.

No está claro lo que se puede hacer respecto al giro hacia el autoritarismo de Hungría. El Departamento de Estado de Estados Unidos, dicho sea en su favor, ha estado prestando mucha atención al asunto, pero este es esencialmente un asunto europeo. La Unión Europea ha perdido la oportunidad de evitar que el partido se aferrase al poder en un primer momento (en parte porque la nueva Constitución fue aprobada a la fuerza mientras Hungría ocupaba la presidencia rotatoria de la Unión). Ahora será mucho más difícil deshacer lo hecho. Pero es mejor que los dirigentes de Europa lo intenten, o se arriesgan a perder todo aquello que defienden.

Y también tienen que replantearse sus políticas económicas fallidas. Si no lo hacen, la democracia experimentará nuevos retrocesos (y la ruptura del euro podría ser la menor de sus preocupaciones).

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel 2008. © 2011 New York Times Service Traducción de News Clips.

Depresión y democracia · ELPAÍS.com.

Written by Eduardo Aquevedo

17 diciembre, 2011 at 23:01

La docta incompetencia de la teoría macroeconómica actual

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Paul Krugman · · · · ·

04/07/10

Mark Thoma y Brad DeLong nos llaman la atención sobre la crítica de James Morly a la teoría macroeconómica actual. Hace algún tiempo, yo mismo escribí sobre eso. Como dejé dicho entonces, la historia básica de la macroeconomía “moderna” discurre sobre poco más o menos así:

1.- Lucas y sus discípulos coincidían en que la economía tiene una apariencia keynesiana –es decir, todo ocurre como si las políticas monetaria y fiscal tuvieran efectos reales—, pero sostuvieron que un enfoque teórico en términos de equilibrio con información imperfecta podía explicar por qué, y al propio tiempo, librarse de las implicaciones políticas keynesianas. Y ridiculizaron la teoría económica de Keynes.

2.- Hacia 1980 –¡hace ya tres décadas!— estaba ya claro que el proyecto científico de Lucas había fracasado. Los modelos de equilibrio con información imperfecta no pueden, en efecto, explicar hechos clave sobre los ciclos económicos, especialmente el de la persistencia de las recesiones aun cuando todos los agentes saben que se hallan en recesión.

3.- Sin embargo, lejos de admitir que seguían una senda equivocada, los abogados de la teoría macroeconómica que se practica en las universidades de agua dulce [1] doblaron la apuesta, y buscaron explicar el ciclo económico en términos de shocks reales.

4.- Tampoco este enfoque se ajustaba a los hechos. Así que, tratando de salvar sus modelos, añadieron más epiciclos, y si alguna vez tuvieron un adarme de claridad, ahora la perdieron toda.

5.- Los economistas de agua dulce declaran que el ciclo económico es profundamente enigmático, y que necesitamos más investigación antes de poder hacer recomendaciones políticas.

En suma, estamos ante una docta incompetencia. Los economistas que no se adentraron por esa senda y no arrojaron al agujero de la memoria todo lo que la profesión aprendió entre 1936 y 1973 no están particularmente desconcertados ante la situación en que ahora nos hallamos.. Al contrario; parece una versión extrema de algo bastante familiar, y las políticas recomendables no son difíciles de hallar.

Sólo quien sigue comprometido con un proyecto de investigación fracasado –un proyecto que fracasó hace una generación, pero que se negó en redondo a admitirlo— está perplejo.

NOTA T.: [1] Se llama “economistas de agua dulce” a los economistas antikeynesianos concentrados en varias universidades del interior de los EEUU, situadas cerca de grandes lagos (como la de Chicago), mientras que se conoce como “economistas de agua salada” a los keynesianos, concentrados más bien en las universidades norteamericanas de la costa atlántica y de la costa pacífica.

Paul Krugman fue Premio Nóbel de Economía en 2008.

Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F.Nyerro

Written by Eduardo Aquevedo

8 julio, 2010 at 2:48

Paul Krugman: ¿tan difícil es entender que las políticas de austeridad agravan la crisis… ?

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Ahora y luego

Ver también: El fantasma del déficit fiscal rinde al G-20, Alejandro Nadal 

PAUL KRUGMAN 27/06/2010

KRUGMAN33 Gasten ahora que la economía sigue deprimida; ahorren luego, una vez que se haya recuperado. ¿Tan difícil resulta comprender esto?

Muy difícil, a juzgar por el actual estado del debate político. En todo el mundo, los políticos parecen decididos a hacer lo contrario. Están ansiosos por privarle de dinero a la economía cuando necesita ayuda, al tiempo que se resisten a abordar los problemas presupuestarios a largo plazo.

Pero a lo mejor una explicación clara de estos temas puede cambiar la forma de pensar de algunos. Así que hablemos de los déficits presupuestarios a largo y corto plazo. Me centraré en la situación de EE UU, pero otros países pueden aplicarse el cuento.

En estos momentos, como posiblemente habrán notado, el Gobierno de EE UU tiene un gran déficit presupuestario. Sin embargo, gran parte de este déficit es consecuencia de la actual crisis económica, que ha mermado los ingresos y ha requerido gastos extraordinarios para rescatar el sistema financiero. A medida que la crisis amaine, las cosas mejorarán. La Oficina Presupuestaria del Congreso, en su análisis de las propuestas presupuestarias del presidente Obama, prevé que esa recuperación económica hará que el déficit presupuestario anual pase de aproximadamente el 10% del PIB de este año a alrededor del 4% del PIB en 2014.

Por desgracia, eso no es suficiente. Incluso si los préstamos anuales del Gobierno se estabilizasen en el 4% del PIB, su deuda total seguiría creciendo más deprisa que sus ingresos. Es más, la Oficina Presupuestaria prevé que, tras tocar fondo en 2014, el déficit volverá a subir otra vez, en gran parte debido al aumento de los costes de la asistencia sanitaria.

De modo que EE UU tiene un problema presupuestario a largo plazo. Para hacer frente a este problema será necesario, ante todo, un esfuerzo real para mantener los costes sanitarios bajo control; sin eso, nada va a funcionar. También hará falta encontrar ingresos o recortes del gasto adicionales. Desde un punto de vista económico, esto no debería resultar difícil; en concreto, un pequeño impuesto sobre el valor añadido, del 5% por ejemplo, contribuiría en gran medida a tapar ese agujero, y los impuestos estadounidenses en conjunto seguirían estando entre los más bajos del mundo desarrollado.

Pero si al final tenemos que subir los impuestos y recortar el gasto, ¿no deberíamos empezar ya? No, no debemos.

Ahora mismo tenemos una economía enormemente deprimida, y esa economía deprimida está infligiendo daños a largo plazo. Cada año que transcurre con una tasa de paso extremadamente alta, aumenta la probabilidad de que muchos parados de larga duración nunca se reincorporen a la fuerza laboral y se conviertan permanentemente en ciudadanos de segunda categoría. Cada año que hay cinco veces más gente buscando trabajo que ofertas de empleo, a cientos de miles de estadounidenses que terminan sus estudios se les niega la posibilidad de iniciar sus vidas laborales. Y cada mes que pasa nos vamos acercando a una trampa deflacionista similar a la japonesa.

En momentos así, la tacañería no solo resulta cruel, sino que pone en peligro el futuro del país. Y ni siquiera es demasiado útil para reducir la carga de nuestra deuda futura, porque racanear con el gasto ahora amenaza la recuperación económica y, con ella, la esperanza de que aumenten los ingresos.

De modo que este no es buen momento para la austeridad fiscal. ¿Cómo sabremos cuándo ha llegado ese momento? La respuesta es que el déficit presupuestario debería convertirse en una prioridad siempre y cuando la Reserva Federal haya recuperado cierta capacidad de tirar de la economía, de manera que pueda compensar los efectos negativos de las subidas de impuestos y los recortes del gasto reduciendo los tipos de interés.

Actualmente, la Reserva no puede hacerlo porque los tipos de interés que puede controlar están cerca de cero y no pueden bajar más. Sin embargo, en última instancia, a medida que descienda el paro -probablemente cuando esté por debajo del 7% o menos-, la Reserva querrá subir los tipos para evitar una posible inflación. Y llegados a este punto podremos hacer un trato: el Gobierno empieza a recortar gastos y la Reserva Federal frena las subidas de los tipos, de modo que esos recortes no vuelvan a empujar a la economía a una crisis.

Pero el momento de hacer ese trato está todavía muy lejos (probablemente, dentro de dos años o más). Por tanto, lo responsable es gastar ahora y pensar en ahorrar más tarde.

Como he dicho, muchos políticos parecen decididos a hacer lo contrario. Muchos miembros del Congreso, en concreto, se oponen a ayudar a los parados de larga duración, por no hablar del Estado y los Gobiernos locales en apuros, basándose en que no podemos permitírnoslo. Al actuar así, están debilitando el gasto en un momento en que realmente lo necesitamos y poniendo en peligro la recuperación. Pero los esfuerzos por controlar los costes sanitarios fueron recibidos con gritos de "listas de la muerte".

Y algunos de los protestones por el déficit que más ruido hacen en el Congreso están haciendo todo lo que pueden por reducir los impuestos que paga el puñado de afortunados estadounidenses que van a heredar patrimonios multimillonarios. Esto no le servirá de nada a la economía ahora, pero reducirá los ingresos en miles de millones de dólares anualmente de manera permanente.

Pero algunos políticos deben ser sinceros en cuanto a lo de ser fiscalmente responsables. Y a ellos les digo: por favor, elijan bien el momento. Sí, tenemos que resolver nuestros problemas presupuestarios a largo plazo, pero no negándonos a ayudar a nuestra economía en un momento de necesidad.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2010 New York Times News Service. Traducción de News Clips.

El fantasma del déficit fiscal rinde al G-20

Alejandro Nadal

El G-20 de Toronto pasará a la historia. No por la represión contra los manifestantes, eso ya es costumbre y nada nuevo. Será recordado por el compromiso de sus integrantes para convertir la crisis en una réplica de la gran depresión. El comunicado final del G-20 explícitamente le pone cifras a este pacto retrógrado: reducir en 50 por ciento los déficit fiscales para 2013. Una medida que en la fase actual de la crisis, con una demanda deprimida y altas tasas de desempleo, equivale a un suicidio colectivo.

Es la respuesta a la histeria del déficit fiscal que en Europa y en Estados Unidos comienza a desdibujar una muy frágil recuperación. Parlamentos y congresos de legisladores parecen conejos asustados en un corral que dice a la entrada equilibrio fiscal.

En Europa la austeridad fiscal domina, porque se le ve como la herramienta para rescatar no sólo al euro, sino a un proyecto macroeconómico fundado en la estupidez neoliberal. Ese salvamento pasa ahora por la destrucción de lo último que queda del pacto social del Estado de bienestar. Poco importa que con los desajustes en la UE y los altos niveles de desempleo, los recortes fiscales profundicen esta dolorosa recesión y hundan a Europa por muchos años.

En el Congreso de Estados Unidos hay dos corrientes. Los ingenuos piensan que el estímulo fiscal ya cumplió su misión y que es tiempo de devolverle la estafeta al sector privado para mantener el crecimiento. La corriente perversa sostiene que el paquete fracasó, que ya se agotaron sus efectos y que no hay que repetir esa receta. Con estas visiones es claro que la administración Obama no conseguirá otro paquete de estímulo, y la economía estadunidense regresará a la recesión en 2011, si no es que antes.

Un análisis más cuidadoso sobre los efectos del paquete de estímulo fiscal en Estados Unidos confirma esta conclusión. En febrero de 2009 el Congreso estadunidense aprobó el paquete de estímulo fiscal promovido por Obama, que incluyó reducciones fiscales por 288 mil millones de dólares (mmdd), un gasto en programas de educación, salud y beneficios por desempleo por otros 224 mmdd y préstamos y concesiones federales por 275 mmdd. Con sus 787 mmdd es el ejemplo más importante de política contracíclica en la historia fiscal de aquel país.

Cuando se aprobó el estímulo el PIB estadunidense se desplomaba en caída libre: el primer trimestre de 2009 cayó 6.4 por ciento. No hay duda que el paquete ayudó a revertir esa tendencia y para el tercer trimestre de 2009 se tenía un crecimiento positivo. Desgraciadamente el efecto sobre el empleo no fue tan importante y la tasa de desocupación se mantiene en alrededor de 10 por ciento.

Los efectos de este estímulo no han sido lo que quería la Casa Blanca, en parte por la naturaleza misma de la crisis y su entorno deflacionario. Los consumidores han usado la ayuda para descargar deudas, y en el contexto de gran capacidad ociosa existente las empresas no han invertido. Ahora que se está agotando el efecto del estímulo (para fines de este verano ya se habrá ejercido casi todo el paquete fiscal), el horizonte se oscurece. Si no hay otro impulso, la economía de Estados Unidos se hundirá en el estancamiento durante años.

Se insiste en reducir el déficit fiscal vía la eliminación del paquete de ayuda, por la creencia de que dicho déficit genera aumentos en la tasa de interés. Esa es la razón que esgrime Robert Samuelson (el no-economista del Washington Post). Pero ¿nadie le ha dicho que en Estados Unidos la tasa de interés ya es cero y que precisamente por eso la política monetaria no tiene tracción para impulsar a la economía?

Las otras razones caen por su propio peso. Se habla de que Estados Unidos ya llegó al tope en su capacidad de endeudamiento (la relación deuda pública PIB ya llegó al 90 por ciento). Pero la crisis no deja mucho espacio de maniobra y, por otro lado, los niveles de endeudamiento de una economía capitalista son un tema controvertido (en Japón la deuda pública es de 200 por ciento del PIB y no hay síntomas de inflación). Si como decía Keynes, el dinero es un vínculo entre el presente y el futuro, este endeudamiento es un préstamo que se hace la sociedad a sí misma.

En plena crisis, con desempleo galopante, lo increíble es que en Estados Unidos y Europa la batalla de la austeridad fiscal la están ganando los neoliberales. Por eso en Toronto todos en el G-20 olvidaron que la mejor manera de cerrar un déficit fiscal y enfrentar el endeudamiento es con altas tasas de crecimiento estable. Y eso es precisamente lo que no se va a lograr con la famosa austeridad.

El G-20 también será recordado por la sumisión de Obama a las ínfulas de una Alemania que ha podido imponer sus prioridades en Europa. La visión de austeridad fiscal de la señora Merkel era algo que Obama no tenía por qué comprar si hubiera tenido un poco más de claridad en sus convicciones. Pero bueno, ya estaba visto que en la Casa Blanca no hay convicciones que duren más allá de la hora del almuerzo.

http://nadal.com.mx

Paul Krugman: la nueva austeridad neoliberal, un grave error…

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Esa sensación de los años treinta

PAUL KRUGMAN 20/06/2010

Krugman_visita_Barcelona De repente, crear empleo no está de moda, pero infligir dolor sí lo está. Condenar los déficits y negarse a apoyar una economía todavía convaleciente se ha convertido en la nueva tendencia en todas partes, incluido EE UU, donde 52 senadores han votado en contra de ampliar la ayuda a los desempleados a pesar de tener la tasa más alta de desempleo a largo plazo que ha habido desde los años treinta.

Muchos economistas, entre los que me incluyo, consideramos que este giro hacia la austeridad es un tremendo error. Trae recuerdos de 1937, cuando el intento prematuro de Franklin D. Roosevelt de equilibrar el presupuesto contribuyó a hundir de nuevo en una grave recesión a una economía que empezaba a recuperarse. Y en Alemania, donde me encuentro, unos cuantos académicos ven paralelismos con las políticas de Heinrich Brüning, canciller entre 1930 y 1932, cuya devoción por la ortodoxia financiera terminó por sellar el funesto destino de la República de Weimar.

Pero a pesar de estas advertencias, los halcones del déficit se están imponiendo en la mayoría de los sitios; y en ninguno tanto como en Berlín, donde el Gobierno ha prometido 80.000 millones de euros en subidas de impuestos y recortes del gasto, a pesar de que la economía sigue funcionando muy por debajo de su capacidad.

¿Qué lógica económica se oculta tras las medidas gubernamentales? La respuesta, que yo sepa, es que no hay ninguna lógica. Si presionamos a las autoridades alemanas para que expliquen por qué tienen que imponer austeridad a una economía deprimida, nos dan razones que no cuadran. Si así se lo indicamos, nos salen con razones diferentes, que tampoco cuadran. Discutir con los halcones alemanes del déficit se parece bastante a discutir con los halcones estadounidenses sobre Irak allá por 2002: saben lo que quieren hacer, y cada vez que alguien refuta uno de sus argumentos, se limitan a inventarse otro.

Así es más o menos como transcurre la conversación habitual (esto se basa tanto en mi propia experiencia como en la de otros economistas estadounidenses):

Halcón alemán: "Tenemos que recortar los déficits inmediatamente, porque tenemos que afrontar la carga fiscal de una población envejecida".

Estadounidense desagradable: "Pero eso no tiene sentido. Auque consiguiesen ahorrar 80.000 millones de euros -cosa que no podrán hacer, porque los recortes presupuestarios perjudicarán a su economía y reducirán los ingresos-, los intereses pagados por esa deuda representarían menos de una décima de porcentaje de su PIB. De modo que la austeridad que buscan pondrá en peligro la recuperación económica y prácticamente no contribuirá nada a mejorar su situación presupuestaria a largo plazo".

Halcón alemán: "No voy a intentar rebatir la aritmética. Hay que tener en cuenta la reacción del mercado".

Estadounidense desagradable: "¿Pero cómo saben de qué modo reaccionará el mercado? Y en cualquier caso, ¿por qué tendría el mercado que verse condicionado por políticas que no tienen casi ningún impacto en la situación fiscal a largo plazo?".

Halcón alemán: "Usted no comprende nuestra situación".

El punto clave es que, aunque los defensores de la austeridad se las dan de realistas obstinados que hacen lo que hay que hacer, no pueden ni quieren justificar su postura con cifras reales (porque, de hecho, las cifras no respaldan su postura). Y tampoco pueden afirmar que los mercados estén exigiendo austeridad. Por el contrario, el Gobierno alemán sigue siendo capaz de adquirir préstamos con tipos de interés por los suelos.

Así que las motivaciones reales de su obsesión por la austeridad tienen otro origen.

En EE UU, muchos de los que se describen a sí mismos como halcones del déficit son simple y llanamente unos hipócritas: están ansiosos por recortar las ayudas de quienes las necesitan, pero su preocupación por los números rojos desaparece cuando se trata de subvenciones fiscales para los ricos. Así, el senador Ben Nelson, que tan santurronamente declaró que no podemos permitirnos pagar 77.000 millones de dólares en ayudas a los parados, desempeñó un papel decisivo a la hora de aprobar el primer recorte de impuestos de Bush, que nos costó la friolera de 1,3 billones de dólares.

La postura de los halcones alemanes del déficit parece más sincera. Pero sigue sin tener nada que ver con el realismo fiscal. Es más bien una cuestión de pose y actitud moralizadora. Los alemanes tienden a pensar que asumir déficits es moralmente incorrecto, mientras que equilibrar los presupuestos se considera virtuoso, independientemente de las circunstancias o la lógica económica. "Las últimas horas han sido una demostración de fuerza singular", declaraba Angela Merkel, la canciller alemana, tras una reunión especial del gabinete sobre el plan de austeridad. Y, en el fondo, de lo que se trata es de demostrar la fuerza (o lo que se percibe como fuerza).

Todas estas poses tendrán, cómo no, un precio. Solo una parte de ese precio recaerá sobre Alemania: la austeridad alemana empeorará la crisis en la zona euro, lo que hará que a España y a otras economías en apuros les resulte mucho más difícil recuperarse. Los problemas de Europa también están debilitando al euro, lo que perversamente beneficia a la industria alemana, pero también exporta las consecuencias de la austeridad alemana al resto del mundo, incluido EE UU.

Pero los políticos alemanes parecen decididos a demostrar su fuerza imponiendo sufrimiento; y los políticos de todo el mundo están siguiendo su ejemplo.

¿Cómo de grave será? ¿Realmente se volverá a repetir la situación de 1937? No lo sé. Lo que sí sé es que la política económica de todo el mundo ha dado un mal giro, y que las probabilidades de una recesión prolongada aumentan día a día.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2010 New York Times News Service. Traducción de News Clips.

Written by Eduardo Aquevedo

25 junio, 2010 at 23:02